La imagen de María al pie de la Cruz centró la tercera predicación de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa a la Curia romana, una vez más en solitario y a cámara por razones sanitarias. (Ver abajo el texto completo.)

La Virgen "vio todo, asistió a todo", recordó el predicador de la Casa Pontificia para invitarnos a entender el dolor de una madre ante la Pasión y Crucifixión de su Hijo. Ella es "la primera estigmatizada del cristianismo: llevó los estigmas invisibles, grabados en su corazón", que padecía Jesucristo en el madero. Dios le pedía además "algo mucho más difícil: perdonar". Y, sobre todo, entender a su Hijo, porque ella sabía que podía ordenar a una legión de ángeles que pusiesen fin a aquello, a los dolores propios, pero también a los de ella: "Pero ve que Jesús no hace nada. Liberándose a sí mismo de la cruz, la liberaría también a ella de su tremendo dolor, pero no lo hace". María creyó y esperó, "permaneció «de pie», en silencio, y así se convirtió, de un modo especial, en mártir de la fe".

Esta idea de que Cristo y María tuvieron "una gran cosa en común: el mismo sufrimiento" sirve al capuchino para alertar del "docetismo" en el que cae "una cierta teología polémica" que teme "poner en el mismo plano a María y a Cristo, el Salvador y la creatura salvada". Esa teología "corre el peligro real de frustrar la encarnación", pues "la diferencia infinita entre Cristo y María no debe hacer olvidar la semejanza, también ella infinita, que hay entre ellos, pues de otro modo sería como negar que Jesús fuera verdaderamente hombre" (como sostenía la herejia docetista).

Tras esta explicación del sufrimiento de María, en una segunda parte de su intervención el padre Cantalamessa lo aplicó a la Iglesia, de la cual la Virgen es "figura y espejo, primicia y modelo". Para todos los cristianos "es necesario estar junto a María al pie de la cruz de Jesús, como estuvo el discípulo al que él amaba" (Juan), y eso implica dos cosas: estar al pie de la cruz, y que esa cruz sea la de Jesús. Que es lo importante, pues lo que cuenta "no es el sufrir, sino el creer y apropiarse así del sufrimiento de Cristo. Lo primero es la fe".

Hay dos modos de situarse ante la cruz, "el de la fe y el de la imitación", y se trata de integrar ambos, de forma que "es la fe misma en la cruz de Cristo la que tiene necesidad de pasar a través del sufrimiento para ser auténtica". Sufrir, dijo, "une a la cruz de Cristo de manera no sólo intelectual, sino existencial y concreta".

Y ése es el fundamento de la esperanza, la "pariente pobre" de las virtudes teologales, que reposa también sobre el modelo de María, pues ella sabía que "la cruz de Cristo no es solamente el momento de la muerte de Cristo, sino también el de su «glorificación» y triunfo", y esa fe y esa esperanza la sostuvieron en el momento en que su Hijo entregó al Padre su espíritu y fue descendido de la cruz, en aparente derrota humana: "Ella creyó, esperando contra toda esperanza, es decir, en una situación en la que, humanamente hablando, ya no hay motivo alguno para esperar".

"La cruz es objeto de experiencia, mientras que la resurrección es objeto de esperanza", afirmó Cantalamessa. Por eso la Iglesia está llamada a estar junto a "los crucificados de hoy" (los pobres, los que sufren, los humillados y los agraviados) y a "estar con ellos con esperanza", pues "no basta compadecerse de sus penas o incluso tratar de aliviarlas", eso "es demasiado poco" y pueden hacerlo incluso quienes "no conocen la resurrección". La Iglesia debe dar esperanza "proclamando que el sufrimiento no es absurdo, sino que tiene un sentido".

"El objeto de la esperanza es que yo poseeré a Dios, que Dios será mío, que yo viviré eternamente", afirmó el predicador de la Casa Pontificia hacia el final de su predicación: "Hacerse cómplices de la esperanza significa permitir que Dios te desilusione, que te engañes aquí abajo tantas veces como él quiera. Es más: significa estar contentos en el fondo, en alguna parte remota del propio corazón, de que Dios no te haya escuchado la primera y la segunda vez y que siga sin escucharte, porque así te permite que le des una prueba más, de hacer un acto de esperanza más y cada vez más difícil. Te ha dado una gracia mucho más grande de la que pedías: la gracia de esperar en Él".

