La primera vez que llegó a la parroquia San Juan de Dios, en la Unidad Vecinal de Absorción (UVA) de Vallecas, en Madrid, hace tres años, Gonzalo Ruipérez se encontró con unos muros pintados de grafiti. “Averigüé quiénes eran los chicos que se dedicaban a pintar la parroquia y una noche les esperé a que aparecieran. Entonces me acerqué y les invité a hablar. Eran cuatro chicas y tres chicos. Les hice ver que la parroquia era la casa de Dios, y que la casa de Dios no se toca; lo entendieron perfectamente, sobre todo ellas. Y les expliqué también que no solo era la casa de Dios, sino también su propia casa. Y ya no volvieron a pintar la fachada de la parroquia”, recuerda Gonzalo, que acaba de recibir el galardón Alter Christus en la categoría de pastoral social que concede Regnum Christi, tal y como explica Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo, en Alfa y Omega. Eso fue hace tres años, y desde entonces la parroquia ha experimentado un cambio que ha llegado también al barrio.
 
Lo sabe bien Félix, un vecino de 56 años que ha aprendido a leer y escribir hace bien poco. Para él, su mayor ilusión era leer la lectura en Misa. “Yo no sabía leer ni escribir nada de nada. Pero el padre Gonzalo me ha dado mucho ánimo”. Félix afirma que pasó su vida “trabajando de peón, en una zanja, haciendo lo que podía, y cuidando a mi padre que estaba mal. Cuando el padre fundó el colegio, entonces me apunté”. El ‘colegio’ es un local de la parroquia en el que se da clases de lectura y escritura a cualquiera que lo desee, tanto españoles como extranjeros, y al que acuden cada día numerosas personas, muchas de ellas mujeres musulmanas. Gracias a eso, hoy Félix afirma con orgullo y con una sonrisa de oreja a oreja que “tengo una letra muy bonita”, y para demostrarlo escribe en un papel: “Me llamo Félix y estoy muy orgulloso del padre Gonzalo, que ha hecho mucho por el barrio y por todos nosotros”.


 

Entrevistar a Gonzalo es un auténtico reto: se desplaza continuamente por las calles del barrio: del despacho de catequesis al templo, y del bar de la esquina hasta su coche. Precisamente el bar es, según Gonzalo, “mi segundo despacho parroquial”, porque “aquí saco más bautizos que en la parroquia. Hablo con cualquiera y le pregunto: “¿Tú estás bautizado?”, y al final todos los años tenemos varios bautizos de adultos, a los que preparamos durante un año”. Una vez sentados para tomar un café, no dejan de acercarse al párroco varias personas para charlar con él un rato, contarle una pena o pedirle un favor; y también para darle una alegría, como que han encontrado un trabajo, por ejemplo, una gran noticia en esta zona. Un abrazo, dos besos y unas palabras de afecto es lo que saca cada uno de ellos de este cura de barrio.
 
La parroquia está en el centro de la UVA de Vallecas, una zona de realojo de familias que en los años 80 vivían en casas bajas, chabolas e incluso cuevas, inmigrantes en su mayoría de Extremadura o Andalucía, y que tras la actuación del Instituto de la Vivienda de Madrid (Ivima) pudieron acceder a unas viviendas en condiciones dignas. “Pero su forma de vida es la misma que tenían antes. Te puedes encontrar en cualquier casa que no tienen mesa ni sillas, o no tienen luz, o han vendido el cobre”, cuenta el párroco. También explica que hay muchas casas que han sido ocupadas de una patada en la puerta, después del fallecimiento de sus antiguos propietarios, y hoy no son pocos los habitantes de la Cañada Real y de otras zonas empobrecidas de Madrid que se enganchan a la luz en cualquiera de estos bloques y tratan de sobrevivir de cualquier manera.
 

La UVA también es conocida por haber sido un lugar de tráfico de drogas en los 80. “Hoy está volviendo con fuerza la heroína. El alcohol siempre ha estado ahí, y hay muchísimo porro, no solo de consumo sino también de venta. Para muchos es una forma de escapar de una vida muy afectada por esta crisis económica tan profunda, porque aquí en la UVA aún no hemos salido de la crisis”.
 
En cuanto al trabajo, algunas mujeres trabajan limpiando casas, y algunos hombres hacen chapuzas. “Aquí hay muy pocos que hayan conseguido un trabajo fijo”, lamenta Gonzalo, y eso “crea unos problemas de exclusión muy grandes, porque son personas que están como descolgadas del mundo. Y eso que viven los padres parece lo mismo a lo que están abocados los hijos, y por eso son pocos los niños que estudian o pueden aspirar a un futuro distinto. Los robos a pequeña escala son habituales, y si todo eso lo unes a que hay muchas separaciones y mucha violencia, muchos al final acaban recurriendo a consuelos temporales que al final los acaban machacando, a ellos y a los que los rodean”.


