El Papa Francisco, en su misa en Morelia (México) el 16 de febrero de 2016, ante 2.000 sacerdotes, consagrados y religiosas, ha puesto como ejemplo de clérigo al obispo misionero español Michoacán en siglo XVI, Vasco de Quiroga, a quien los indios llamaban Tata Vasco. Francisco, de hecho, celebró la misa con el báculo del popular obispo.

Aunque el Papa Francisco ha recorrido ya varios países hispanos y le gusta hablar de "hacer memoria" no suele dedicar discursos elogiosos a los misioneros españoles de siglos antiguos, con la excepción del sermón que dedicó a San Junípero Serra en EEUU. Ahora Tata Vasco se suma a este "club selecto" de figuras españolas en América que Francisco ensalza. Estas fueron sus palabras.




»En este hacer memoria, no podemos saltearnos a alguien que amó tanto este lugar que se hizo hijo de esta tierra. A alguien que supo decir de sí mismo: «Me arrancaron de la magistratura y me pusieron en el timón del sacerdocio, por mérito de mis pecados. A mí, inútil y enteramente inhábil para la ejecución de tan grande empresa; a mí, que no sabía manejar el remo, me eligieron primer Obispo de Michoacán» (Vasco Vázquez de Quiroga, Carta pastoral, 1554). Agradezco, paréntesis, al Señor Cardenal Arzobispo que haya querido que se celebrase esta Eucaristía con el báculo de este hombre y el cáliz de él.

»Con ustedes quiero hacer memoria de este evangelizador, conocido también como Tata Vasco, como «el español que se hizo indio». La realidad que vivían los indios Purhépechas descritos por él como «vendidos, vejados y vagabundos por los mercados, recogiendo las arrebañaduras tiradas por los suelos», lejos de llevarlo a la tentación y de la acedia de la resignación, movió su fe, movió su vida, movió su compasión y lo impulsó a realizar diversas propuestas que fuesen de «respiro» ante esta realidad tan paralizante e injusta.

»El dolor del sufrimiento de sus hermanos se hizo oración y la oración se hizo respuesta. Y eso le ganó el nombre entre los indios del «Tata Vasco», que en lengua purhépecha significa: Papá. Padre, papá, tata, abba. Esa es la oración, esa es la expresión a la que Jesús nos invitó.




Como explica un detallado artículo en ForumLibertas del que nos hacemos eco, Vasco de Quiroga (14701565) nació en la abulense localidad de Madrigal de las Altas Torres. Por tanto compartía lugar de nacimiento con la Reina Isabel la Católica, verdadera impulsora del carácter evangelizador de la conquista de América. Jurista de prestigio, Vasco llegó a representar a la corona española en el tratado de paz que se firmó con el norteafricano rey de Tremecén.

Muy interesado en la aventura hispana de “las Indias”, ocupaba un alto cargo en la Cancillería Real de Valladolid cuando le llegó la carta que cambiaría su vida. La reina Isabel, esposa del Emperador Carlos V, le pedía en la misiva que accediera a formar parte de la Audiencia que iba a partir en breve hacia la Nueva España.

Desde el control absoluto de los dineros públicos, hasta el intento de esclavizar indios, pasando por robos a mansalva, todo indicaba que en México había que empezar prácticamente de cero. Aquello no sólo no aminaló al abulense, sino que vio en esas circunstancias la posibilidad de llevar a cabo sus sueños de levantar de la nada una auténtica sociedad indígena cristiana, inspirado en la literatura utópica europea, y en la Biblia. 


El obispo, de rojo, junto a la palabra "Utopía" y la figura de Santo Tomás Moro; ladrillos, misiones y máquinas de hilar representan su esfuerzo edificador 

El 14 de agosto de 1531, escribe al Consejo de Indias pidiendo permiso para organizar pueblos de indios cristianos. Sin esperar siquiera respuesta, y comprando con su dinero un terreno a dos leguas de la capital, fundó el que sería su primer pueblo-hospital indígena.


Los pueblos hospitales eran al mismo tiempo pueblos para vivir, hospitales y escuelas, centros de instrucción misional, artesanal y agraria, y también albergues para viajeros. De Quiroga construyó un Oratorio frente a aquel primer pueblo para estar cerca de los indios. Quiso integrarse totalmente entre aquellas gentes y para ello estudió su idioma, el náhuatl.