«Junto a la Cruz de Jesús estaba María, su Madre». María en el Misterio pascual

Tercera predicación Cuaresma 2020

Raniero Cantalamessa, OFMCap

Traducción de Pablo Cervera Barranco.

1. María en el Calvario

La palabra de Dios que nos acompaña en nuestra meditación es la de Juan,  el cual «lo vio y que sabe que dice la verdad»: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” Después dice al discípulo: “¡Ahí tienes a tu madre!” Y desde aquel momento el discípulo la acogió como algo propio» (Jn 19,25-27).

De este texto, tan profundo, consideramos en esta meditación, sólo la primera parte, la narrativa, dejando para el próximo encuentro el resto del pasaje evangélico que contiene las palabras de Jesús.

Si en el Calvario, junto a la cruz de Jesús, estaba María su Madre, quiere decir que ella estaba en Jerusalén en aquellos días y, si estaba en Jerusalén, entonces vio todo, asistió a todo. Asistió a los gritos: «¡Barrabás, no él!»; asistió al Ecce homo, vio la carne de su carne flagelada, sangrante, coronada de espinas, semidesnuda delante de la multitud, temblando, sacudida por escalofríos de muerte, en la cruz. Escuchó el ruido de los golpes de martillo y los insultos: «Si eres el Hijo de Dios…». Vio a los soldados que se dividían sus vestiduras y la túnica que probablemente ella misma había tejido.

Por lo tanto, no se ha equivocado la piedad cristiana cuando aplicó también a María bajo la cruz las palabras pronunciadas por la hija de Sión en su desolación: «Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, ved: ¿Hay dolor como mi dolor?» (Lam 1,12). Si san Pablo podía decir: «Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gál 6,17), ¿qué debería decir María? María es la primera estigmatizada del cristianismo: llevó los estigmas invisibles, grabados en su corazón, como se sabe que sucedió después con algunos santos y santas.

«Estaban —se lee— junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena». Había, pues, un grupo de mujeres, cuatro en total (como aparece en el icono). Por lo tanto, María no estaba sola; era una de las mujeres. Sí, pero María estaba allí como «su madre» y esto cambia todo, poniendo a María en una situación totalmente distinta a las otras. He asistido a veces al funeral de algunos jóvenes; pienso en particular en un niño. Varias mujeres seguían al féretro. Todas estaban vestidas de negro, todas lloraban. Todas parecían iguales. Sin embargo, entre ellas había una distinta, una a la que todos los presentes tenían en cuenta, a la que todos, sin darse vuelta, miraban a escondidas: la madre. Era viuda y tenía solo ese hijo. Miraba el ataúd, se veía que sus labios repetían sin pausa el nombre del hijo. Cuando los fieles, en el momento del Sanctus, se pusieron a proclamar «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo», también ella, sin darse  cuenta siquiera, se puso a murmurar: Santo, Santo, Santo… En ese momento pensé en María al pie de la cruz.

No obstante, a ella se le pidió algo mucho más difícil: perdonar. Cuando escuchó al Hijo que decía: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), ella entendió lo que el Padre celeste esperaba de ella: que dijera con el corazón las mismas palabras: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Y ella las dijo. Perdonó.

Si María pudo ser tentada, como lo fue también Jesús en el desierto, esto sucedió, sobre todo, al pie de la cruz. Y fue una tentación profundísima y dolorosísima, porque tenía por motivo al mismo Jesús. Ella creía en las promesas, creía que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, sabía que, si Jesús hubiera orado, el Padre le habría enviado «más de doce legiones de ángeles» (Mt 26,53). Pero ve que Jesús no hace nada. Liberándose a sí mismo de la cruz, la liberaría también a ella de su tremendo dolor, pero no lo hace. Sin embargo, María no grita: «¡Baja de la cruz; sálvate a ti y a mí!», o: «Has salvado a muchos otros, ¿por qué no te salvas ahora también a ti, hijo mío?», aunque es fácil intuir hasta qué punto un pensamiento o deseo similar se asomaría espontáneamente al corazón de una madre. María calla.

Humanamente  hablando, María tuvo todos los motivos para gritar a Dios: «¡Me has engañado!», o, como gritó un día el profeta Jeremías: «¡Me sedujiste Señor y me dejé seducir!» (Jer 20,7), y escapar del Calvario. En cambio, ella no escapó, sino que permaneció «de pie», en silencio, y así se convirtió, de un modo especial, en mártir de la fe, testigo supremo de la confianza en Dios, tras el Hijo.

