A sus 85 años sor Valentina dirige en la machacada ciudad siria de Homs un centro de ancianos en la que la mayoría de sus usuarios son menores que ella. Pero esta religiosa arrolladora logró incluso impresionar a los soldados de ambos bandos. Se negó a abandonar a todas las personas que estaban a su cuidado y resistió el fuego cruzado ganándose el respeto de todos. Ella asegura que si no tiene miedo a la tuberculosis tampoco lo tiene a la guerra. Vatican Insider publica este reportaje sobre la religiosa siria:

Sor Valentina Sakker, de 1931, es la directora del Centro evangélico para el cuidado de ancianos, fundado en los años ochenta por un sacerdote presbiteriano y del que hoy se ocupan la Orden de las Hermanas católicas del Sagrado Corazón y las Iglesias luteranas. Sor Valentina es la que siempre sirve su agua de rosas y la ofrece a la delegación de la Federación de las Iglesias Evangélicas de Italia (FIEI) que están en misión en Homs. "No dejen de olerla bien", exhorta la monja, "sentirán el aroma del naranjo".  

Atendiendo y sirviendo mientras caían bombas
Sor Valentina no se detiene ni un segundo.
Recoge las flores, poda las magnolias, se ocupa de la cocina, pone la mesa y visita a "sus" pacientes, mucho más jóvenes que ella. A sus 85 años, ni siquiera la guerra la ha frenado. Ha resistido desde 2012 hasta la fecha, atendiendo a los ancianos dentro de la casa de reposo que se encuentra en uno de los frentes más disputados entre los opositores y el régimen sirio, en el barrio de Bob As Sibaa’. 

"Querían [el régimen y los rebeldes] que nos fuéramos, para que pudieran pelearse por este edificio, pero yo les dije que no lo habría abandonado por ninguna razón", dice esbozando una sonrisa. 

En febrero de 2012, cuando todo estaba cerrado y bloqueado, el ejército gubernamental ocupó la escuela que se encuentra al lado de la Casa de reposo, mientras las calles estaban en manos de la Free Syrian Army (FSA). Pocos meses después, en mayo, los enfrentamientos entre el régimen sirio y el FSA se intensificaron y golpearon también el Centro para los ancianos. 

"Sólo hacíamos nuestro deber"
"Una vez, los milicianos entraron al edificio y dispararon un Rpg [lanzamisiles ruso] contra las posiciones del régimen", recuerda. "Entonces el régimen comenzó a disparar contra nuestra estructura y mataron a una hermana. Nosotros no apoyábamos a ninguno, solo hacíamos nuestro deber, sirviendo a los necesitados y a los ancianos", cuenta la monja mientras riega las rosas en el jardín. 

Los huéspedes de la casa de reposo, musulmanes y cristianos sin distinción, eran ocultados en los corredores para protegerlos de los proyectiles de ambos frentes. "Fueron días difíciles, pero algunos ya los olvidaron", dice irónicamente la monja refiriéndose a los enfermos de Alzheimer. 

Hasta los soldados obedecían a esta monja
Y después confiesa con una mueca satisfecha: "Había que conquistarlos a todos para defender a los ancianos y proteger esta casa. Por una parte estaba el ejército que ocupaba la escuela. Por otra estaban los opositores. Si ellos me pedían comida o té, yo se los daba", recuerda la religiosa. "Si necesitaba algo, estos jóvenes musulmanes me ayudaban. Cuando mataron a sor Cristina, yo le ordené al FSA que me trajeran hielo porque no había luz y no había ninguna posibilidad para sepultar los cuerpos, porque afuera seguían disparándose. Teníamos que conservar el cuerpo de alguna manera, y ellos me lo trajeron", dice. 


Así ha quedado Homs tras la guerra

Los duros efectos de la guerra
Sor Valentina es una mujer tenaz en infatigable. Se pasea siempre ocupada de una habitación a otra. Mientras los huéspedes visitan la estructura, ella sube las escaleras, suministra medicinas y vigila los armarios de los fármacos con las enfermeras. "Faltan pañales, medicinas, sillas de ruedas debido al embargo", se lamenta, "pero de alguna manera seguiremos adelante". 

Los siete años de guerra, los crímenes cometidos por ambas partes y el desgarre del tejido social del país que, además de los cientos de miles de muertos y heridos, cuenta con alrededor de 7 millones de refugiados en el extranjero y un número desconocido de desplazados y de desaparecidos (muchísimos jóvenes se refugian el el extranjero para huir del servicio militar obligatorio), opacan terriblemente el futuro de Siria. 

¿Miedo a la guerra?
Y hay que añadir las emergencias que derivan del embargo, que impide la llegada de medicinas, de equipo sanitario, de repuestos y refacciones… Un embargo que, en los hechos, afecta mucho más a la población civil que al gobierno. 

En la capilla de la casa de reposo, católicos y protestantes rezan juntos. "Hemos trabajado y operamos juntos, hombro con hombro, para ayudar al mayor número posible de personas", dice la monja. Y no tiene ninguna duda sobre la guerra: "Soy una enfermera, nunca he tenido miedo cuando he trabajado con los enfermos de tuberculosis: ¿cómo podía tener miedo de la guerra?".