Yósif Zanevskiy tiene 75 años, es bielorruso y es el párroco de la catedral católica de Moscú.
 
Hoy ve con alegría como la fe se vive con libertad y muchos adultos se hacen católicos en su templo. Pero antes no era así. Para poder hacerse sacerdote, él tuvo que salir de la Unión Soviética, casarse por papeles con una amiga, divorciarse y convencer a autoridades suspicaces en Polonia.
 
Luego, como sacerdote de vuelta a la URSS, usó todo tipo de trucos para poder evangelizar, siempre multado y amonestado por dar catequesis a los niños y presionado por los servicios de seguridad. Un día, ya hundido el comunismo, incluso pudo hablar con el funcionario que le perseguía y le multaba.
 
Cuenta su historia a Víctor Jrul en Gaudete.ru, en una detallada entrevista que ofrecemos traducida al español.


 

- Nací en la aldea de Zenévichi [en 1938, nota de ReL], en la región de Grodno, en Bielorrusia. En mi familia éramos ocho hijos, cinco chicos y tres chicas. Yo fui el penúltimo. En una familia tan grande, desde pequeño no soportaba la soledad, me gusta tener gente alrededor. Nuestros terrenos eran extensos (aún antes de los koljoces), de ocho hectáreas, además de las tierras ajenas que trabajábamos. En mi aldea estudié cuatro años, luego, terminé los estudios secundarios en un pueblo más grandes, Litvinki, a tres kilómetros. En verano los niños íbamos al cole caminando, en invierno nos llevaban en trineos. Los padres se preocupaban que tuviéramos todos los libros de textos y cuadernos. Después de la secundaria comencé a trabajar en el koljoz [granja colectiva soviética, nota de ReL].
 

- Nuestra pequeña iglesia parroquial era una capilla de cementerio, mi hermano era sacristán, y yo, a partir de los doce años, monaguillo. Mis primas entraron en la orden de las hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret (С.S.F.N.) y a menudo iba a visitarlas en Grodno. Cuando la capilla castrense de la Virgen de Grodno fue destruida con una explosión en 1961 y el monasterio cerrado, las monjas pasaron a vivir en casas particulares donde guardaban todo los que habían podido salvar del monasterio.
 
Fue entonces cuando por primera vez sentí el deseo de hacerme sacerdote. El párroco apoyaba mis anhelos pero no se imaginaba cómo se podría realizarlos con el poder nuevo comunista. Otros sacerdotes, la mayoría de los cuales ya habían pasado por las cárceles, tampoco sabían dónde podría ir a formarme. Reaccionaban a mis preguntas con recelo, temiendo provocaciones y nuevas persecuciones.
 
Pero entonces, en 1962, tuve un sueño. En el sueño, mi difunta hermana Teresa, que primero había sido monja nazaretana y luego, al cerrarse el monasterio se casó y murió de parto, me contó en detalle qué tendría que hacer para hacerme sacerdote. La idea de mi difunta hermana era así: en Polonia teníamos unos parientes lejanos que tenían a una hija, Galina, con la que podría “registrar matrimonio”, ir a vivir con ella, luego “divorciarme” y quedar a vivir en Polonia donde aún existían posibilidades de hacerse uno sacerdote.
 

- Sí, conté mi sueño al párroco, y le pareció interesante aquella “combinación”. Se puso en contacto con la madre de Galina y le contó todo. Ella aceptó, pero necesitábamos la aceptación de la misma Galina que para una muchacha joven era un asunto más que serio. ¡Casarse ficticiamente para divorciarse luego! ¿Quién se casaría luego con una mujer con semejante biografía?
 
Pero Dios quiso que todo se arreglara: la chica aceptó. Vino de Polonia a nuestra casa. Mi hermano, en un trineo, nos llevó al consejo de la aldea donde registraron nuestra “boda”. No habíamos dicho a nadie que nuestro casamiento era ficticio, en la aldea los vecinos nos felicitaban y se alegraban: “¡Yósif se ha casado!
 
