Álvaro y Mayte son farmacéuticos. Él trabajaba en una multinacional en consultoría y ella en una oficina de farmacia. Desde hace unos meses trabajan en el Hospital Monkole, en Congo. Están casados desde hace tres años y tienen al pequeño Álvaro, de 19 meses. Son supernumerarios del Opus Dei. Ésta no es la historia de una huida de la crisis económica sino una carrera directa a ella.

El hospital Monkole, obra corporativa del Opus Dei, lleva 24 años en funcionamiento, pero está en plena ampliación; por eso, sus responsables buscaban a alguien de fuera del país para ocupar el puesto de director general adjunto. “Pensaron que mi perfil podría encajar –explica Álvaro–; además, querían cubrir un nuevo puesto en el servicio de farmacia y Mayte era la persona idónea”.

Lo primero que se te viene a la cabeza cuando te plantean algo así y tienes un niño pequeño es cambio, enfermedad, pobreza absoluta, subdesarrollo y caos –añade Mayte. Lo segundo, que como fieles de la Obra tenemos la responsabilidad de colaborar junto a otros que están allí. Nos daba respeto el tema de las enfermedades tropicales pero, como todo en la vida depende de los planes de Dios, decidimos abandonarnos en Él y tener prudencia para evitarlas. Vivir con miedos te impide hacer muchas cosas en la vida. Somos jóvenes, nuestro hijo todavía no tiene edad escolar y pensamos que nos podríamos adaptar a las diferencias del país. Así que dijimos: Dios sabe más. Nos vamos”.



Álvaro lleva aquí nueve meses y su hijo y Mayte, cinco. Él vino antes porque urgía cubrir su puesto en el hospital y Mayte tuvo que esperar con el niño, en Madrid, a que cumpliera doce meses para vacunarlo de la fiebre amarilla y tomar la medicación profiláctica contra la malaria. En marzo del año pasado vinieron a conocer la ciudad y el hospital. “La verdad es que si hubiéramos estado solos nos habríamos lanzado desde el primer momento pero con un bebé de meses, lo más prudente era tomar una decisión ‘in situ’. Yo vine un poco reacia, pero cuando conocimos a los congoleños, la labor que se hace en Monkole y todas las iniciativas de la Obra en el país, nos dimos cuenta de que este era ‘nuestro sitio”.

Álvaro y Mayte sabían que Monkole era una iniciativa impulsada por el beato Álvaro del Portillo, que empezó con dos camas en 1991 y hoy es un hospital de referencia de una zona de salud de 350.000 habitantes, que recibe más de 80.000 visitas al año. En Madrid existe la asociación “Amigos de Monkole” que organiza eventos solidarios para recaudar fondos destinados a proyectos del hospital.

Ellos asistieron en varias ocasiones sin sospechar que sería su futuro destino. Su filosofía -ofrecer al paciente una asistencia sanitaria basada en el respeto de la dignidad de la persona humana, sea cual sea su condición social y económica- es lo que más les atrajo. “Además en Monkole hay muy buen ambiente de trabajo, un equipo muy bien formado y todo el mundo se conoce. ¡Somos una gran familia de 350 personas!”, cuenta Mayte.



La República Democrática de Congo está saliendo de una guerra que ha durado casi quince años en la región Este del país (1996-2011). Aún hoy sigue habiendo algunos focos. Las heridas están presentes: pobreza, enfermedades, tasas elevadas de paro, infraestructuras muy precarias. El acceso al agua potable es difícil y la red eléctrica un desastre. “La gente en Congo más que vivir, sobrevive –resume Álvaro.

El país es grande -cuatro veces España- y está en plena reconstrucción: escuelas de primaria y secundaria, hospitales inaugurados por el Estado, reducción de la tasa de inflación, dinamización del sector bancario, disminución de la deuda extranjera, lento crecimiento de la clase media, presencia más fuerte de la mujer en las universidades y en las empresas, organización de eventos internacionales, asociaciones para la promoción de la familia, etc. Es una joven democracia y se preparan para sus elecciones presidenciales en 2016. Serán las cuartas de toda su historia. “En mi opinión, la clave del autodesarrollo se encuentra en la educación. África tiene un gran futuro por delante porque prácticamente está todo por hacer, pero necesita un fuerte trabajo de base de las nuevas generaciones”.

“Respecto a las enfermedades y brotes epidémicos –continúa-, Congo es el país donde se detectó el primer brote de ébola en 1976. En la capital no ha habido casos en la última epidemia de África Occidental sobre todo gracias a la experiencia que el país ha adquirido en su lucha contra la enfermedad en estos últimos años. Desafortunadamente, las tasas del VIH siguen altas (5%). En Monkole tenemos una unidad de tratamientos de pacientes infecciosos –principalmente VIH y tuberculosis– donde atendemos un gran número de casos gracias a la ayuda de colaboradores extranjeros. Los tratamientos antirretrovirales son muy caros y los pacientes no pueden costeárselos”.

