A veces, Lewis Hamilton tiene falsos aires de Ayrton Senna, sobre todo en estilo de conducción, en su lado a veces intrépido y en su fe, que no esconde.

En las carreras lleva un crucifijo al cuello, que toma antes de tomar el volante de su monoplaza, y reza antes del Grand Prix, el premio crucial de la temporada.

En sus brazos, también lo reflejan imponentes tatuajes: un crucifijo, Jesús, la Virgen María,…

“Mi fe es muy importante para mí”, confiesa el ahora doble campeón del mundo, que acaba de comenzar la temporada 2015 de Fórmula 1 con una victoria frente a su compañero de equipo.

El año pasado, en el Grand Prix de Shangai, se le podía ver con una camiseta negra en la que aparecía la corona de espinas de Cristo en la cruz.


En 2012, el joven campeón declaró a la BBC: “Hay que mantener la esperanza, creer que hay un plan. Creo que Dios tiene un plan para mí, pero no sé cuál”.

“Creo realmente que mi talento es un don de Dios y estoy convencido de ser bendecido. Pero también he trabajado mucho para llegar a donde estoy”, afirmó hace unos años.



Realmente su trabajo no es algo de un día: a los 9 años no lo dudó y fue a ver al legendario Ron Dennis, entonces patrón del equipo McLaren, para pedirle un autógrafo… ¡y un volante!

“Buenos días, yo soy Lewis Hamilton y he ganado el campeonato de Inglaterra. Un día me gustaría pilotar uno de sus coches”, le dijo. Ron Dennis le recomendó llamarle cuando creciera.

Pero cuatro años después, el joven prodigio del volante estaba integrado en las filas de desarrollo de este prestigioso equipo de Fórmula 1. Un récord de precocidad en la disciplina, y una apuesta de éxito: en 2008, recogió su primer título mundial bajo los colores de McLaren.

Piloto y embajador de marcas de lujo y deportivas, Lewis Hamilton es también un hijo y un hermano atento.


El piloto, nacido y criado en Stevenage, en Gran Bretaña, fue bautizado a los dos años. “Siempre he sido practicante y soy católico”, explicó hace unos meses en Alemania, en una entrevista al periódico español El País.

“Cuando era pequeño, íbamos cada semana a la iglesia. Pero cuando empecé la competición, ya no podía, porque tenía carreras”,explica.

“Yo, mis padres, mi familia, todos somos muy creyentes–añade-. Siento mi fe como algo muy cercano, especialmente estos dos últimos años, por eso hablo de ello con tanta libertad”.




Fiel a su fe, a su educación y a su familia, Lewis Hamilton se instaló en Suiza, más por razones fiscales que por el clima, pero trabaja día a día con sus padres: su padre es su agente, su madre gestiona toda la logística inherente a una vida de campeón de Fórmula 1.

“Mi familia desempeña una función crucial en mi vida –confirma-. Me ayuda, me cuida, y me libera de una parte del peso generado por el hecho de ser piloto de Fórmula 1”.

Pero es también junto a su hermano pequeño, Nicholas, como el joven campeón tiene apoyo y energía: nacido con una parálisis cerebral que le ha dejado secuelas, sigue siendo su fuente de inspiración, como él mismo reconoce.

“Es una de las mejores personas que conozco, y creo que todo el mundo en el universo de la Fórmula 1 reconoce que es alguien increíble–dice-. Es maravilloso, muy maduro para su edad; me enseña muchas cosas, aunque yo soy el hermano mayor y en principio debería ser al revés…”.

¿Es Lewis Hamilton un campeón del mundo de Fórmula 1 dotado de un verdadero suplemento de alma en este mundillo hecho de ego, gloria y dinero?