Los jesuitas siempre han presumido de su llamado a ir "a la frontera", y el Papa Francisco ha predicado mucho sobre ir a los pobres y "las periferias". Pocos sitios cumplen tanto esas condiciones en Europa como la isla italiana de Lampedusa, que el Papa visitará el lunes 8 de julio en un desplazamiento de gran simbolismo.


Lampedusa es una isla bella pero árida a 205 kilómetros de Sicilia y 113 kilómetros de Túnez, con menos de 6.000 habitantes que reciben el agua por barcos-cisterna.

Es la frontera sur de la Unión Europea, y en ella mueren cada año numerosos inmigrantes africanos que intentan llegar a la isla. El proceso es casi siempre el mismo: una embarcación en mal estado, rebosante de gente, se acerca a la isla; todos se asoman a un lado de la embarcación, ésta vuelca, y puesto que muchos pasajeros están enfermos o bien no saben nadar (vienen de regiones desérticas) mueren ahogados, y sus cadáveres llegan a las playas los días siguientes.

Hay en la isla un cementerio de naufragados, y otro de embarcaciones de emigrantes, casi 300, abandonadas, envejecidas, cascarones inútiles que prometían poder llegar a Europa.


El Papa Francisco ha anunciado que visitará la isla para "rezar por quienes han perdido la vida en el mar, visitar a los supervivientes y a los prófugos presentes, animar a los habitantes de la isla y hacer un llamamiento a la responsabilidad, a fin de que todos se hagan cargo de estos hermanos y hermanas sumamente necesitados", según una nota de la Santa Sede. Reacciona así ante una tragedia reciente, en la que murieron muchos inmigrantes.

Además, la nota advierte que "dada las circunstancias particulares, esta visita se realizará de la manera más discreta posible, también en consideración a la presencia de los obispos de la región y de las autoridades civiles".


Francisco no es el primer eclesiástico que ha llamado la atención de Italia y Europa sobre la situación de Lampedusa. 

El primero ha sido siempre el párroco, Stefano Nastasi, cuyo teléfono tienen todos los periódicos de Italia, y al que llaman cada vez que hay noticias de naufragio y tragedia: oficia funerales, denuncia la falta de 


recursos, moviliza a los isleños, los anima a seguir siendo generosos... y pide a la poderosa Europa ayudar a esta islita saturada de dolor extranjero.

En abril de 2011, el órgano que agrupa a las Conferencias Episcopales católicas de Europa, la CCEE, hizo un comunicado en plena guerra de Libia: apelando a la acción de toda Europa y pidiendo "la solidaridad, también institucional, de todos los pueblos del continente europeo, como también la de las estructuras de la Unión Europea y de los demás organismos continentales”.

Ese mismo mes, Benedicto XVI declaró estar “profundamente afectado” tras conocerse la tragedia de la muerte de cerca de 250 inmigrantes que cayeron al mar al volcar su embarcación, cuando intentaban alcanzar costas italianas. La Santa Sede, buscando hacer más cercana la tragedia a la población católica, recordó que muchas víctimas eran “inmigrantes eritreos católicos que se encontraban en Libia y que participaban en la vida de la comunidad católica”.

Dos años antes, en 2009, era el responsable del Pontificio Consejo de Emigrantes, el arzobispo Vegliò, quien denunciaba las muertes en las costas de Lampedusa y en todo el Mediterráneo. Respondía al escándalo de 5 eritreos que llegaron apenas vivos a Lampedusa el 20 de agosto tras 20 días a la deriva, mientras que otros 73 murierond e hambre en el trayecto.


Vegliò dio cifras de 1988 a 2009 de "migrantes naufragados o víctimas en las fronteras de Europa: más de 14.660 muertos".

Con la guerra de Libia y el resto de oleadas de agitación y violencia en los países árabes mediterráneos, estas cifras han quedado muy pequeñas. Sólo en la primera mitad de 2011, llegaron a la diminuta Lampedusa 26.000 tunecinos y 16.000 subsaharianos huyendo de la guerra de Libia. Son 42.000 personas: siete inmigrantes por cada isleño.

En ese medio año de 2011, murieron 1.500 inmigrantes en la zona. De ellos, 250 naufragaron el 8 de junio, frente a las costas de Túnez, en un barco sobrecargado con 800 subsaharianos cuyo motor se averió.