Esta visión de María que se une al sacrificio del Hijo encontró una expresión sobria y solemne en un texto del Concilio Vaticano II: «La Santísima Virgen también avanzó en el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, donde, no sin un designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Unigénito y se asoció con ánimo materno a su sacrificio, consintiendo amorosamente a la inmolación de la víctima engendrada por ella misma»[1].

María no estaba, pues, «junto a la cruz de Jesús», cerca de él, sólo en sentido físico y geográfico, sino también en sentido espiritual. Estaba unida a la cruz de Jesús; estaba dentro del mismo sufrimiento. Ella fue la primera de los que «compartieron su pasión» (Rom 8,17). Sufría en su corazón lo que el Hijo sufría en su carne. ¿Y quién podría sólo pensar diferente, si apenas sabe lo que quiere decir ser madre? Kierkegaard (¡un teólogo luterano!) escribe en su Diario estas palabras: «Como Cristo grita: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46), así también la Virgen María tuvo que estar penetrada por un sufrimiento que humanamente correspondía al del Hijo. “Una espada te atravesará el alma y así se manifestarán claramente los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2,35); también del tuyo, si todavía te atreves a creer, si todavía eres suficientemente humilde para creer que tú en verdad eres la elegida entre las mujeres, la que encontró la gracia delante de Dios!»[2].

Jesús también era hombre; como hombre, en este momento, él no es, a los ojos de todos, más que un hijo ejecutado en la presencia de la madre. A fuerza de prestar atención para no poner en el mismo plano a María y a Cristo, el Salvador y la creatura salvada, una cierta teología polémica (o defensiva, si se trata de católicos) corre el peligro real de frustrar la encarnación, olvidando que Cristo «en todo se hizo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (cf. Heb 4,15). Ciertamente no es «pecado» que un hijo moribundo en esas condiciones, rechazado por todos, busque un refugio en el corazón y en los ojos de la madre que lo ha engendrado y que conoce bien su inocencia. Es simplemente naturaleza y piedad humana. Y debido a que es piedad humana, y no pecado. Jesús moribundo la experimentó. La diferencia infinita entre Cristo y María no debe hacer olvidar la semejanza, también ella infinita, que hay entre ellos, pues de otro modo sería como negar que Jesús fuera verdaderamente hombre; es docetismo.

Jesús ya no dice: «¿Qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Ahora que su «hora» ha llegado, hay entre él y su madre una gran cosa en común: el mismo sufrimiento. En esos momentos extremos, en los que incluso el Padre se ha retirado misteriosamente de la mirada del hombre, a Jesús le queda solo la mirada de la madre, en la que buscar refugio y consuelo. ¿Despreciaría esta presencia y este consuelo materno, aquel que en el Getsemaní pidió a los tres discípulos diciendo: «Quedaos aquí, y velad conmigo» (Mt 26,38)?

2. Estar junto a la cruz de Jesús

Ahora bien, siguiendo, como siempre, nuestro principio-guía, según el cual María es figura y espejo de la Iglesia, su primicia y modelo, debemos plantearnos la pregunta: ¿Qué quiso decir a la Iglesia el Espíritu Santo, disponiendo que en la Escritura estuviera registrada esta presencia de María y esas palabras de Jesús sobre ella?

También esta vez, es la Palabra misma de Dios la que, implícitamente, delinea el tránsito de María a la Iglesia, y dice qué debe hacer todo creyente para imitarla: «Junto a la cruz de Jesús —está escrito— estaba María su Madre y junto a ella el discípulo que él amaba». En la noticia está contenida la parénesis. Lo que sucedió ese día indica lo que debe suceder cada día: es necesario estar junto a María al pie de la cruz de Jesús, como estuvo el discípulo al que él amaba.

Hay dos cosas ocultas en esta frase: primero, que es necesario estar «junto a la cruz», y, segundo, que es necesario estar junto a la cruz «de Jesús». Veámoslas de forma separada, empezando por la segunda que es la más importante.