A partir de entonces comencé a tramitar el visado de estancia permanente en Polonia, lo que me llevó casi un año. Metí en un vagón de mercancía un gran cofre que se usaba en las aldeas para guardar ropa,  mi nueva moto, algunos bártulos... Me preparé a conciencia para mi nueva “estancia permanente” y abandoné Grodno. Llegué al pueblo de Chizhev, cerca de Belostok, dejé mis cosas en casa de un primo y en Belostok, con la ayuda de unos familiares, entré a trabajar en una fábrica de recambios.
 
Y sólo luego fui a casa de mi “mujer” que estaba en otro lado de Polonia, no lejos de Szczecin para pedir divorcio en seguida. En Belostok presenté los papeles de divorcio, y cuando el juez me preguntó la causa dije que la mujer no me esperó mientras estuve viajando desde Bielorrusia, que ya tenía a otro hombre.
 
En fin, nos divorciaron. Y quiero recordar con buenas palabras a mi “novia” Galina, que había mostrado tanto valor para contraer un matrimonio ficticio, sabiendo bien que  todo acabaría en un divorcio. Dios le pagó su sacrificio: más tarde se casó muy bien con un hombre digno, tuvieron cuatro hijos y sigue viviendo no lejos de Szczecin hasta hoy día...
 

- Antes que nada, estaba buscando ser sacerdote, pero primero pasé por el monacato. Mientras duraron los trámites de mi divorcio, las monjas encontraron a un sacerdote que tenía que quedar conmigo y guiarme y ayudar a entrar en el seminario. Pasé mucho tiempo en el monasterio de las nazaretanas, pero ese sacerdote nunca llegó.
 
Yo tenía a varios conocidos en el seminario de Varsovia, fui allí, pero todo el mundo recelaba de un chico recién salido de la URSS y sólo me daban las largas. No me extrañaba. Eran unos tiempos de mucha desconfianza.

Visité a los monjes paúles en Częstochowa, a los franciscanos en Niepokalanów, donde me trataron con la misma desconfianza, así que regresé a Belostok sin ningún resultado. Los domingos visitaba una pequeña iglesia del Sagrado Corazón, y le conté al párroco mi deseo de ser monje o sacerdote. Y él me dijo que hacía poco otro chaval había ido a Czerwińsk a ver a los salesianos y le gustó y le aceptaron.
 
Fui a ver a los salesianos el primer día de la Navidad. Fue difícil, no funcionaba el transporte, pero llegué. Me recibió el director, me entrevistó en detalle y dijo: “Ven”. Me dieron de comer, me quedé a dormir. Y al día siguiente volví a Belostok para tramitar mi baja laboral definitiva en la fábrica y comenzar mi nueva vida con los salesianos.
 
Pasé todas las fases de vida de los salesianos: medio año de aspirante, un año de novicio, luego pronuncié los primeros votos monásticos. Me gustaba mucho el ambiente: había mucha juventud, eran todos bulliciosos, alegres. Desde niño me atraían las compañías numerosas, detestaba la soledad. El monasterio de Czerwińsk tenía unas 20 hectáreas de terreno, lo trabajábamos. Aquello era muy divertido: cuando salíamos tantos jóvenes a recoger la cosecha... Además teníamos cerdos, vacas y otros animales.
 

- Durante sus estancias en Polonia, el decano de Grodno, el padre Mijaíl Aranovich, varias veces se dirigió al cardenal Stefan Wyszyński y le dijo algo así: “En Polonia hay bastantes sacerdotes, mientras que en Grodno vamos cortos, aquí en el monasterio de los salesianos tienen ustedes a un chaval de Grodno, hagan que regrese como sacerdote”.
 
El cardenal le pidió al inspector de los salesianos organizar mi formación, ayudarme con la teología y filosofía. Todo se hizo en secreto, me hice chófer del inspector, y así, en los viajes, comencé a estudiar sistemáticamente.
 
Una vez, yo con el inspector salesiano fuimos llamados a las autoridades municipales, y mientras él estuvo ocupado con una conversación, se me acercaron los de los órganos de seguridad polaca y dijeron: “Firma que vas a colaborar con nosotros”. Me negué. Entonces ellos cogieron mi pasaporte soviético con el que podría estar en el extranjero y tacharon mi visado (no tenía nacionalidad polaca) y me dieron 24 horas para abandonar Polonia, añadiendo que sus colegas de la URSS sabrían qué hacer conmigo.
 
