Santas Flora y María, virgenes y mártires. 24 de noviembre.
 

"Ve aquí a quien buscas; cristiana soy, amo la cruz y a los que siguen la religión católica. Mira si puedes vencer esta confesión; cuantos tormentos puedas imaginar, no harán más que acrisolar mi constancia”.


Las palabras anteriores resuenan en la Córdoba del siglo IX hasta hoy. Son las que la joven Flora dice a su hermano musulmán.

Educada en la fe del Islam pero convertida a la fe de Cristo, Flora había huido de su casa junto a su hermana Baldegoto, para vivir con cristianos y poder recibir los Sacramentos y la Palabra del Señor, ejercer la oración y la caridad libremente. No dejó pasar esta afrenta el hermano y en venganza, hizo encarcelar sacerdotes, asolar monasterios, con lo que Flora, dolida, y por proteger a sus hermanos de fe, volvió junto a su hermano de sangre, al que dijo la frase con que abrimos el artículo.

El hermano, celoso de la fe y enloquecido, la llevó ante el juez, acusándola de renegada. Ante este, Flora manifestó que a Jesucristo solo conocía, al que había dado su corazón como a Esposo. Fue golpeda en la cabeza con tal fuerza, que le rompieron la piel y el cráneo quedó al descubierto. Devuelta a su hermano, este la volvió a instruir en la fe del Corán. Pero no quedó Flora escarmentada, y su corazón ardía de amor a Jesús, así que una noche volvió a escapar de su casa, hasta llegar a Jaén, cerca de Martos, donde vivió varios años como una cristiana más, sin dar a conocer su verdadera identidad. Arreciada la persecución, fue llevada ante el juez en Córdoba, ciudad donde la providencia la unió a María.

Esta era hermana de San Walabonso (7 de junio), diácono y mártir; y era religiosa del monasterio de Santa María de Cuteclara. Recibió un aviso desde cielo de parte de su hermano, sobre que no le llorase más, puesto que pronto ella le acompañaría en el cielo. Y sin tardar, salió del monasterio, rumbo a Córdoba. Se encontraron ambas jóvenes en la iglesia de San Acisclo, preguntándose una a otra a que habían ido a aquel lugar, y habiendo descubierto mutuamente la vocación al martirio; se encaminaron juntas adonde el juez. Ambas dijeron quienes eran. Una, la castigada años ha; la otra, la hermana de uno de los santos mártires. El juez las mandó a la cárcel, amenazándolas con la muerte y la profanación de su castidad. Allí en la cárcel estaba San Eulogio (9 de enero), quien las instruyó y animó en su decisión de ser mártires de Cristo. Y lo hizo de palabra y por excrito, con un pequeño tratado escrito en la misma prisión, llamado "Aviso de los mártires".

Firmes permanecieron las vírgenes cuando se pronunció la sentencia de muerte, y firmes continuaron al sitio donde habían de ser degolladas. Flora fue la primera. Era el 21 de noviembre de 851, aunque su memoria litúrgica es a día de hoy, 24 de noviembre. Los cuerpos fueron arrojados al Guadalquivir, aunque fueron rescatadas las cabezas, y depositadas en la iglesia de San Acisclo, donde también estarían las reliquias de otros mártires, cuya invención se realizó el 26 de noviembre de 1575, y su identificación, gracias a las Apariciones de San Rafael Arcángel (7 de mayo). Un supuesto cuerpo de María se veneró en Santa María de Cuteclara mientras el monasterio existió, y un supuesto cuerpo de Flora se venera en la iglesia de la Merced de la Habana, Cuba. San Eulogio libre de la cárcel junto a otros cristianos, envió a Baldegoto el cíngulo que traía puesto Flora en la cárcel. En la vida de Santa Sabigoto (27 de julio), se lee como se le aparecieron las santas Flora y María, asegurándole que también sería mártir como ellas.

A 24 de noviembre además se celebra a
San Francisco Gil de Federich, dominico mártir.
San Romano de Garona, presbítero.