 

A pesar de las duras condiciones de vida de sus habitantes, para Gonzalo la UVA de Vallecas “es un lugar entrañable, porque conserva cosas que se han perdido en otras zonas de Madrid: el respeto a los ancianos, el cariño hacia los niños, el que cada vecino conoce a los demás, las ayudas entre unos y otros, una calle llena de chavales…”.
 
Gonzalo sabe bien todas estas cosas porque se tiene bien “pateado” el barrio. Acude sin avisar y sin pedir permiso a las casas de cada uno de sus vecinos. “Llamo al timbre y me presento: “Soy el párroco”. Así me he recorrido todas las viviendas de la UVA. A veces te reciben mejor y otras peor, pero siempre con respeto”. Por esta manera de actuar afirma que “mi parroquia no es el templo, es el barrio. Este barrio es mi casa y tenemos que inventar cómo llevar el Evangelio ahí, de mil modos y maneras. Ahora por ejemplo, en Navidad, hemos buzoneado el barrio con 4.500 felicitaciones. Todas las casas de la UVA van a tener una en su buzón”, para la mayoría quizá la única que van a recibir esta Navidad.
 
Por su forma de trabajar, Gonzalo no es un cura que espera en el despacho a que lleguen los fieles. “Lo mío es salir, estar en la calle, hablar con la gente. Me gusta mucho lo que dice el Papa Francisco acerca de que la parroquia no sea un lugar-estufa. Yo no quiero que la gente esté en la parroquia, yo quiero que la gente sea cristiana”, aclara.
 
Por iniciativa del párroco, se reparten en la parroquia 22.000 kilos de comida cada quince días, de las que se benefician 350 familias, la mayor parte de la UVA y otras derivadas por parroquias vecinas. “Para mí es un lugar de evangelización directo, porque estoy ocho horas en la puerta hablando con cada una de estas personas”, dice Gonzalo.
 
En paralelo, está organizando la entrega de 7.000 juguetes para todos los niños del barrio, y además todas las tardes del curso los más jóvenes tienen clase de apoyo escolar y reciben la merienda, “porque muchos llegan aquí sin haber comido mucho, y algunos sin haber comido nada”. Los fines de semana “tenemos siete talleres para ellos, incluso para los musulmanes, porque aquí no hacemos distinción de ningún tipo. Hemos descubierto que el mejor modo que tenemos de sacar a los muchachos de la calle está siendo el equipo de fútbol, porque el viernes por la tarde se evita el peligro de que esos niños sean utilizados para llevar y traer droga”.
 

En la parroquia también hay talleres de guitarra, manualidades, ajedrez, inglés, baile, cine… Y todo eso con una colecta dominical que apenas asciende a 40 euros. “El resto lo saco pidiendo. No me cuesta nada pedir porque no pido para mí, es para otros”.
 
Junto a ello, la parroquia ofrece una catequesis de iniciación cristiana bien organizada: “Las catequesis están llenas de niños. La hacemos el domingo por la mañana, antes y después de la Eucaristía, porque la Misa es el centro de la vida parroquial, es el acto catequético principal. Es muy importante que la gente vea que la parroquia no es un centro cultural o social, sino que el centro de la parroquia es Jesús”. Por eso una de las primeras cosas que hizo al llegar fue poner un sagrario, “porque es la referencia de todo lo que hacemos aquí. Lo hicimos en la Misa de Nochebuena”.
 
La parroquia es mucho más que un centro cultural o social. “La persona es un todo, alma y cuerpo, y hay que trabajar primero a niveles sencillos y luego a niveles más complicados”, asegura Gonzalo. “Todos somos diferentes y estamos en distintas etapas de la vida. Tienes que tener claro el ideal, que el hombre no ha sido creado solo para comer o dormir, sino para vivir en dignidad. Y para ello hay un aspecto que va más allá del curar la pobreza material; hay que curar también las pobrezas espirituales, que son la causa de la miseria material: la pobreza pedagógica, psicológica, relacional, social, espiritual, o la pobreza de no conocer a un Dios que te quiere o de no tener una Iglesia que te acoge y te acompaña. Son pobrezas que a veces son consecuencia de un mal testimonio de los cristianos, o son producto de la ignorancia o de la falta de unas buenas relaciones de amistad. Todas esas pobrezas vitales están en lo más hondo del corazón humano y a la larga crean la pobreza material que hay en mi barrio”, explica Gonzalo.
 