Lo conté al inspector salesiano, quien tenía ciertas relaciones en Varsovia. Llamó a alguien poderoso y al final me devolvieron mi pasaporte con el visado restablecido. Los agentes locales se dieron cuenta de que tenía “cobertura” y me dejaron en paz.
 

-Para 1978 ya cursé los estudios de teología y filosofía y estaba listo para ser ordenado. Lo sabían sólo el inspector y su segundo. Me ordenó el secretario del Primado de Polonia, el obispo Dąbrowski, en su capilla privada en la catedral de San Juan Bautista, cerrada desde dentro con llave.
 
A Łódź ya regresé siendo sacerdote, pero no lo podía revelar a nadie. Nada de primeras misas pomposas... Celebraba misas a diario, pero en secreto, junto al inspector en la capilla de Łódź, igual cerrada. Los hermanos salesianos no se imaginaban para qué nos encerrábamos, y yo me apresuré de terminar mis asuntos en Łódź cuanto antes para que mi sacerdocio secreto no se hiciera abierto.
 
En mi habitación había muchas plantas, y las iba regalando. La gente se preguntaba: “¿por qué Yósif reparte sus plantas? ¿Será que deja la orden, no aguantó?” El chófer anterior del inspector también se llamaba Yósif y aquél sí que abandonó la orden.
 

- Sin explicar nada a nadie, aquel mismo año regresé a Grodno, en Bielorrusia. Me dieron cobijo dos hermanas, me empadronaron en su casa y así pude ir a buscar empleo. Gracias a unos contactos (como todo allí en la URSS) pude entrar a trabajar en una fábrica de cervezas. Como tenía que ayudar al decano, el padre Mijaíl Aranovich, cuya iglesia estaba al lado, a menudo abandonaba mi puesto para -a escondidas- confesar en el templo. Mientras tanto, otros chicos trabajaban por mí y se repartían de mi sueldo.
 
Una vez, en 1978, vengo al trabajo y un chico me dice: “Yo le conozco. Ayer usted me confesó”. En el templo teníamos un pasillo oscuro donde estaba el confesionario, así que no había reconocido al chico, pero él, parece, me reconoció la voz. Y en un par de días las viejecitas en el pueblo ya comenzaron a susurrar, que mirad, que hay un sacerdote clandestino...
 
Así que muy pronto lo supo la KGB del lugar. Me llamaron y me preguntaron: “¿Por qué no notificaste que eras un sacerdote?”
 
Dije: “Nadie me ha preguntado nada. He regresado a mi pueblo natal, trabajo. ¿Qué más queréis de mí?”
 
Ellos: “Venga, firma este papel. Vas a recibir una parroquia, nosotros mandamos aquí, lo arreglamos todo”. O sea, justo como en aquel pasaje evangélico donde el diablo le tentaba a Jesús en el desierto: todos los reinos del mundo por una sola inclinación...
 
Me negué diciendo que no iba a firmar ningunos papeles y no iba a tratar con ellos. “Entonces no tendrás nada y no podrás servir de sacerdote”, decían. “Es que no os estoy pidiendo nada, sólo quiero seguir trabajando en la fábrica de cervezas, sois vosotros los que queréis algo de mí...”
 
Una vez el decano, que casi nunca iba a Polonia, obtuvo el visado y fue allí a visitar a sus familiares. Y mientras tanto me encargó celebrar misas en los domingos para los parroquianos de fiar, en un altar lateral. Mientras que en los domingos en el templo se reunía mucha gente, desplegaban el ornato en el altar y rezaban, si no había sacerdote. También lo hacían en otros lugares.
 
Y un domingo las hermanas se me acercan y dicen: “Padre, mucha gente se reunió en la iglesia. ¿Podría usted celebrar una misa en el altar lateral?” Acepto, salgo, desde el altar me vuelvo hacia la gente para decirles “El Señor está con vosotros” y veo detrás de la columna... ¡al encargado regional de los asuntos religiosos! [Nota de ReL: Es decir, un funcionario espía, encargado de acosar y multar las actividades religiosas]. Vaya mala suerte... En aquellos tiempos precisamente aquel encargado decidía si tal o cual sacerdote podía ejercer como tal, emitiendo un certificado. Aquel mismo día, más tarde, las hermanas lo verificaron tres veces si en el templo estaba sólo la gente de fiar. ¡Y otra vez apareció! Nadie supo dónde se escondía, pero así me pilló dos veces haciendo cosas ilegales, desde su punto de vista. Así que mi sacerdocio clandestino estaba a punto de acabar.
 

