"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, o sediento, y te dimos de beber?" Desde Cristo mismo, y aún antes, en la cultura bíblica, Dios se manifiesta a los hombres a través de los pobres y los itinerantes. 

Esa es la experiencia que vivió el cirujano italiano Giampiero Autiero en el metro de Múnich, en Alemania. Reproducimos su testimonio.


por Giampiero Autiero

Os contaré cómo encontré a Jesús en la persona de un mendigo. Mi nombre es Giampiero Autiero, trabajo en un hospital de Alemania y soy uno de los muchos italianos que han emigrado en busca de una oportunidad laboral.

Al inicio, no fue fácil adaptarse a la cultura alemana. Trabajar en otro idioma, vivir en un apartamento minúsculo, prescindir de toda comodidad, perder el contacto con los amigos de la infancia o renunciar a ver cómo tus padres se hacen mayores son sacrificios que se deben asumir cuando se emigra.

Cinco años más tarde, pese a los momentos de duda, las renuncias y los sacrificios, el balance es muy positivo. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, la infelicidad es el camino a la alegría y la duda es la vía a la verdad.

Abracé la tristeza cuando se me presentó, y ahora soy feliz viviendo de modo estable en Alemania, con mi esposa y mis hijos. No es fácil estar lejos de los seres queridos, de los lugares, olores y sabores de mi infancia napolitana, pero la familia me da siempre el valor y la fuerza para seguir adelante. Además, aquí en Alemania fue donde encontré a Dios. Ocurrió así.


  Giampiero Autiero cuenta cómo sintió que Dios le llamaba a mejorar en su vida de fe, escucha y amor 


Un día, tras haber asistido con unos compañeros a una conferencia en Múnich, tomé el metro. Cuando faltaba sólo una parada para llegar al aeropuerto, donde tomaría el vuelo de regreso a casa, un mendigo vestido con harapos y tambaleándose en medio del vagón se detuvo a mi lado. Mirándome fijamente, me preguntó si podía darle el billete de metro que había usado. A él le permitiría continuar el viaje. Yo, incómodo, se lo negué, y él, con un educado silencio, se alejó respetuosamente.

Al bajar del vagón, lo encontré de nuevo al pie de la escalera que conducía a la superficie. Me repitió la misma petición, y yo me negué de nuevo, aunque ya no iba a necesitar ese billete.


Más adelante, mientras charlaba con mis colegas, me di cuenta de que no llevaba el teléfono móvil. Enseguida, me vino a la memoria la imagen del mendigo. Informé inmediatamente al servicio de vigilancia y acudí a la oficina de objetos perdidos, pero el teléfono no estaba allí.

Con el móvil de un amigo, envié un mensaje a mi teléfono confiando en que quien lo tuviese se pusiera en contacto conmigo. Estaba desesperado: en el teléfono estaban los recuerdos y contactos de todos esos años. Llamé de nuevo a mi número y finalmente respondió una voz amigable: alguien lo había encontrado olvidado en el asiento del metro y me esperaba a tres paradas de allí.

Aun sabiendo que arriesgaba perder el vuelo de regreso a casa, fui al encuentro del desconocido. Se trataba de un joven bien vestido, que me reconoció enseguida. Quise ofrecerle algo de dinero como recompensa, pero no aceptó, sino que me dijo: “Tenga usted mi billete para tomar de nuevo el metro, yo ya no lo necesito”

El corazón se me congeló al oír esas palabras. 

Comprendí qué estúpido había sido antes, negando mi ayuda al prójimo en un momento de dificultad. Había sido arrogante y egoísta. Había tenido la ocasión de ayudar a alguien menos afortunado, y la había desaprovechado, reaccionando con arrogancia y egoísmo. Y ahora otra persona me ayudaba a mí. Me había encontrado con el Señor bajo la piel de un mendigo, y no había sabido servirle.

En otras ocasiones, había ofrecido mi ayuda a personas en dificultad, pero aquella noche fui incapaz. Aquello me hizo reflexionar. 

Mi falta de compasión me sirvió para decidirme a hacer algo más por el Señor y, días después, al pasar por Nápoles, escribí un correo electrónico a la página web del Opus Dei. Un cooperador del Opus Dei se puso en contacto conmigo y me invitó a un retiro espiritual en la residencia Monterone.

(Giampiero Autiero vive hoy con su esposa e hijos en Hamburgo y participa en las actividades del Opus Dei de esta ciudad. Ha publicado su testimonio en la web OpusDei.org)