En mayo de 2015 un caso causó estupor en Vietnam y en todo el mundo: una mujer había abortado 18 veces porque su marido quería un varón y siempre venían niñas. Dieciocho mujeres asesinadas para que viva un hombre. ¿Violencia de género? No: "Mi cuerpo es mío". Las feministas se ven obligadas a callar y aceptar las consecuencias de considerar el aborto un derecho de la mujer.

El caso de esa madre vietnamita es sin duda un caso extremo, pero a otra escala esa situación es muy común: todas las estadísticas que existen al respecto señalan que, cuando el sexo es un factor para el aborto, las más perjudicadas son siempre las niñas. Lo cual para algunas feministas y aborteras no es ningún problema, como recoge Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana:

Se prefiere a los varones sobre las mujeres, que a menudo son abortadas precisamente a causa de su sexo. Lo ha admitido también la doctora Wendy Savage, que no sólo ha llevado a cabo diez mil asesinatos de niños en el vientre de su madre, sino que también es miembro de la comisión ética de la British Medical Association [Asociación Británica de Médicos] y sostiene la licitud de la selección de fetos.


Según la feminista y abortera Wendy Savage, "la selección de sexo no es discriminación de género porque ese término solo sirve para personas vivas; el feto es una vida humana potencial, no es una vida  humana real, hay que concentrarse en los derechos de las mujeres".

Es bien sabido, como admite la feminista Savage en una entrevista concedida al Daily Mail, que para evitar los abortos de las niñas muchos hospitales ingleses comunican el sexo del pequeño sólo cuando el embarazo ya está muy avanzado, o en el momento del parto. De hecho, el aumento del aborto selectivo, sobre todo en las comunidades inmigrantes de Asia, llevó en 2012 a la denuncia de varios médicos, que quedaron impunes. Sin embargo, este hecho hizo que el gobierno iniciara una investigación, cuyos datos fueron publicados en 2014: faltaban entre 1.400 y 4.700 niñas entre la población inmigrante.
 
Savage ha admitido que "es su cuerpo [de la mujer] y es su feto" y, por lo tanto, "si una mujer no quiere un feto de un sexo (…), obligarla a seguir con el embarazo no es un bien para el probable niño y tampoco para su salud mental [de la mujer]". Asombra que nadie se haya atrevido a pedir la dimisión de la feminista, que habría sido expulsada de cualquier comité ético occidental si se hubiera atrevido a hablar del aborto como de un asesinato.

Pero lo que debería hacer reflexionar, sobre todo, es que esto suceda en la emancipada patria de las sufragistas, las primeras feministas que surgieron como movimiento en Gran Bretaña en 1872, y que pasaron del derecho al voto a la reivindicación de su autonomía e igualdad en todo y por todo con el hombre, motivo por el cual debían poder vivir, trabajar y obtener cualquier rol social concedido hasta ese momento sólo a los varones.
 
¿Cómo es posible que las feministas modernas defiendan que se aborte a las niñas y -por qué no-, el vientre de alquiler como decisión consciente, y no económicamente condicionada, de una mujer? La respuesta está en la coherencia con la premisa de su pensamiento, según el cual "el útero es mío y lo gestiono yo", aunque sea a costa de acabar con otra vida. Efectivamente, si la libertad de elección de la mujer, prescindiendo de su bondad, es un absoluto (como lo es para la teoría feminista) que va en contra también de la libertad de otro de vivir, ¿dónde está el límite? Es evidente que el límite no existe, porque si es justo matar a un hijo porque no lo quiero, debe serlo también la eliminación de una mujer si no me gusta.

Y con mayor razón entonces debería ser lícita la fabricación artificial de un hijo, parirlo para luego entregarlo, tal vez a dos hombres que pretenden tenerlo, si así lo deseo. Tal como ha declarado una verdadera feminista como la presidenta de la Cámara de Diputados italiana, Laura Boldrini, el feminismo no es más que el primado de los fuertes sobre los débiles.


Laura Boldrini, presidenta de la Cámara de Diputados italiana y feminista que ha intentado obligar a los diputados a hablar según el lenguaje inclusivo, se muestra contraria a los vientres de alquiler por lo que suponen de explotación de mujeres pobres. Pero, si "su cuerpo es suyo", ¿por qué no rentabilizarlo?

Efectivamente, al surgir de una rebelión hacia cualquier tipo de autoridad o ley natural objetiva, la mujer sin límites está destinada a someter a todo el que sea más débil, incluida otra mujer con menos poder que ella (y que en este caso es una niña que es abortada, o una mujer que es utilizada como incubadora y parturienta para realizar las quimeras de otros). Así, y siempre por el mismo motivo, las feministas que querían gestionar su cuerpo, que no querían ser madres sino asumir papeles masculinos, han obligado a todas las otras mujeres a vivir en sociedades que tal vez las apoyan como directivas, pero no como madres. Y que las consideran meros objetos sexuales, haciendo que el hombre no sienta responsabilidad hacia ellas y, menos aún, hacia sus hijos. Porque, efectivamente, "el útero es mío y lo gestiono yo”.
 
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).