La Iglesia debe anunciar el Evangelio en pobreza y quien lo anuncia debe tener como único objetivo el de aliviar las miserias de los más pobres, sin olvidar jamás que este servicio es obra del Espíritu Santo y no de fuerzas humanas. Es el pensamiento del Papa en la homilía en la misa matutina en la casa de Santa Marta este jueves 5 de febrero.

Curar, levantar, liberar. Echar a los demonios. Y luego reconocer con sobriedad “he sido un obrero del Reino”. Esto es lo que debe hacer y decir de sí mismo un ministro de Cristo cuando pasa a curar a los tantos heridos que esperan en los pasillos de la Iglesia “hospital de campo”.

Este concepto importante para Francisco vuelve en su reflexión de la mañana, dictada por el pasaje del Evangelio de día en el cual Jesús envía a sus discípulos de dos en dos a los poblados a predicar, curar a los enfermos y echar a los “espíritus impuros”.


La mirada del Papa se centra en la descripción que Jesús hace del estilo que tienen que asumir sus enviados al pueblo: personas que no ostenten - no lleven “ni pan, ni bolsa, ni dinero en la cintura”, les dijo.

Esto porque el Evangelio, afirma el Papa, “debe ser anunciado en pobreza”, porque “la salvación no es una teología de la prosperidad”. Es solamente y nada más que el “buen anuncio” de liberación llevado a todo oprimido:

“Ésta es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura. Algunas veces, he hablado de la Iglesia como hospital de campo. Es verdad: ¡cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas! Ésta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es Padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre”.


Desviar de la esencialidad de este anuncio abre al riesgo – tantas veces advertido por el Papa Francisco – de tergiversar la misión de la Iglesia, por lo cual el compromiso profuso para aliviar las diversas formas de miseria se vacía de la única cosa que cuenta: llevar a Cristo a los pobres, a los ciegos, a los prisioneros.

“Es verdad, nosotros debemos buscar ayuda y crear organizaciones que ayuden en esto: aquello sí, porque el Señor nos da los dones para esto. Pero cuando olvidamos esta misión, olvidamos la pobreza, olvidamos el celo apostólico y ponemos la esperanza en estos medios, la Iglesia lentamente cae en una Ong y se transforma en una bella organización: potente, pero no evangélica, porque falta aquel espíritu, aquella pobreza, aquella fuerza para curar”.


Los discípulos vuelven felices de su misión y el Papa recuerda que Jesús los lleva a descansar un poco. No obstante, el Papa subraya: “…no les dijo: ‘pero ustedes son grandes, en la próxima salida organicen mejor las cosas…’ Solamente les dice: ‘Cuando hayan hecho todo lo que deben hacer, díganse a sí mismos: somos siervos inútiles’. Éste es el apóstol. ¿Y cuál sería la gloria más grande para un apóstol? ‘Ha sido un obrero del Reino, un trabajador del Reino’. Ésta es la gloria más grande, porque va en este camino del anuncio de Jesús: va a curar, a custodiar, a proclamar este buen anuncio y este año de gracia. A hacer que el pueblo encuentre al Padre, a llevar la paz al corazón de la gente”.