Estar junto a la cruz «de Jesús». Estas palabras nos dicen que lo primero que hay que hacer, lo más importante de todo, no es estar junto a la cruz en general, sino estar junto a la cruz «de Jesús». Que no basta estar junto a la cruz, es decir, en el sufrimiento, estar ahí incluso en silencio. ¡No! Esto parece ya por sí algo heroico y, con todo, no es lo más importante. De hecho, puede no ser nada. Lo decisivo es estar junto a la cruz «de Jesús». Lo que cuenta no es la propia cruz, sino la de Cristo. No es el sufrir, sino el creer y apropiarse así del sufrimiento de Cristo. Lo primero es la fe. Lo más grande de María al pie de la cruz fue su fe, más grande incluso que su sufrimiento. Pablo dice que el Evangelio es fuerza de Dios «para todos los que creen» (cf. Rom 1,16) Para todos los que son llamados y creen, no para todos los que sufren, aunque, como veremos, las dos cosas están normalmente unidas entre sí.

Aquí está la fuente de toda la fuerza y la fecundidad de la Iglesia. La fuerza de la Iglesia viene de predicar la cruz de Jesús —es decir, de algo que a los ojos del mundo es el símbolo mismo de la estupidez y de la debilidad—, renunciando, de ese modo, a toda posibilidad o voluntad de afrontar el mundo incrédulo y despreocupado con sus mismos medios que son la sabiduría de las palabras, la fuerza de las argumentaciones, la ironía, el ridículo, el sarcasmo y todas las demás «cosas fuerte del mundo» (cf. 1 Cor 1,27). Es necesario renunciar a una superioridad humana, para que pueda salir a la luz y actuar la fuerza divina contenida en la cruz de Cristo. Es necesario insistir sobre este primer punto porque todavía hay necesidad de ello. La mayoría de los creyentes no ha sido ayudada a entrar en este misterio que es el corazón del Nuevo Testamento, el centro del kerigma y que cambia la vida.

«Estar al pie de la cruz». Pero, ¿cuál es el signo y la prueba de que se cree realmente en la cruz de Cristo, que «la palabra de la cruz» no es, precisamente, sólo una palabra, es decir un principio abstracto, una bella teología o ideología, sino que es verdaderamente cruz? El signo y la prueba es tomar la propia cruz y seguir a Jesús (cf. Mc 8,34). El signo es participar en sus sufrimientos (Flp 3,10; Rom 8,17), estar crucificados con él (Gal 2,20), completar, mediante los propios sufrimientos, lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24). Toda la vida del cristiano debe ser un sacrificio viviente, como el de Cristo (cf. Rom 12,1). No se trata sólo de sufrimiento aceptado pasivamente, sino también de sufrimiento activo, vivida en unión con Cristo: «castigo mi cuerpo y lo someto» (1 Cor 9,27). «Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio ¿y tú buscas para ti descanso y alegría?, amonesta el autor de la Imitación de Cristo[3].

Insisto en esto, porque tenemos que reconstruir la síntesis de lo que, poco a poco, en la Iglesia ha terminado por estar en contraposición. Existen, de hecho, en la Iglesia dos modos diversos de ponerse delante de la cruz y de la pasión de Cristo: uno, más característico de la teología protestante, basado en la fe y la apropiación, que hace hincapié en la cruz de Cristo, y otro —cultivado, al menos en el pasado, con preferencia por la teología católica— que insiste en sufrir con Cristo, en compartir su pasión y, como en el caso de ciertos santos, en revivir incluso en ellos la pasión de Cristo. 

La palabra de Dios nos sugiere que lo importante no es elegir uno u otro comportamiento, sino mantener unidas las dos cosas, cultivar ambos comportamientos: el de la fe y el de la imitación. No se trata, evidentemente, de poner en el mismo plano lo obrado por Cristo y lo obrado por nosotros, sino de acoger la palabra de la Escritura que dice que una cosa —ya sea la fe o las obras—, sin la otra, está muerta (cf. Stg 2,14ss).

Podríamos decir que el problema se refiere justamente a la fe. Es la fe misma en la cruz de Cristo la que tiene necesidad de pasar a través del sufrimiento para ser auténtica. La primera carta de Pedro dice que el sufrimiento es el «crisol» de la fe, que la fe tiene necesidad del sufrimiento para ser purificada, como el oro en el fuego (cf. 1 Pe 1,6-7).

En otras palabras, nuestra cruz no es en sí misma salvación, no es ni fuerza ni sabiduría; por sí misma es pura obra humana, o incluso castigo. Se convierte en fuerza y sabiduría de Dios en cuanto que —acompañada por la fe y por disposición de Dios mismo— nos une a la cruz de Cristo. «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su lecho del hospital tras el atentado—, significa hacerse particularmente susceptibles, particularmente abiertos a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo»[4]. Sufrir une a la cruz de Cristo de manera no sólo intelectual, sino existencial y concreta; es una especie de canal, de vía de acceso, a la cruz de Cristo, no paralela a la fe, sino formando un todo con ella.

