Sábado, 04 de abril de 2020

Religión en Libertad

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¿Me avergüenzo de pertenecer a la Iglesia?

por José Gea Escolano

Decir esto se oye muchas veces. Yo no me avergüenzo. Al contrario, estoy orgulloso de pertenecer a ella por la gracia de Dios.

Un día me comentaba una joven a propósito de unos escándalos fuertes de algunos eclesiásticos, que conocía a una amiga que, siendo religiosa, vio a unas hermanas con una actitud muy poco edificante; ante lo cual, abandonó el convento y ya no quiso saber nada ni de vida religiosa ni de vida eclesial. A propósito de esto tuvimos una conversación.

Le dije ¿tú también estás desanimada?

- No es que esté desanimada, pero esos hechos… son para desanimar a cualquiera.

- Bueno, no diría que a cualquiera sino a cualquiera que no tenga bien fundamentada su fe, porque quien quiere seguir a Jesús no está pendiente de los demás, sino más bien está deseoso de ayudarles. ¡Estaríamos buenos si para seguir a Jesús tuviésemos que estar pendientes de lo que hacen mal unos y otros para decidirnos a seguirle! ¿No te parece?

Si Judas traicionó a Jesús, si San Pedro lo negó, si los demás apóstoles huyeron ¿podemos desanimarnos? ¿No te parece que debiéramos mirar a Jesús y, ante esos hechos a que aludes, consolarle? ¿No debiera ser éste el camino?

¿Te cuento una historieta?

- Vale, cuéntemela a ver si me animo un poco.

- Una joven entró a trabajar en un hospital. Un buen día apareció una epidemia y se contagiaron cantidad de gente. Incluso, algunos médicos y muchos trabajadores y asistentes.

El contagio no afectó a todos, aunque normalmente no todos estuvieron libres de tener algún síntoma de la enfermedad.

La joven pensó dejar el trabajo; no se sentía cómoda. Parecía que aquella situación no tenía salida. Buscaría otro trabajo que la alejase del hospital. Por otra parte, no era fácil encontrar gente dispuesta a trabajar allí.

¿Qué le aconsejarías?

- Pues la verdad, no sé qué decirle. Por una parte, veo que no acababa de sentirse a gusto; por otra, veo que podría hacer mucho bien ayudando a los enfermos, fuesen doctores o pacientes. ¿Qué más da que los enfermos sean pacientes o doctores si todos están enfermos? Casi la animaría a seguir.

- Bien, pues aplícate la moraleja.

La Iglesia es como un hospital que, aunque esté lleno de enfermos, se puede llamar casa de salud. Uno podría extrañarse de que una casa de salud estuviese llena de enfermos, pero el hospital está para eso. De la misma manera se puede llamar a la Iglesia casa de santidad, aunque esté llena de pecadores, sean papas, obispos, sacerdotes, consagrados o seglares. Y también estamos tú y yo porque también somos pecadores, ¿no?

Y en esa Iglesia, llena de pecadores, el Señor nos va trabajando para que seamos santos. Y santos no sólo deben ser los curas y las monjas, sino todos los bautizados.

Sucede algo así como si en una familia numerosa, uno de los hijos fuese un asesino, borracho y drogadicto. ¿Por qué haya un hijo así hay que acusar a la familia? Lo que se le diría es que parece mentira que pertenezca a una familia así.

Volviendo a la joven en cuestión, su fe no estaba suficientemente centrada en Jesús cuando abandonó el convento y no quiso ya saber nada de la Iglesia.

Resumiendo, hay como unos puntos que conviene dejar bien sentados:

1°) Que todos somos pecadores y, en vez de extrañarnos de los escándalos que a veces se producen en la Iglesia, lo que debiéramos hacer es pedirle al Señor misericordia en vez de criticarlos; y es que todos somos hermanos; y a los hermanos se les quiere aunque no nos parezcan bien ciertas cosas muy malas que hacen.

2°) Que hay quienes sólo son capaces de ver en la Iglesia el cuarto de la basura y no las demás dependencias de la casa. También en la Iglesia hay un cuarto para la basura; porque hay basura en cualquier parte donde haya hombres.

3°) Percibimos que hay como un regusto especial, tanto por parte de algunos políticos como de algunos sectores de la misma Iglesia, en insistir constantemente en los defectos de la jerarquía; y defectos personales los tenemos todos, los que critican a quienes han pecado y los que rezan por la conversión de todos los pecadores, que es lo que yo procura hacer; no sé si tú también.

4°) Que hay muchos, pero muchísimos de los que tienen relieve social y de los que no lo tienen, que unen su vida a la cruz del Señor y viven con autenticidad el espíritu del Evangelio. Son como flores preciosas que hay en montañas y valles, muchísimas de las cuales nadie verá nunca, pero cuya hermosura y aroma sólo lo percibe el Señor. Así hay muchísima gente. Son las grandes obras del Espíritu. También tú lo puedes ser.

5°) Más que empeñarnos en que cambien los demás, creo que sería más evangélico y mucho más positivo cambiar personalmente nosotros, y ayudar a nuestros hermanos a cambiar, con nuestro ejemplo, con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra oración.

Por eso decía al principio del artículo que me siento orgulloso de mi pertenencia a la Iglesia. Sin triunfalismos pero con verdad.

En el próximo pienso hablar de una carta que escribió un misionero de Angola sobre algo muy positivo de la Iglesia, algo que en nuestra tierra no creo que lo sepan muchos.

José Gea
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