Son varios los sacerdotes franceses que practican el surf y lo utilizan como ocasión de evangelización, desde el padre René-Sebastien Fournié en el Cantábrico (Biarritz) al padre René-Luc Giran en el Mediterráneo (Montpellier). Cuando este último se fue a Cabo Verde a practicar, no sabía que allí le esperaba el que puede ser un futuro sacerdote para su diócesis, como cuenta Benjamin Coste en Famille Chrétienne:

Con su mirada oscura y profunda, su barba incipiente y el cabello negro azabache ondulado como por la brisa marina, Daniel Esquivel Elizondo (Elizondo en francés significa “quien está cerca de Dios”) tiene el físico de un surfista normal y corriente. Equipado con su tabla y su vela de kitesurf, no llama la atención en esta playa de Montpellier. Solo un detalle atrae nuestra atención: la pequeña Cruz que cuelga de su traje. En septiembre próximo, este mexicano de 37 años entrará en el seminario de Toulouse para la diócesis de Montpellier.


 
Para llegar a Hérault [departamento al que pertenece Montpellier] desde su México natal, el futuro aprendiz de sacerdote ha tenido que surfear numerosas olas. Algunas llevaron y le hicieron avanzar más deprisa. Con otras... se quedó atascado. Con el mar ha mantenido siempre una relación especial. Daniel nació en León, a medio camino entre el océano Pacífico y el océano Atlántico. Guarda un recuerdo “impresionante” de su primer contacto con el elemento marino. “Recuerdo haber adquirido conciencia por primera vez de la profundidad del océano”, explica en un francés perfecto, discretamente modulado por sus orígenes mexicanos. Una experiencia iniciática durante la cual el niño sintió el miedo a lo desconocido y, al mismo tiempo, la llamada a superarlo. “Gracias al mar, viví una auténtica experiencia de superación de mí mismo”.
 
El océano es el destino veraniego de las vacaciones familiares. Al ganar en confianza, Daniel se encamina hacia una perspectiva lúdica del mar. “Pasaba días eneros escrutando a lo lejos, esperando a ola que podría surfear con mi tabla. Me fascinaba”, evoca, ya consciente del poderío de este elemento ambivalente, “tan atrayente como intimidante, tanto una fuerza para la vida como una fuerza para la muerte”.
 
Los estudios de Daniel le conducirán lejos del océano y de México. En septiembre de 2000 planta su equipaje en Grenoble (Francia). Ante las montañas siente el mismo respeto que ante el océano. Por la altura, claro, pero también porque “la Creación está llena de la presencia de Dios”, explica un hombre que ha sido católico desde su infancia, pero al mismo tiempo poco arraigado hasta que leyó el libro de Santa Faustina La divina misericordia, que le permitió “comprender con qué amor era amado”.


“Es el kitesurf el que me condujo a prepararme para el sacerdocio para la diócesis de Montpellier”, bromea Daniel con una gran carcajada, “lo descubrí durante un curso en Bélgica”. Junto con un amigo, se inicia con entusiasmo en esta disciplina “que permite surfear todo el tiempo, sin tener que esperar a una buena ola”.

En 2015, Daniel decide pasar unas vacaciones deportivas en Cabo Verde, uno de los destinos más célebres para esta disciplina, entre los mejores por el viento y los spots para surfear.


 
En la isla conoce a otros kitesurfers. Entre ellos, un sacerdote: el padre René-Luc, autor de Dieu en plein coeur, fundador de la escuela de misión CapMissio… ¡y acreditado kitesurfer! En tono de broma, el sacerdote le lanza con franqueza: “¡Si quieres servir en una diócesis donde se puede practicar el kite, la mía está reclutando!”. Tras pensarlo, Daniel le toma la palabra y traslada sus maletas a Montpellier.


 
Una vez sea ordenado sacerdote diocesano, Daniel quiere sobre todo unirse a hombres y mujeres en su vida cotidiana, y le gustaría hacer del kitesurf “un componente de su futuro ministerio”. Para él es una forma de desmitificar la vida del sacerdote: “Entregar tu vida a Dios no quiere decir renunciar a todo. Ser sacerdote también es poner tus pasiones al servicio del Evangelio”.
 
Gracias al kitesurf, Daniel dice haber progresado en el plano humano: “He aprendido a conocerme mejor, a saber dónde están mis límites. El kite y el mar me han permitido igualmente ganar en coraje, y también en prudencia. A veces, cuando las condiciones del viento son demasiado peligrosas, hay que saber renunciar a meterse en el agua”. Y, simplemente, contemplar la belleza de la Creación: “Dios es tan humilde que se esconde detrás de todo aquello que nos da”.


Este kitesurfer ya ha imaginado una catequesis impartida en torno a esta práctica deportiva: “La vela del kite es nuestra fe. Permite capturar el viento del Espíritu, que nos hace avanzar. Esta vela está unida con cuerdas a una barra que se sujeta a un arnés, que es nuestra esperanza. La barra que sujetamos con las manos es nuestra voluntad: nos permite elegir las grandes orientaciones de nuestra vida. En cuanto a la tabla, es la caridad. Sin ella, nos hundimos en los abismos del egoísmo”.
 
Y, añade, siempre con humor y sentido de la metáfora: “Sin la fe, no se puede practicar kitesurf, sino canoa-kayak. ¿Por qué? ¡Porque uno se pasa el día remando!”.

Traducción de Carmelo López-Arias.