La lluvia que cayó durante varias horas en la mañana de Pascua sobre Roma obligó a los miles de personas asistentes a protegerse bajo los paraguas en la Plaza de San Pedro, y al Papa a comenzar la Liturgia de la Palabra (cuyo evangelio fue cantado en latín y en griego) desde el atrio de la basílica antes de acercarse después al altar.


El evangeliario llegó protegido bajo paraguas vaticanos.

Para abreviar esa circunstancia, y porque a las doce debía conectarse con canales de televisión de todo el mundo, no hubo homilía. Al finalizar la misa el Papa recorrió la plaza en papamóvil.

Luego se asomó al balcón principal de la Plaza de San Pedro, justo a mediodía y ya sin lluvia ni paraguas, para impartir la bendición Urbi et Orbi, que permite ganar la indulgencia plenaria y sólo se administra este día y el 1 de enero de cada año.


Aunque la lluvia causó algunos claros, la plaza estaba abarrotada.

Antes de eso, leyó un mensaje al mundo centrado en dos puntos. (Ver abajo el texto completo.)

Primero, insistió en la idea que había transmitido durante la Vigilia Pascual: la humildad como requisito para comprender el misterio de la Resurrección: "Con su muerte y resurrección, Jesús muestra a todos el camino de la vida y de la felicidad, y este camino es la humildad, que comporta la humillación. Éste es el camino que conduce a la gloria. Sólo quien se humilla puede alcanzar los bienes del cielo. El orgulloso mira desde arriba hacia abajo, el humilde mira desde abajo hacia arrriba".


El  momento de la consagración, durante la misa.

Y repitió casi literalmente lo dicho anoche: "Para entrar en el misterio hay que inclinarse, abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino".

"El mundo", prosiguió, "propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer. Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, unos de los otros, de no ser altivos sino estar disponibles y ser respetuosos. Esto no es debilidad, sino fuerza auténtica, que lleva dentro de si el poder de Dios".


El icono Aqueropita (literalmente, no realizado por mano humana) presidió la misa.


Y pidió al Señor que el mundo no ceda "al orgullo que fomenta la violencia y las guerras", sino que tenga "el valor humilde del perdón y de la paz".

En segundo lugar hizo un repaso a distintas situaciones de guerra y violencia en el mundo, rogando a Dios por todas ellas y citando expresamente a israelíes y palestinos y a Siria, Irak, Libia, Yemen, Nigeria, Sudán del Sur, Sudán, Congo, Kenia y Ucrania. Citó el acuerdo de Lausana entre Estados Unidos e Irán sobre el programa nuclear iraní, pidiendo que sea "un paso definitivo hacia un mundo más seguro y fraterno", y condenó las "antiguas y nuevas formas de esclavitud" y el tráfico de drogas y de armas.

Después de la bendición, Francisco aún tomó la palabra para felicitar a los presentes y a los "conectados": "Gracias por vuestra presencia, por vuestra oración y por el entusiasmo de vuestra fe".


Queridos hermanos y hermanas

¡Feliz Pascua!

¡Jesucristo ha resucitado!

El amor ha derrotado al odio, la vida ha vencido a la muerte, la luz ha disipado la oscuridad.

Jesucristo, por amor a nosotros, se despojó de su gloria divina; se vació de sí mismo, asumió la forma de siervo y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Por esto Dios lo ha exaltado y le ha hecho Señor del universo. Jesús es el Señor.

Con su muerte y resurrección, Jesús muestra a todos la vía de la vida y la felicidad: esta vía es la humildad, que comporta la humillación. Este es el camino que conduce a la gloria. Sólo quien se humilla puede ir hacia los «bienes de allá arriba», a Dios (cf. Col 3,1-4). El orgulloso mira «desde arriba hacia abajo», el humilde, «desde abajo hacia arriba».

La mañana de Pascua, Pedro y Juan, advertidos por las mujeres, corrieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. Entonces, se acercaron y se «inclinaron» para entrar en la tumba. Para entrar en el misterio hay que «inclinarse», abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino.

El mundo propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer... Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos.

Esto no es debilidad, sino auténtica fuerza. Quién lleva en sí el poder de Dios, de su amor y su justicia, no necesita usar violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor.

Imploremos hoy al Señor resucitado la gracia de no ceder al orgullo que fomenta la violencia y las guerras, sino que tengamos el valor humilde del perdón y de la paz. Pedimos a Jesús victorioso que alivie el sufrimiento de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, así como de todos los que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y las violencias que se están produciendo, y que son tantas.

Roguemos ante todo por la amada Siria e Irak, para que cese el fragor de las armas y se restablezca una buena convivencia entre los diferentes grupos que conforman estos amados países. Que la comunidad internacional no permanezca inerte ante la inmensa tragedia humanitaria dentro de estos países y el drama de tantos refugiados.

Imploremos la paz para todos los habitantes de Tierra Santa. Que crezca entre israelíes y palestinos la cultura del encuentro y se reanude el proceso de paz, para poner fin a años de sufrimientos y divisiones.

Pidamos la paz para Libia, para que se acabe con el absurdo derramamiento de sangre por el que está pasando, así como toda bárbara violencia, y para que cuantos se preocupan por el destino del país se esfuercen en favorecer la reconciliación y edificar una sociedad fraterna que respete la dignidad de la persona. Y esperemos que también en Yemen prevalezca una voluntad común de pacificación, por el bien de toda la población.

Al mismo tiempo, encomendemos con esperanza al Señor, que es tan misericordioso, el acuerdo alcanzado en estos días en Lausana, para que sea un paso definitivo hacia un mundo más seguro y fraterno.

Supliquemos al Señor resucitado el don de la paz en Nigeria, Sudán del Sur y diversas regiones del Sudán y de la República Democrática del Congo. Que todas las personas de buena voluntad eleven una oración incesante por aquellos que perdieron su vida asesinados el pasado jueves en la Universidad de Garissa, en Kenia, por los que han sido secuestrados, los que han tenido que abandonar sus hogares y sus seres queridos.

Que la resurrección del Señor haga llegar la luz a la amada Ucrania, especialmente a los que han sufrido la violencia del conflicto de los últimos meses. Que el país reencuentre la paz y la esperanza gracias al compromiso de todas las partes implicadas.

Pidamos paz y libertad para tantos hombres y mujeres sometidos a nuevas y antiguas formas de esclavitud por parte de personas y organizaciones criminales. Paz y libertad para las víctimas de los traficantes de droga, muchas veces aliados con los poderes que deberían defender la paz y la armonía en la familia humana. E imploremos la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas, que se enriquecen con la sangre de hombres y mujeres.

Y que a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo rechazados, maltratados y desechados; a los enfermos y los que sufren; a los niños, especialmente aquellos sometidos a la violencia; a cuantos hoy están de luto; y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llegue la voz consoladora y curativa del Señor Jesús: «Paz a vosotros» (Lc 24,36). «No temáis, he resucitado y siempre estaré con vosotros» (cf. Misal Romano, Antífona de entrada del día de Pascua).