Ante estas situaciones, la labor de un sacerdote es “ofrecer la catequesis, la Eucaristía, la belleza de la exposición al Santísimo, y también cuidar la forma de dar la comida, de hablar a la gente, de recibirla y escucharla… Esa es la labor de evangelización: ir de los cuerpos a las almas y de las almas a los cuerpos, para que tengan una esperanza que no tienen, para que se lancen a amar cuando se sientan amados y para que tengan un poco de confianza en Alguien que les entrega todo sin pedir nada a cambio”.
 

Para vivir así en medio de tanta actividad, Gonzalo bebe “de la fuente que es Cristo, porque Él se ocupa de que, aunque no seamos buenos, podamos hacer cosas buenas”. Y cuando puede, “intento dormir un rato, porque duermo muy poco”, sonríe.
 
¿Y qué pasa cuando las cosas no salen, cuando no se ven los frutos, cuando alguien del barrio vuelve a la cárcel o a las andadas? ¿Qué hace un sacerdote ante el fracaso pastoral? “Hay momentos muy duros. Hay muchos fracasos y mucha impotencia. Gestionar la impotencia propia y ajena es uno de los retos más duros para un sacerdote. Hay tanto pecado propio y ajeno que cuando salen las cosas bien eso te evita vanagloriarte, porque todo es gracia; y ayuda también a relativizar los fracasos, por el mismo motivo: todo es gracia. Y cuando pasa algo malo, tienes que buscar el descanso que puede tener cualquier persona: la oración, la familia, una buena película, una comida con un compañero, o simplemente un buen paseo”…, por su barrio, la UVA de Vallecas, donde está entregando la vida.
 

“En la misma plaza de la parroquia hay mucha gente que se consuela con la droga o con el alcohol”, cuenta Gonzalo mientras da una vuelta por los alrededores del templo. Por eso se le ocurrió cuidar de manera especial la fachada, lo primero que ve la gente del barrio al pasar delante de la parroquia: “Yo aquí tengo dos imágenes tras la verja de la entrada. Son importantísimas. Una es la imagen de la Sagrada Familia, porque es muy necesario que en este barrio se revalorice la figura del padre. Y la otra es un Cristo en la Cruz. De noche están iluminadas para que las pueda ver la gente que pasa por la plaza, incluso la cuadrilla que está con el alcohol o la droga. Son como un retablo iluminado en medio de la oscuridad. Un día uno me dijo: “Padre, el Jefe nos está mirando. Nos ha cortado el rollo”. Merece la pena venir a ver esto por la noche”.
 

“Ahora mismo, de las siete personas que nos hemos cruzado, tres han pasado por la cárcel. Muchísimos aquí han pasado por prisión. Por asesinato, por robo, por droga…, y también hay muchos en busca y captura”, cuenta Gonzalo dando un paseo por las calles de la UVA. “Yo estoy todo el día con ellos. Primero busco que estén ocupados, me busco la vida para que tengan algo en lo que trabajar: hacer un armario, pintar, lijar… ¡He pintado la parroquia dos veces en cuatro años, pero al menos los tengo ahí conmigo! [risas]. Se trata de que tengan una ilusión y de que sepan que tienen a alguien a quien poder acudir, aunque recaigan o toquen fondo”, afirma el párroco, que estuvo 26 años como capellán en la cárcel de Alcalá-Meco.


 
En los 60, un vecino regaló a la parroquia un Cristo de la Misericordia, una talla de madera que había realizado en la cárcel donde cumplía condena. “Lo sacamos en procesión todos los años, y muchos que han pasado por la cárcel tienen muy a gala llevarlo a hombros aunque sea un rato –explica Gonzalo–. Es la procesión menos convencional que te puedas encontrar; no hay capirotes ni ornamentos, pero los que están en la plaza viendo al Cristo pasar se levantan para llevarlo ellos por todo el barrio. Es muy impresionante. Un vicario me dijo que no había visto nada más bonito en todo Madrid”.
 

400.000 sacerdotes para 7.000 millones de personas es la estadística del sacerdocio en el mundo. Los galardones Alter Christus se encargan de reconocer su labor. Este año, además de Gonzalo Ruipérez, han sido premiados Bruno Bérchez, por provocar encuentros entre Cristo y los jóvenes como delegado de Juventud de Barcelona; Miguel Garrigós, por su entrega a las familias como delegado de Familia de Toledo; y Nicolás González, por sus casi 50 años como capellán de las carmelitas de la Encarnación de Ávila.