Ese modelo de inculturización habría de repetirse en futuras fundaciones, en las cuales los sacerdotes estudiaban el lenguaje de los indígenas a la vez que estos aprendían español. En no pocas ocasiones, los hijos de los españoles compartieron escuela con los niños indígenas.

Santa Fe, que así se llamó aquel pueblo, prosperó grandemente y llegó a contar con 30.000 habitantes. Miles de indios se bautizaron y pasaron a llevar una vida cristiana que llamaba la atención a muchos de sus compatriotas. Fue el principio de una obra que, basándose en el ideal evangélico de la primera comunidad cristiana de Jerusalén y en la Utopía de Santo Tomás Moro, al que Vasco había leído con sumo interés.




Contando con 63 años, Vasco de Quiroga fue a Michoacán para intentar apaciguar aquella región. La necia actuación de gobernadores predecesores que sin necesidad alguna habían arrasado militarmente aquellos pagos, provocó que los indígenas no quisieran saber nada ni de los españoles ni de su religión. Por eso, cuando Vasco se presentó allá asegurándoles que la Corona española detestaba lo ocurrido y pensaba castigar a los culpables, la sorpresa fue grande.

Pero Vasco no sólo quería ganarles para España sino, sobre todo, para la Jerusalén celestial. Y así, en uno de sus discursos les dijo:

«Sólamente tengo amor y afecto para con la nación indígena. Los mexicanos que vienen en mi compañía pueden testificar de esto y deciros cómo miles de personas viven en la actualidad felices en poblaciones que yo he edificado para ellos. Lo que hice en Santa Fe, deseo hacerlo aquí también. Pero necesito vuestra cooperación. Vuestra práctica de tomar varias esposas debe desaparecer. Debéis aprender a vivir felices con una sola mujer que os sea fiel, de la misma manera que vosotros le seáis fieles a ella. Debéis también renunciar a vuestros ídolos y adorar al único verdadero Dios. Esas informes masas que vosotros habéis fabricado con vuestras propias manos no pueden protegeros. No pueden protegerse ni a sí mismas. Traédmelas, de manera que yo pueda destruirlas y al mismo tiempo libertaros de las cadenas con que el demonio, príncipe de la mentira, os tiene atados» . [R. Aguayo Spencer, Don Vasco de Quiroga. Documentos 46-47: +Callens 63-65).]

En menos de 4 años, Vasco de Quiroga logró, sin derramamiento de sangre, la plena pacificación de aquella región mexicana. Y antes de regresar a la capital fundó el poblado-hospital de Santa Fe de la Laguna.



No es de extrañar que cuando se pensó en establecer una diócesis en Michoacán, el obispo Zumárraga sugiriera el nombre de Vasco de Quiroga como candidato a sentarse como sucesor de los apóstoles en esa nueva sede episcopal. Carlos V le propone el nombramiento al Papa Pablo III, quien accede con gusto a pesar de que De Quiroga era seglar. En un breve periodo de tiempo, don Vasco recibe las órdenes menores y mayores. En diciembre de 1538 es consagrado obispo por Monseñor Zumárraga y al poco partió para la que iba a ser su diócesis hasta su muerte.

Tata Vasco, como aún le llaman los indígenas, organizó a las comunidades de la región en actividades específicas: lacas, cueros, trabajo del cobre, herrería, alfarería, tejidos, bateas… Entrenó a las comunidades en estos oficios.

Siendo obispo introdujo el cultivo del plátano en la zona e impulsó la creación de la actividad ganadera de la región con ganado equino, porcino y lanar.

Como obispo, Vasco de Quiroga se dedicó a fundar pueblos cristianos, sobre todo en la parte oriental de la diócesis. Tal fue su fecundidad en esa tarea que años después de su muerte, su sucesor el obispo Juan de Medina afirmaba que apenas había una villa con veinte o treinta casas que no contara con su hospital.

Su obra perduró hasta mucho tiempo después de su muerte, la cual acaeció siendo ya bastante anciano. Murió rodeado del amor de su pueblo, como auténtico apóstol de Cristo para América. Para actuales generaciones de cristianos puede ser un modelo a seguir, como laico, sacerdote u obispo... como ha indicado el Papa Francisco en su misa en Michoacán.