Miércoles, 08 de julio de 2020

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio (Mt 10, 37-42)

Tomar la Cruz y seguir a Cristo.

por La divina proporción

Esto es lo que nos dice el Evangelio de hoy: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí; el que halla a su alma, la perderá; y el que perdiere su alma por mí, la hallará". Seguir a Cristo y no a tantos ídolos, personas, apariencias y promesas que nos ofrecen como salvadores delegados. 

No nos debe admirar el que San Pablo mande (Col 3) obedecer a los padres sobre todas las cosas, porque este mandato no se extiende a las cosas contrarias a la piedad. Es, en efecto, cosa santa el que les honremos sobremanera. Pero no debemos seguir su consejo cuando exigen de nosotros más de lo debido. Esta doctrina está conforme con el Antiguo Testamento: porque no solamente manda Dios ( Lev 20) abandonar, sino apedrear a los que adoraban a los ídolos. (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 35,1)

Sin duda no se trata de apedrear a quienes buscan vendernos toda clase de apariencias del mundo. La violencia fue rechazada por Cristo cuando ordenó a San Pedro que envainó la espada porque: quien a espada mata a espada muere. Quien vive haciendo violencia, sólo recogerá violencia de los demás. Entonces ¿A qué se refiere el Levítico al señalarnos que debemos apedrear a quienes deciden suplantar a Dios? Apedrear es rechazar y alejar todo esto de nuestra vida.

Cristo nos solicita que tomemos la Cruz que todos llevamos y que es nuestra propia vida. Tomemos la Cruz para seguirle, no para seguir tantas personas e ideas bien vistas en nuestra sociedad. Se trata de vivir para Cristo y ofrecerle cada segundo que nos toca vivir. Cada padecimiento y alegría. Dios nos pide santifiquemos todos estos momentos, es decir, que los hagamos oportunidades de santidad. Oportunidades de negación y humildad. La vida está llena de apariencias engañosas que buscan que nos olvidemos de Dios. Estas apariencias siempre son agradables, mientra vacían de todo sentido la vida. Vacían de Cristo nuestro ser más profundo y sin Cristo nada somos ni podemos.

Muchas veces nos preguntamos la razón por la que los templos se vacían y cada vez son menos importantes los sacramentos. No se trata de problemas de apariencias, como no suelen hacer creer. Cambiando las modas y de formas, sólo cambia lo exterior. Las personas que se alejan de la Iglesia empiezan a alejarse cuando ven que la comunidad es un desierto en el que el Agua Viva ha dejado de fluir. Cuando lo importante es la planificación, los shows y las apariencias, las personas desaparecen. Lo que hace que sigamos en la Iglesia es la presencia de Cristo que nos transforma y llena el depósito de Esperanza que todos llevamos con nosotros.

Si leemos la parábola las doncellas necias y prudentes (Mt 25, 1-13) nos daremos cuenta que nuestra vida consiste en llevar la Cruz, esperando al Novio. Recordaremos que para ser reconocidos necesitamos vivir con Esperanza, que es la lámpara que alumbra la espera. Pero la Esperanza no puede ser poca y acomodada al mundo. Hace falta que no se agote nunca y para ello debemos seguir a Cristo. Cuando el Novio aparezca, todo será alegría para quienes sean reconocidos por Él. Quienes se fueron a buscar Esperanza a otros lugares no estarán presentes.

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