- Cuando regresó el decano, el encargado lo llamó y preguntó: “¿Por qué le permitiste a Zanevskiy celebrar en el templo? ¿Con qué derecho?” Y él respondía: “¿Quién es Zanevskiy? No le conozco...” Así eran entonces los diálogos con las autoridades.
 
En aquel tiempo en el pueblo de Guerviaty (región de Grodno) había muerto el sacerdote. Era una parroquia complicada: mitad y mitad, los polacos y los lituanos. Y entre las dos comunidades en el mismo templo siempre hubo tensiones. En Lituania había sacerdotes, en Bielorrusia casi no los había, y las autoridades del pueblo temían que los lituanos exigieran un sacerdote de Lituania. Y entonces recordaron que en Grodno estaba un tal Zanievskiy clandestino, o sea, yo. Vinieron a ver al decano y le pidieron enviarme a Guerviaty, para tranquilizar a la gente, que era en vísperas de la Navidad. El decano no quería dejarme marchar, ya era anciano y necesitaba ayuda, así que le dije al encargado que no iría a Guerviaty porque no sabía el lituano. Pero la gente seguía su lucha por el sacerdote, así que tuve que aceptar a ir aunque fuera temporalmente.



El templo de Guerviaty era enorme, más que la catedral de Moscú, neogótico, lleno de gente, pero sin electrificar, todo con velas. De hecho, fue mi primera misa pública, antes todas habían sido clandestinas. Así que ocho días de la Navidad estuve celebrando, y luego tuve que regresar a mi fábrica de cervezas.
 
Mientras que las autoridades, viendo que la gente me había aceptado, apretaron al decano para que me dejara quedar en Guerviaty. Y así, poniendo de condición que me iría si apareciera un sacerdote lituano o que hablara lituano, quedé en Guerviaty. Las autoridades, desde luego, la aceptaron.
 

- Tres años. A pesar de no saber el idioma, mis relaciones con los lituanos fueron buenas. Dos veces al año me venían a multar porque el templo de Guerviaty estaba lleno de niños: monaguillos, en las procesiones, en general los domingos en la misa... No me daba miedo el trabajo con los niños, aunque no estaba permitido.
 
Al cabo de tres años apareció un joven sacerdote lituano, le dieron el certificado para trabajar en Guerviaty, y a mí, me lo retiraron y me ofrecieron una parroquia lejana en una aldea de mala muerte, a donde ni siquiera llegaba el autobús y donde no había ni un solo joven. No querían que llevara el trabajo con los niños. La gente de Guerviaty no quería dejarme marchar. Se tumbaban en la carretera para que mi coche no pasara. Así que abandoné Guerviaty por la noche, a mi manera clandestina.
 
Luego, pasados unos tres meses, una comunidad de Zhuprany (en la región de Grodno), al saber que había un sacerdote disponible, solicitó a las autoridades que llevara su parroquia. Y las autoridades lo permitieron.
 

- No podían sino contar con la gente, temían mucho el descontento popular. En Zhurpany trabajé diez años, y otra vez me volvieron a multar por el trabajo con los jóvenes y niños. Dos veces al año venían, me llamaban ante una comisión, redactaban un protocolo, diciendo que yo era un maleducado, que tenía que reeducarme y votaban si se tenían que multar al sacerdote Zanievskiy. Y levantaban las manos.
 
Y dos mujeres que se confesaban conmigo regularmente me preguntaban con la mirada “¿Qué debemos hacer?” Yo les guiñaba el ojo: “Levantad las manos, no pasa nada, para mí sólo será una multa mientras que vosotras perderéis vuestros empleos.”
 
Una vez al año, reunían a los sacerdotes para llevarles de excursión a un koljoz para demostrar lo bien que iba todo con el poder soviético. Luego hablaba su encargado, que nos amonestaba por nuestras faltas. Normalmente, primero regañaban al anciano padre Aloisio de Ostrovets, luego siempre iba yo.
 
