Michel Houellebecq es uno de los escritores más controvertidos pero también leídos de la actualidad. En Francia, sus novelas han provocado tantas ventas como ataques, tras haber sido acusado de islamófobo, motivo por el cual que tiene que ir con escolta, y de misógino y pornógrafo. 

El autor de Sumisión, de Plataforma o de Las partículas elementales mezcla sus obsesiones personales como el sexo, muy presente en sus libros, con la llamada a un Dios al que busca pero no halla, porque en el fondo él mismo no se deja encontrar.

Sin embargo, Houellebecq, autor que se muestra muy crítico con el islam, hace una defensa del catolicismo tras partir de un ateísmo que se ha ido convirtiendo en un agnosticismo e incluso en una angustiosa búsqueda de Dios. Así lo ha dejado caer en sus últimas entrevistas, pese a que su confusión es a día de hoy evidente.


Él mismo lo achaca a una infancia marcada por unos padres que se separaron cuando apenas tenía cinco años y que le abandonaron con sus abuelos. Después su padre se lo llevó para dejarle tirado en la puerta de la casa de su madre, una comunista seguidora del mayo del 68 y de la revolución sexual, que luego se convirtió al islam. Este desarraigo familiar le marcó de por vida, y por ende a su obra. Divorciado tres veces, ha pasado por varias depresiones que le llevaron a pasar temporadas enteras en psiquiátricos.

Para entender su obra, sus fobias y filias, es importante este pasado.


En su novela Sumisión habla de un futuro cercano en Francia en la que gobierna un partido musulmán. Su publicación le provocó numerosas amenazas y acusaciones de islamofobia

Ahora en una entrevista en Spiegel, de la que se hace eco Il Foglio, Houellebecq se muestra fascinado por el despertar del catolicismo en Francia y por la situación del laicismo y el islam en su país. “Solo el catolicismo puede salvar Francia”, afirma este escritor hablando de la  polémica que se generó tras la orden de quitar una cruz de un monumento en honor a San Juan Pablo II.


Houellebecq asegura que “la integración de los musulmanes podría funcionar sólo si el catolicismo se convirtiera en la religión de estado” y lo justifica diciendo que “ocupar el segundo lugar como una minoría respetada en un estado católico es algo que los musulmanes aceptarían mucho más fácilmente que la situación que hay en la actualidad” con el laicismo de estado.

Pero lo que más le llama la atención es el “curioso regreso del catolicismo” en Francia tras décadas de crisis. Resalta el movimiento de la Manif pour Tous. nacido en oposición a la aprobación del matrimonio homosexual y que movilizó a cientos de miles de personas.

“Hay un retorno notable del catolicismo en Francia, y es menos reaccionario de lo que a menudo pensamos. Es apoyado, por los carismáticos”, agrega.

Este no es el único caso de intelectuales y líderes de opinión que estudian este movimiento que en Francia se ha bautizado como “tradismáticos”, por la confluencia de en principio dos fuerzas en principio irreconciliables, los carismáticos y los tradicionalistas, ambas en auténtico auge en Francia.


Para Houellebecq, “las protestas contra el matrimonio homosexual y los derechos de adopción para personas del mismo sexo han sorprendido a la política con su movilización masivas. Nadie lo hubiera pensado posible. Los católicos en Francia han tomado conciencia de su fortaleza. Es como una corriente subterránea que de repente sale a la luz”.

“Para mí, es uno de los momentos más interesantes de la historia reciente”, agrega.


Pese a la conflictiva relación con sus padres, su muerte fue un mazazo que le hizo plantearse la existencia de Dios, y sobre todo la necesidad de creer en algo. “La verdad es que mi ateísmo no salió indemne de la muerte de mis padres y de mi perro Clement”.

En el fondo el problema de Houellebecq es un sentimiento de soledad y un deseo de ser amado que durante su vida lo ha llenado con drogas, sexo y todo tipo de vicios.  Ahora cree que "hay una necesidad real de Dios y que el retorno de lo religioso no es un eslogan sino una realidad, y que está creciendo”.


Siempre entre la provocación y la guerra que existe en su interior, oscila entre el nihilismo y una especie de católico cultural.



“He intentado conectar con la fe y no lo he conseguido. Ese fracaso me convierte en un escritor del nihilismo, del miedo al nihilismo en el sentido nitzscheano”. Porque en el fondo, lo que más miedo le da a este francés nacido en la Isla de la Reunión es el vacío, la nada. Así, en otra ocasión declaraba que “si soy un escritor católico es solo en la medida en que presento el horror de un mundo sin Dios”.

Se presenta así como la antítesis del Nietzsche que veía en la muerte de Dios el paso clave para la liberación del ser humano. Pero Houellebecq asegura que no cree “mucho en Nietzsche. Su oposición de rivalizar con Cristo me parece una locura”.


Esta búsqueda de llenar el vacío que tanto teme le ha llevado a ir a la iglesia. “Tiendo a creer cuando voy a misa, pero apenas salgo, se me pasa. Así que ahora lo evito, porque el bajón es desagradable. Pero la misa en sí misma es muy convincente, es una de las cosas más perfectas que conozco”, confiesa. Y añade que “mejor todavía son los entierros porque ahí se habla mucho de la supervivencia después de la muerte, y con una apariencia de convicción total”.

En el fondo reconoce que quiere creer porque “en realidad la razón no se opone a la fe de una manera tan clara. Si nos fijamos en la comunidad científica, los ateos se cuentan sobre todo entre los biólogos. Los astrónomos, en cambio, son cristianos sin mayor dificultad. Esto tiene una explicación, y es que el universo está bien organizado”. E insiste afirmando que “un matemático no tiene mayor dificultad para creer en Dios; al contrario, trabajar con ecuaciones pega bien con la idea de un orden, y por ende de un creador de orden”.


Por otro lado, el escritor francés habla del comunismo como una “religión falsa” como “un mal sustituto, no una verdadera fe, aunque tuviera su propia liturgia. Una religión es mucho más difícil de destruir que un sistema político. La religión juega un papel clave en la sociedad y en su cohesión, es un motor en la construcción de la comunidad”.

De este modo, añade que la izquierda está “agonizando” y que sus “ideas están muertas” recalcando que “ha perdido su fuerza movilizadora”.

“He visto morir el marxismo. Siempre he dicho que las novelas no pueden cambiar el mundo pero el Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn publicado en 1973 ha cambiado el mundo. El libro fue un rayo de luz en Francia”.