3. «Esperó contra toda esperanza»

Hemos hablado hasta aquí solo de la cruz de Cristo y de María que está al pie de la cruz. Pero el misterio pascual no consiste ni en la cruz de Cristo tomada aisladamente, ni en la resurrección considerada por sí sola ni tampoco en las dos cosas consideradas juntas. Consiste, más bien, en el paso de una a otra, de la muerte a la vida, en el paso «a través de la muerte hacia la gloria y el reino» (cf. Lc 24,26; Hch 14,22). Consiste, por lo tanto, en algo dinámico, no estático; en un movimiento o acontecimiento que, como tal, no se puede trocear sin destruirlo.

Para el evangelista Juan, la cruz de Cristo no es solamente el momento de la muerte de Cristo, sino también el de su «glorificación» y triunfo. La resurrección ya está operante en el signo del Espíritu que se derrama (cf. Jn 7,37ss.). Por tanto, María en el Calvario compartió con su Hijo no solo la muerte, sino también las primicias de la resurrección. Una imagen de María al pie de la cruz, en la que María está solo «triste, afligida, llorosa» (como canta el Stabat Mater), en definitiva, solo la Dolorosa, no sería completa. En el Calvario, ella no es únicamente la «Madre de los dolores», sino también la Madre de la esperanza, «Mater spei» como la invoca la Iglesia en su himno.

San Pablo afirma de Abraham que «creyó contra toda esperanza» (Rom 4,18). Lo mismo se debe decir, con más razón, de María al pie de la cruz: ella creyó, esperando contra toda esperanza, es decir, en una situación en la que, humanamente hablando, ya no hay motivo alguno para esperar. Como Abraham, de un modo que no podemos explicar (y quizás tampoco ella era capaz de explicarse a sí misma), María creyó que Dios era capaz de resucitar a su Hijo «incluso de entre los muertos» (cf. Heb 11,19).

Hay que no conocer en absoluto hasta dónde puede llegar, en su proeza, la esperanza si se piensa que atribuir esto a María es excesivo. Un texto del Concilio Vaticano II menciona esta esperanza de María al pie de la cruz como un elemento determinante de su vocación materna. Dice que al pie de la cruz, «ella cooperó especialmente en la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad»[5].

Pasemos a la Iglesia, es decir, a nosotros. De las tres cosas que la Iglesia conmemora en el triduo pascual —crucifixión, sepultura y resurrección del Señor—, «nosotros —escribió san Agustín— en la vida presente realizamos lo que significa la crucifixión, mientras que mantenemos por fe y esperanza lo que significan la sepultura y la resurrección»[6]. También la Iglesia, como María, vive la resurrección «en esperanza». También para ella, la cruz es objeto de experiencia, mientras que la resurrección es objeto de esperanza. María, que en el misterio de la Encarnación se nos muestra sobre todo como maestra de fe, en el Misterio pascual se nos muestra, sobre todo, como maestra de esperanza.

Como María estuvo junto al Hijo crucificado, así la Iglesia está llamada a estar junto a los crucificados de hoy: los pobres, los que sufren, los humillados y los agraviados. Estar con ellos con esperanza. No basta compadecerse de sus penas o incluso tratar de aliviarlas. Es demasiado poco. Esto lo pueden hacer todos, incluso los que no conocen la resurrección. La Iglesia debe dar esperanza, proclamando que el sufrimiento no es absurdo, sino que tiene un sentido, porque habrá una resurrección de la muerte. La Iglesia debe estar «siempre dispuesta a dar razón de su esperanza» (cf. 1 Pe 3,15).

Los hombres tienen necesidad de esperanza para vivir, como del oxígeno para respirar. También la Iglesia necesita esperanza para proseguir su camino en la historia y no sentirse aplastada por las dificultades. La esperanza ha estado durante  mucho tiempo, y todavía lo es, entre las virtudes teologales, la hermana menor, la pariente pobre.

La esperanza contiene un profundo misterio. Se descubre confrontándola con la fe. La fe está relacionada con Dios y las cosas hechas por él, que son independientes de nosotros. Que Dios existe es objeto de fe; que Jesucristo es Dios, es objeto de fe; que murió por nuestros pecados es objeto de fe; que existe la vida eterna es objeto de fe. Lo creamos o no, todo eso no deja de ser verdadero y de existir. Dios existe aunque yo no crea que Él existe.