La gente me contaba las historias de las reuniones del Partido Comunista donde los ponentes, incluido el presidente del koljoz, decían que había que echar a Zanevskiy de la ciudad. Mientras tanto, la mamá del presidente, que era buena parroquiana mía, me decía: “No tiene nada en contra de usted, es sólo que le han dado un papel impreso y tiene que leerlo”.
 

- No, pero hubo una anécdota divertida. El plan de las autoridades para echarme del pueblo era así: en Zhuprany yo vivía en una pequeña casita que alquilaba a una koljosiana que residía en otra casa que tenía en una aldea, así que la casucha donde vivía yo el koljoz decidió comprarla a mi arrendadora “para sus asuntos”. Y así un día trajeron a mi casera a la oficina del koljoz y le dijeron: “Te compramos la casita, firma ese documento. Si no, te quitaremos la casa sin más: está situada en el terreno del koljoz, traeremos un bulldozer y la llevaremos por delante”. Cuando yo vine al soviet local, no quisieron hablar conmigo. La casera no firmó nada y se marchó. Ellos vinieron a su casa y la obligaron a firmar los papeles.
 
En seguida la maniobra se supo en el pueblo. Todos comprendieron que de aquel modo intentaban dejarles sin sacerdote. Y la gente se rebeló, querían proteger a su sacerdote.
 
Vinieron unos encargados de Grodno a apaciguar los ánimos, era a final de los ochenta, cuando las autoridades temían conflictos con el pueblo. Y me permitieron seguir viviendo en la casita, aunque estaba claro que no por mucho tiempo. Por eso me encontré una casa vieja semidestruida en un buen terreno al lado de la iglesia que decidí comprarla.
No lo podía comprar tal cual porque no era miembro del koljoz. Y así encontramos a una mujer jubilada que tenía muy buena reputación en el koljoz, para que se lo comprara. Y alguien dijo que el guardabosque tenía una casa semiacabada que si yo la necesitaba, me dejaría llevar gratis todos los materiales.
 
Así que pacté con el presidente sobre el transporte, pedí ayuda a los aldeanos y así, en las fiestas del 1 de mayo, día de los trabajadores, el presidente organizó dos brigadas de voluntarios: una para transportar la casa del guardabosque y la otra, para montarla en el terreno que yo compraba. Por supuesto, si alguien nos hubiera preguntado, el presidente quedaría al margen.
 
Lo supieron los jefes de la región y vinieron a  cargar contra el presidente: “¿Cómo puede ser que un sacerdote está construyendo una casa grande en el terreno de tu koljoz?” A lo que él contestó: “¡Nada de sacerdotes! He visto todos los documentos, es la casa de una koljosiana jubilada”.
 
Así que el asunto llegó hasta la capital, a Minsk. Me llamó el ministro de la religión, o no me acuerdo cómo se llamaba su cargo, un tal Zalevskiy, y se puso a chillar: “¡Nunca podrás trabajar de sacerdote! ¡No te permitiremos! ¡No tendrás ningún trabajo!” Yo le contesté que ningún trabajo me asustaba, podría trabajar en el koljoz. Dijo que no me querían en su koljoz. Le prometí encontrar trabajo en Vilnius, a donde iban los autobuses... En fin, los dos levantamos la voz.
 
Cuando regresé de Minsk, compré la casa ya acabada y el terreno a mi nombre, para que los de koljoz no me pudieran echar legalmente. Dos días después vinieron los encargados de Grodno para reñir al presidente: “¿Cómo has permitido que la casa fuera vendida al sacerdote?” E igual a la mujer jubilada... Ella les dijo: “Necesitaba dinero, así que, si el koljoz no compra, lo ofrezco al sacerdote. Me da igual quién me paga”. Y entonces comprendieron que ya no podían echarme de mi propia casa.
 
Y luego vino la perestroika.
 
Un día, ya en los tiempos de la perestroika, en Grodno, en una tienda me encontré con el ex viceencargado de los asuntos religiosos que solía visitar mi templo en Pascua y Navidad y solía redactar las actas de nuestras irregularidades. Él mismo me llamó:
 
– Yósif Ivánovich, ¿qué tal?
 
Dije que gracias, bien, trabajando. Pero él no quería dejarme.

– A menudo le visitamos, me gustaba mucho el ambiente de su parroquia, tantos niños...-dijo él.
 
