En algunas misas, en el momento de la Comunión se anuncia la posibilidad, para las personas que no pueden comulgar, de acercarse con los brazos cruzados para recibir una bendición.
 

Esta práctica existe desde hace años en numerosas iglesias de distintos países, especialmente anglosajones y escandinavos. Se ha dado también en Jornadas Mundiales de la Juventud y ha sido objeto de pronunciamientos de la archidiócesis de Paderborn (Alemania) y de Milán (Italia), explica monseñor Vitur Huonder.
 
Este obispo la sugería el pasado mes de marzo como una “prenda de la misericordia de Dios” en su diócesis de Chur, situada en los Alpes suizos. Su propuesta busca la integración, y no la exclusión, como lo han percibido algunos que se han quejado públicamente de la propuesta.


“Una bendición así me pondría, por así decirlo, al descubierto -me confiesa una amiga separada que convive con su nueva pareja al plantearle esa posibilidad-. ¿Cómo aceptarán esto las otras personas que están en misa? Muchas de ellas no aceptan ni siquiera que esté participando en la celebración un divorciado que convive con otra persona…”.
 
La Comunidad del Cordero usa esta costumbre desde hace años en sus misas, que suelen congregar a mendigos, refugiados, ex toxicómanos, enfermos,… pues esta comunidad tiene la misión de ofrecer a los pobres un lugar en la Iglesia.
 
El Hermanito Juan, sacerdote, la considera muy positiva. “Que no comulguen no quiere decir que no les consideremos como hermanos –afirma, sosteniendo su mirada cordial-. Para que se sientan en comunión, se nos permite hacer un gesto”.
 
Y continúa: “La Iglesia quiere acoger con misericordia a las personas que no pueden acercarse a la Comunión, evitar que se sientan excluidas y hacer camino con ellas; eso tiene que ser por etapas”.
 
“Cuando hay personas divorciadas que se han vuelto a casar, han tenido hijos que tienen que asumir y han hecho un camino cristiano, pueden vivir en castidad pero a lo mejor no se encuentran en ese paso,… entonces, tras ese gesto, las acogemos mostrándoles que no pueden recibir la Comunión pero reciben la bendición para seguir avanzando en su camino”, añade.


La humildad que promueve en la Iglesia el Papa Francisco -que es el primero en considerarse pecador, e invita a todos a hacer lo mismo y a manifestar misericordia- ayuda a desterrar todo vestigio de desprecio a quien no puede comulgar.
 
Precisamente la acogida en la Iglesia de las personas divorciadas unidas nuevamente ha sido uno de los temas (quizás el más mediático) de la reciente asamblea extraordinaria del sínodo de los obispos sobre la familia.
 
El documento de síntesis de este sínodo habla de tratar a la familia con el mismo esquema que el diálogo ecuménico.
 
En este sentido, si a veces, en las misas en las que participan personas no católicas, el que preside “las invita a acercarse al altar para recibir una bendición y no la Comunión” –como recoge el Instrumentum Laboris del sobre la Eucaristía-, ¿qué razón podría impedir ofrecerla a católicos que no pueden comulgar?
 

Este documento vaticano destaca el parecido entre esta bendición, a las personas que no pueden comulgar, y la distribución del antidoron en el rito bizantino, un pan bendecido pero no consagrado que se reparte en algunas iglesias ortodoxas y de otras confesiones cristianas al final de la celebración.
 
Según el director del Instituto Superior de Liturgia de Barcelona, Jaume González Padrós, no hay ningún escrito del Magisterio sobre este uso, que “forma parte de una cierta tradición que en Oriente es más antigua, la de procurar que quienes no han podido tener el pan eucarístico puedan recibir una bendición o un pan bendecido”.

Para el liturgista, esta señal de pertenencia y acogimiento puede tener su valor, puede ayudar a mostrar que esas personas no están excomulgadas, a expresar una cierta maternidad eclesial, “como si fuera una caricia de la madre al hijo que está enfermo o no lo está pasando bien”.
 
“Se buscan maneras para que quien no puede participar en la máxima expresión de la participación eucarística que es la comunión no se quede sin nada –explica a Aleteia-; son signos, pequeños gestos con los que la comunidad cristiana dice que quien no puede comulgar continúa siendo miembro de la comunidad, participando de las bendiciones que se reciben de la Iglesia”.


La política inglesa Louise Mensch ha compartido su experiencia este mes en The Spectator: “Soy católica, divorciada y casada de nuevo. Voy a misa cada semana. Cuando mis hijos quieren que les acompañe a recibir la Sagrada Comunión, voy detrás de ellos con los brazos cruzados sobre mi pecho”, explica.
 
En su situación, cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y educa en la fe a sus hijos: “Al más pequeño le entusiasma especialmente ir a recibir la bendición, aunque quiere saber cuándo podrá tener “el pan”. Yo le digo: “Cuando entiendas por qué no es ‘el pan’”.
 
Nunca me ha venido la idea de presentarme a la comunión, cuando nunca he intentado hacer anular mi primer matrimonio –continúa-. Sé que no soy una buena católica, y llevo una vida que la Iglesia considera adúltera. Sin embargo, permanezco confiada, porque espero en la misericordia de Dios”.
 
Y concluye: “Guardo la esperanza de que algún día esté en estado de gracia y en condiciones de recibir nuevamente la Sagrada Comunión”.