Shane Sullivan hoy es sacerdote de la diócesis de Tuam, en Irlanda, y cuenta la historia de cómo Dios le llamó al sacerdocio para mostrar que Él sigue llamando, aunque muchas personas -como él mismo en su momento- se resistan con cosas que les distraen 

Shane creció en Estados Unidos, hijo de padre irlandés y de madre de familia irlandesa. «Mi madre nos enseñó a rezar y mi padre también rezaba con nosotros. [...] Mirando hacia atrás, veo que mis padres nos transmitieron muchas virtudes naturales».

Hacia los 15 años, el joven Shane tonteaba con el ateísmo. "Fue un ateísmo de adolescente rebelde, cuando tenía 15 años. No era nada serio. Creo que, más que por otra cosa, lo hacía por molestar a mi profesor de religión. Era uno de esos niños de catequesis que daba la lata. Pero, sí, creía, creía. Creía en que existía un Dios, creía que mandó a su hijo Jesús. Creía prácticamente en todo lo que la Iglesia católica nos enseña sobre la fe. El problema era que no lo creía como algo real. No tenía nada que ver con mi vida. No tenía ninguna relación con lo que estaba viviendo. Yo no le veía ningún sentido, no conocía a Dios personalmente. No tenía una fe viva. Era simplemente algo a lo que me había apuntado".


  Shane Sullivan con sus padres, que le transmitieron la fe


Después llegó a la parroquia una sacerdote, el padre Bill Skerich, que avivó su fe. «Se tomó la molestia de hacerse nuestro amigo. Nos llevaba a restaurantes, al cine... Pero, de toda esta amistad, lo más grande que hizo por nosotros fue darnos el ejemplo de ser una persona que de verdad seguía a Jesucristo, y que vivía de manera distinta su discipulado. Y nos animaba a conocer nuestra propia fe, a enamorarnos de ella, y sobre todo a enamorarnos de Dios. En estos años —teníamos 16, 17, 18 años— veía que mis amigos se hacían mejores debido a su relación con este sacerdote joven. Vivían su fe».

Pero Shane no quería ser "tan" cristiano. Tenía miedo de vivir la fe en serio, tenía miedo de dejar las diversiones.  


Pero Dios fue a buscarle cuando tenía unos 17 años... un día que se había saltado el colegio. 

«Un día decidí no ir al colegio. Es una manera extraña de empezar la historia de una vocación, ¿verdad? Era temprano, por la mañana, y no sabía a dónde ir, porque era por la mañana en un pueblo pequeño en América, y estaba solo. Así que pensé: “Pues, ¿por qué no voy a la iglesia? Lo cual fue un pensamiento extraño porque, si te saltas las clases, ¿para qué vas a querer ir a la iglesia? Pero, bueno, me fui a la iglesia. No había misa ni había nada, solo silencio. Tenemos una iglesia muy bonita en mi pueblo. Así que me senté en el banco. Supongo que recé un Ave María o un Padrenuestro. En ese momento no tenía casi ningún tipo de vida de oración».

Cuando salía de la parroquia, vio un cartel que animaba a ir al seminario. El cartel planteaba una pregunta: “Si no eres tú, entonces ¿quién? Y si no es ahora, entonces ¿cuándo?” 

«Mi primera reacción, mi primera respuesta fue: “Me veo haciendo eso”. Pero rápidamente borré ese pensamiento de mi cabeza y pensé, riéndome de mí mismo: “No es posible que eso suceda”. Pero la idea se quedó ahí, la idea de que, en cierta manera, me veía como sacerdote. Y eso se me quedó. Y no me dejaba en paz. Volvía, y volvía».


Un día, estando con su novia, le comentó lo que estaba sintiendo y le preguntó qué le parecía a ella: «Ella me miró con los ojos entrecerrados y me dijo: “¿Me estás preguntando qué es lo que pienso de que me dejes para hacerte sacerdote?” Y pensé: “Ay, he metido la pata”. Después de eso, nuestra relación no duró mucho tiempo. Pero, obviamente, todo estaba dentro del plan de Dios». 

Como la idea de la vocación le perseguía, decidió acabar con ella hablando con el sacerdote encargado de las vocaciones en su diócesis. Shane pensaba que para el sacerdote sería evidente que no tenía vocación y así él se quedaría tranquilo. La sorpresa fue que se hicieron buenos amigos, hasta que un día el sacerdote le invitó a ir a conocer el seminario y los seminaristas. 

«Salí de ahí pensando: “Me encantaría estar aquí”. Los seminaristas eran, a nivel humano, muy divertidos. Eran geniales. Eran hombres llenos de alegría. Y, sin embargo, estaban viviendo el tipo de vida que yo quería vivir. Quería vivir más mi fe, solo que no tenía el coraje para hacerlo, porque estaba todavía metido en esas tonterías, en esa basura en la que estaba viviendo».


Shane decidió entrar en el seminario. Le daba tranquilidad que no le exigían todavía una repuesta total. Entraba para poder reflexionar sobre esa posible llamada. En el seminario "el Señor despertó en mí un celo, una pasión y un deseo por entregarme más, y por estar menos centrado en mí mismo. El Señor me llenó con un amor mucho más grande de lo que nunca en mi vida había conocido". 

Rezando ante el Santísimo en el Seminario, «ahí, de rodillas, tuve una de las experiencias más impactantes de Dios hablando conmigo. No era audible, pero sí muy claro y muy notable en mi corazón. Estaba de rodillas delante del Santísimo y lleno de miedo. Y escuché a Jesús decir en mi corazón: “Si te estoy llamando a ser sacerdote, no te estoy llamado para hacerte infeliz”. Puede ser que esto no suene a algo muy impactante. Obviamente, quizás no te parezca algo nuevo, pero eso es lo que necesitaba escuchar. Dejé de tener miedo en ese momento, y empecé a ver el sacerdocio como algo muy atractivo, algo muy bueno, y algo que yo realmente quería para mí».


  Shane, con sus tres hermanos y sus cuñados, el día de su ordenación sacerdotal


Su consejo para las personas que dudan de explorar su vocación o de entregarse a Dios es: "Sé valiente. No tengas miedo. No tengas miedo de desprenderte de las cosas y de seguir con más fidelidad a Cristo. Aléjate de esas cosas. Cuando sigues a Jesús, la vida no es menos sino más. Hay que alejarse de cualquier cosa que te ate, y seguir a Jesús por completo. Así nunca tendrás remordimientos». Ese es su testimonio, explicado en el programa Cambio de Agujas de HM Televisión