Entonces yo ya no pude contenerme y le pregunté:
 
– Entonces, ¿por qué me perseguía?

Perdone, era mi trabajo, tenía que rendir cuentas ante mis jefes, pero me gustaba mucho visitar su iglesia...
 

- Dejaron de venir a controlarnos, ya no me regañaban por el trabajo con los niños. Simplemente nos dejaban trabajar con normalidad, nadie nos molestaba. Era más, apareció la posibilidad de recuperar los templos.
 
En Oshmiany, desde hacía décadas que la iglesia católica había sido convertida en una fábrica militar, poco a poco recuperamos el templo, primero la nave izquierda, donde nos reuníamos para rezar. Allí había un muro de cristal, y los empleados de la fábrica, cuando celebrábamos misa y levantábamos a Jesús Sacramentado, se ponían de rodillas (allí la mayoría de la población eran católicos). Al final nos devolvieron todo el edificio y pudimos restaurarlo.
En todos los lugares donde trabajaba, yo podía ayudar, porque era bielorruso. Los sacerdotes polacos lo tenían más difícil, les costaba tratar con las autoridades: por el idioma y por la mentalidad.
 
Luego el papa Juan Pablo II envió a un obispo a Bielorrusia,  Tadeusz Kondrusiewicz, que le había conocido cuando aún fue seminarista en Kaunas. Los salesianos le propusieron al nuevo obispo llevar diez parroquias en la región de Grodno  - tantos sacerdotes había en Polonia dispuestos a ir a trabajar en el oeste. El Arzobispo me dijo: “Toma cuantas quieras. Sólo dame sacerdotes, que hay demasiado trabajo”.
 
Fuimos por todas partes abriendo parroquias... Y en 1991 el arzobispo Tadeusz Kondrusiewicz me llamó a Moscú. Les había escrito una carta a mis superiores de la orden, y ellos aceptaron. La despedida con Zhurpany fue difícil. La gente estaba decepcionada: al cabo de diez años les quitaban a su sacerdote. Les dije que sólo me iba por un año, pero resultó que para 25...
 

- Primero el arzobispo me envió a Saratov para organizar allí una parroquia. Yluego me dijo: “En Bielorrusia te salía bien recuperar iglesias. ¿Y si te pongo como párroco de la iglesia de la calle Málaya Gruzínskaya de Moscú? A lo mejor la podremos recuperar algún día...” Acepté. Era el 15 de julio de 1991.
 
Cuando vine a Moscú, los sacerdotes procuraban vivir cerca de la iglesia de San Luis, la única que funcionaba. Una parroquiana, Stanislava, me alquiló una habitación en su pisito diminuto: ella misma dormía en una cama plegable en la cocina. La primera misa, en las escaleras de la iglesia, en la fiesta de 8 de diciembre de 1990 celebró el sacerdote Tadeusz Pikus. Trabajó mucho para reunir la comunidad parroquial.
 
El proceso de la recuperación del templo fue arduo. Hubo muchas cartas, reuniones, conversaciones, el arzobispo y yo visitamos un sinfín de oficinas y despachos, incluido el del vicealcalde de Moscú, Muzikántskiy, que nos mostraba algo de apoyo. Luego se hizo prefecto del distrito central de Moscú y precisamente por su iniciativa se instalaron las luces nocturnas que ahora tanto adornan la catedral.


 Foto de inicios de los 90, de la catedral católica de Moscú aún ocupada por una empresa y el cartel de "devolvednos el templo" colgado en la fachada

Hubo promesas, pero la cosa no cambiaba. Entonces nos reuníamos más a menudo en las escaleras del templo para rezar, rodeábamos el edificio con unas procesiones, pusimos una gran transparencia en la fachada: “¡Devolvednos el templo!”. Incluso el arzobispo ordenó a un sacerdote en las escaleras, aquel sacerdote quería trabajar en Rusia, pero ahora está en Polonia.
 
El camarada Afanásiev,  director de la empresa estatal “Mospetspromproyekt” que ocupaba el edificio del templo, no quería desalojarlo porque subarrendaba mucho espacio y cobraba mucho dinero. Las autoridades capitalinas le ofrecían varias opciones para trasladar su entidad, pero las negaba todas alargando mucho el proceso de la recuperación de la iglesia.
 
