Para muchos la palabra “ermitaño” evoca a la imagen de San Juan Bautista, un hombre vestido con una piel de camello y que comía saltamontes en el desierto. Sin embargo, la vocación de ermitaño es muy actual, y aún pervive. En España, por ejemplo, el joven Jerónimo Fernández vive una vida eremítica en la sierra de Hornachuelos, y Antonio Rodríguez, el último monje de Montesión, hace lo mismo en Cazorla, entre otros.

En definitiva, esta vocación sigue estando vigente hoy en día por la Iglesia, y es mucho más que ascética y soledad. El hermano Rex, ermitaño en Little Portion Hermitage (diócesis de Portland, EEUU) ha contado a CNA cómo es vivir la vida eremítica en el siglo XXI.


“Para mí, un eremita es un hombre o una mujer que viven solos para la gloria de Dios”, ha explicado Rex. “Y además lo hacen por el bien de la Iglesia y la salvación de las almas”. Según Rex, fue la Gracia, el ejemplo de los primeros padres de la Iglesia y el de los grandes santos los que le llevaron a vivir esta vocación. “Fue especialmente por san Francisco de Asís, que, antes de fundar su orden, vivió como eremita durante un tiempo”, explica.

Rex se levanta a las cuatro de la mañana para rezar la Liturgia de las Horas. Más tarde, a las siete, acude a misa en su parroquia local. “Después, desayuno y dedico la mañana a la lectura espiritual y a atender a cualquier persona que necesite dirección espiritual”, cuenta.




Tras de hacer los rezos del mediodía, Rex trabaja respondiendo a varios emails en los que le piden que rece por alguna causa. Después de hacer los rezos de la tarde y de la noche, se va a dormir alrededor de las ocho de la tarde. “Es así la mayoría de las veces”, apunta.

“Este horario es lo suficientemente rígido como para proporcionarme una buena estabilidad vocacional”, explica Rex. “Y también es flexible para poder ir al doctor y realizar las tareas propias de un director espiritual”.

“Algunos ermitaños no salen casi nunca de su ermita, aunque otros sí… Puede variar”, ha dicho. En su caso, Rex sale solo una vez al día para ir a misa. Normalmente el tiempo que pasan fuera depende de la diócesis.


Mucha gente piensa que los ermitaños son misántropos, es decir, que no les gustan las personas. Rex cuenta que no es así. “La gente piensa que huimos de la sociedad, que vivimos así porque odiamos a las personas y no por amor a Cristo”, cuenta. “¡En una ocasión, una persona me dijo que no podría ser un ermitaño por ser demasiado amigable!”.

Para Rex, la vida eremítica y la misantropía son cosas totalmente distintas. “La vida eremítica es una llamada de Dios y consiste en amar al prójimo; la misantropía, en cambio, es una respuesta psicológica venida de una mala adaptación al mundo”, aclara.


Rex reconoce que esto no quiere decir que todos los ermitaños sean personas simpáticas y agradables. “Eso depende de su temperamento”, explica. “Pero hay que decir que los ermitaños que viven su vocación cristiana de forma sana no pueden odiar a la humanidad”.

Como ermitaño, Rex aprecia muchos aspectos de su vida alejada del mundo. “Una de las cosas que más me gusta de esta vida es la oportunidad que Dios me ha dado para pasar ratos largos en silencio, rezando”, cuenta.

“Paradojicamente, quizás, otro aspecto que me gusta mucho es poder ayudar a toda esa gente que se encomienda a mis oraciones o a mi dirección espiritual”, agrega también

Por último, comenta que “rezo continuamente para que la sociedad en general, en especial los cristianos católicos y no católicos, experimenten la libertad de someterse a la voluntad de Dios”.