Por lo tanto, la fe cree lo que ya existe. Sin embargo, el objeto de la esperanza no existe si yo no lo espero. Soy yo el que lo hace existir esperando. La esperanza está relacionada, de hecho, con cosas que Dios no hará sin nuestra libertad. El objeto de la fe es que Dios existe. El objeto de la esperanza es que yo poseeré a Dios, que Dios será mío, que yo viviré eternamente. Sin embargo, si yo no lo espero, todo esto nunca existirá. Dios nunca será mío. La esperanza es constitutiva de nuestra salvación. La frase de san Pablo: «En esperanza hemos sido salvados» (Rom 8,24), tiene un sentido todavía más profundo de lo que parece a primera vista.

Debemos —como dice Charles Péguy— convertirnos en «cómplices de la pequeña niña esperanza»[7]. ¿Has esperado algo ardientemente, una intervención de Dios, y no ha sucedido nada? ¿Has vuelto a esperar de nuevo otra vez más y todavía  nada? ¿Ha continuado todo como antes, a pesar de muchas súplicas, muchas lágrimas, y quizás también muchos signos de que esta vez serías escuchado? Tú continúa esperando, espera todavía una vez más, espera siempre, hasta el fin. Hazte cómplice de la esperanza.

Hacerse cómplices de la esperanza significa permitir que Dios te desilusione, que te engañes aquí abajo tantas veces como él quiera. Es más: significa estar contentos en el fondo, en alguna parte remota del propio corazón, de que Dios no te haya escuchado la primera y la segunda vez y que siga sin escucharte, porque así te permite que le des una prueba más, de hacer un acto de esperanza más y cada vez más difícil. Te ha dado una gracia mucho más grande de la que pedías: la gracia de esperar en él.

Es necesario prestar atención a una cosa. La esperanza no es sólo una bella y poética disposición interior, lo difícil que se quiera, pero que deja, por lo demás,  inactivo y sin tareas concretas y, por lo tanto, estéril. Por el contrario, esperar significa justamente descubrir que todavía hay algo que se puede hacer, una tarea que cumplir y que no se nos deja a merced del vacío ni de una paralizante inactividad.

Incluso cuando no hubiera nada más que hacer por parte nuestra, para cambiar una cierta situación difícil, quedaría siempre una gran tarea por cumplir, la de mantenernos bastante comprometidos y mantener lejana la desesperación: la de soportar con paciencia hasta el final. Ésta fue la gran «tarea» que María llevó a cumplimiento, esperando, al pie de la cruz, y en esto ella está dispuesta ahora para ayudarnos también a nosotros.

En la Biblia asistimos a auténticos sobresaltos de esperanza. Uno de ellos se encuentra en la tercera Lamentación que es el canto del alma en la prueba más desoladora y que puede ser aplicado casi enteramente a María al pie de la cruz:  «Yo soy un hombre que ha probado el dolor bajo el látigo de su cólera, porque me ha llevado y conducido a las tinieblas y no a la luz; me ha tapiado sin salida cargándome de cadenas. Por más que grito: "Socorro", se hace sordo a mi súplica. Digo: Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor».

Pero he aquí el salto de esperanza que cambia todo: «Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; «El Señor es mi herencia», y espero en él. «El Señor es bueno para los que esperan en Él y lo buscan; le irá bien al hombre si es dócil desde joven. Quizá todavía hay esperanza» (cf. Lam 3, 1-29)

Dirijamos la mirada, una vez más, a aquella que supo estar al pie de la cruz esperando contra toda esperanza. Aprendamos a invocarla frecuentemente como «Madre de la esperanza» y, si también nosotros estamos atravesando una prueba en este momento, tentados por el desánimo, recuperémonos, repitiéndonos a nosotros mismos aquellas palabras: «La misericordia de Dios no se termina: ¡en Él quiero esperar!».

Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

[1] Lumen gentium 58.
[2] S. Kierkegaard, Diario XI1 A 45 (trad. ital. citada, n. 2837),
[3] Imitación de Cristo, II, 12,3.
[4] Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris 23: AAS 76 (1984) 231.
[5] Lumen Gentium, 61.
[6] San Agustín, Cartas 55, 2, 3; 14, 24: CSEL 34,2, 171.195.
[7] Ch. Péguy, Le porche, en Oeuvres poétiques, 655.