Cuando vimos que no se iría por las buenas, comenzamos con algunas actividades para demostrar que los católicos existíamos, que teníamos una comunidad, una parroquia, que necesitábamos el templo. Me mantenía al margen, porque cuando venía la policía, la primera pregunta siempre era: “¿Dónde está el párroco?” “No sabemos”, contestaba la gente y añadían que era su templo, que tenían todos los derechos, etc. A veces la cosa llegó a más...
 
Ya había seminaristas. Ellos estudiaban en unas casetas adyacentes al templo y nos ayudaban a desmontar tabiques, sacar mobiliario y basura. Los tabiques eran de escoria prensada, así que los seminaristas, de color negro como mineros, atravesaban paredes... Eran unos tiempos difíciles pero llenos de entusiasmo.
 
Entramos al cuarto piso por unas escaleras laterales. Allí había una sala de conferencias, donde celebramos misa. Vino la policía. Mientras rezábamos, ellos nos echaban vistazos, pero sin molestar, esperando que acabáramos. Luego dijeron que nos devolverían el templo pero a su ritmo, que guardábamos calma...
 
Pero no nos devolvían el templo, así que después de misa destruimos un tabique en la planta baja y con una procesión salimos a otras estancias. Vinieron muchos policías. Don Bernardo, el rector del seminario, había invitado la televisión italiana. Ellos filmaron como los policías empujaban y pegaban garrotazos a don Bernardo. Yo llamé a la embajada polaca porque los policías habían detenido a algunos ciudadanos polacos.

Hubo mucho barullo: tanto presumir de democracia pero no devolvían un templo a los católicos y además les pegaban...
 
Después de aquel incidente el alcalde de Moscú firmó los documentos que confirmaban nuestros derechos al templo.

Mientras tanto, la empresa no se molestaba en trasladarse, aunque ya tenía a dónde mudarse, todos sabíamos su nueva dirección. Y entonces organizamos un acto más: Había pactado con las empresas polacas, que entonces eran numerosas en Moscú, para que nos ayudaran con el transporte. Los parroquianos ayudaron a cargar todos los bienes de la empresa, los llevaron a su nueva dirección y descargaron allí. Le ayudamos al camarada Afanásiev a realizar su mudanza.
 
Cuando recuperamos todo el edificio de la catedral, comenzamos la reforma. La llevó en su mayoría el padre Andrzej Steckiewicz, así que yo, por fin, pude dedicarme a la pastoral.
 



- No tengo sueños. A donde me manden, allí trabajaré, ayudaré, lo que sea necesario. No quiero cargos altos, ya vale, hay sacerdotes más jóvenes. Si me dejan aquí, me quedaré aquí. Me acostumbro rápido a los sitios nuevos, si me mandan a otra parte, espero trabajar allí con normalidad.
 

- Hablé con el inspector, y quiere que siga aquí. A lo mejor, cambiará mi círculo de responsabilidades, ya lo veremos. Es necesaria una nueva energía, lo veo: es una parroquia enorme, mucha gente...
 

- Hubo muchas alegrías. La entronización del obispo, la bendición del templo... Me alegra ver cómo se desarrolla la parroquia, que aumenta el número de los parroquianos. Siempre alguien está rezando, cada año de 100 a 120 adultos se unen a la Iglesia Católica. Me alegra que los padres que juegan con sus hijos en el patio de la catedral por su iniciativa montaran un parque infantil (aunque luego nos multasen por no corresponder el parque a las normas de la seguridad...).
 
Me alegra que los niños que por curiosidad entran en el templo luego regresen con sus padres. Tenemos muchas familias en la parroquia a las que Dios llamó a la iglesia a través de sus hijos. Una abuela, ya atada por la enfermedad a la cama, al ver que su nieto se hizo católico, también lo quiso, y una monja fue a su casa a prepararla al bautismo. Un monaguillo trajo a su padre, un científico de renombre, ahora toda la familia viene a las misas dominicales. Para mí todo eso es una gran alegría.
 
(Fotos de Olga Jrul y del archivo del periódico Svet Evangeliya; una versión original de la entrevista se publicó en polaco en el portal “Polonia Christiana”, tomado de Gaudete.ru, con traducción del ruso al español por Tatiana Fedótova)