Cuando ves la gran labor hecha -un gran hospital, escuelas de formación de enfermeras, centros de formación de agricultores, centros de investigación bio-sanitaria, centros culturales, clubes juveniles- y la dificultad de poner las cosas en marcha, te das cuenta que todo esto sale adelante porque Dios quiere, con el trabajo de gente alegre y tenaz, como el Abbé Hervás y el doctor Juan Bautista Juste, que fueron los que empezaron el trabajo de la Obra en la República Democrática del Congo en 1982. La ayuda que se presta aquí es sobre todo espiritual. La falta de medios, la extrema pobreza y la enfermedad crean vacío y necesidad de Dios. Lo más importante es quererles y acompañarles ante las dificultades”.

En el campo socio-sanitario, la Iglesia ha hecho grandes aportaciones con la vida entregada de misioneras y misioneros que han pasado guerras, persecuciones y hambrunas y siguen en pie acogiendo en sus centros a la población. Estas acciones son muy valoradas por los africanos. La labor del Opus Dei allí procura sumar al conjunto.

“Mi experiencia –asegura Mayte- es que la Obra es exactamente igual aquí que en España. El espíritu y los medios de formación son los mismos. En Congo les atrae muchísimo el espíritu de la Obra, porque ven alegría, unión, cuidado de las cosas, etc. Un día, un paciente nos contó que cuando pasó por el edificio de Monkole pensó ‘este hospital es de ricos’ y cuando vio que entraban indigentes y se informó de la atención que ofrecía se quedó entusiasmado. No están acostumbrados a ver un edificio limpio donde la gente es amable y acogedora, piensan que no tienen derecho a esto”.

“Hay que explicarles que Monkole es para todos. Además, le tienen mucha devoción al beato Álvaro del Portillo porque saben que hizo mucho por África y le están muy agradecidos. A su beatificación acudió un grupo muy numeroso a pesar de las dificultades para financiarlo”.

La clave del progreso no es imponer, tutelar ni sustituir, sino ayudar a los africanos a sacar adelante su sociedad. “Se necesitan personas perseverantes que sepan mantener lo creado por ellos mismos. Con esta idea, varias personas de la Obra de Kinshasa han puesto en marcha desde hace unos años un par de colegios de educación primaria y desde hace más años, las mujeres han ido desarrollado centros de formación para la mujer africana: un centro de formación de enfermeras, el ISSI, y un centro de formación en hostelería, Liceo de Kimbondo, etc.”, concluye.



“Los congoleños son alegres, sencillos, familiares y acogedores. En Europa nos creamos muchas necesidades y vivimos en una continua proyección hacia el futuro, todo está medido y planificado. Aquí aprendes a vivir al día y hasta una simple barra de pan te hace feliz. África te cambia la percepción de todo. Hemos aprendido a disfrutar cada momento y tenemos más tiempo para dedicarlo a la familia y a nuestros nuevos amigos congoleños”.

Después del tiempo vivido en el Congo, Álvaro y Mayte se han dado cuenta de que la ayuda que tienen que proporcionar los países desarrollados a África es transmitirles su experiencia y acompañarles en el desarrollo de sus países. “Es importante hacer hincapié en la acción de acompañamiento porque muchas veces el hombre de Occidente viene, ejecuta, hace caja y se va, y eso significa dejar un arma de doble filo a alguien que no sabe cómo utilizarla”. “Si queremos que nuestra ayuda sea eficaz, tenemos que comprometernos con proyectos cuyo objetivo esté orientado al desarrollo de la población africana”, explica Álvaro.

Y aunque todavía quede mucho tiempo para volver, los dos anticipan su legado y su consejo para todo tipo de espíritus: “A los jóvenes con inquietud por ayudar les diríamos que busquen actividades en su día a día con las que puedan dar un mejor servicio a los que están a su alrededor. Si quieren involucrarse en proyectos de cooperación, que no duden en hacerlo y que se comprometan y sean pacientes y perseverantes".

"A la gente acomodada -señalan-, que no tenga miedo de salir de su área de confort, que fuera de ella hay mucha gente que les necesita; que no tengan miedo de dar un giro a sus carreras y dedicarse a facilitar a otras personas mejores condiciones de vida aunque las condiciones materiales no sean las esperadas. Y a los que viven en una profunda crisis, que las penas son pasajeras y que Dios siempre sabe más. A todos les diríamos que lo único verdaderamente importante en la vida son las personas: quererlas, respetarlas y conseguir que se vayan al Cielo contigo”.