Al igual que a millones de personas en todo el mundo, la pandemia de coronavirus ha dado un vuelco en la vida de Thibaud Perruchot, un joven seminarista de 30 años de los Misioneros de la Divina Misericordia y cuya misión es la nueva evangelización, especialmente entre los musulmanes.

Este seminarista de una orden de reciente creación, cuyos patronos son Santa Faustina Kowalska y el beato Carlos de Foucald, ha decidido hacer temporalmente un parón en su formación espiritual para ayudar físicamente a los enfermos de coronavirus.

Y es que este joven seminarista al igual que en otros casos que se están conociendo era médico antes de dejar su profesión para ser religioso. Ahora, quiere utilizar sus talentos y está trabajando como médico voluntario en un hospital de Essone, al sur de París.

Perruchot, a la izquierda, estaba completando su cuarto año de seminarista

En una conversación con Famille Chretienne, Perruchot afirma que “en el hospital saben que soy un seminarista. Esta es una oportunidad con estos antiguos colegas para hablar con ellos de espiritualidad”.

Oportunidad misionera de mostrar a Dios en medio de la angustia

En su opinión, “esta pandemia debe ofrecer a los cristianos la oportunidad misionera de recordar que Dios está ahí, en mitad de nuestra angustia, que no nos abandona, que gracias a Cristo, la vida ya ha vencido a la muerte”.

Por ello, este seminarista francés y temporalmente de nuevo médico cree que “esta esperanza puede y debe ser un bálsamo para todos aquellos que no creen y que están desesperados por esta ola de la pandemia”.

La necesidad de una "vida real de oración"

Y en esta situación –agrega- “los cristianos deben dar testimonio de su fe, y para eso, debemos tener una vida real de oración, aún más intensa. En estos últimos días que nos separan de la Pascua, ¡volvámonos a Cristo para brillar con su Luz e iluminar a todos nuestros hermanos!”.

Este joven, segundo de cinco hermanos, afirma que se sintió interpelado a ayudar de esta manera ante la crisis que también está azotando a Francia.  "Cuando comenzó la epidemia, contacté al jefe del departamento con el que había realizado mi residencia en la unidad de Urgencias para ofrecerle mi ayuda. Aceptó de inmediato. Llegué al hospital de Longjumeau el 19 de marzo, el día de San José. Me impresionó la velocidad de respuesta y la capacidad del personal del hospital para adaptarse a la afluencia de pacientes. Era necesario separar a los pacientes unos de otros, para crear unidades especiales de "covid". Poco a poco, la mayoría de las unidades se transformaron para acomodar a los pacientes afectados por el coronavirus, es decir, alrededor de 110 camas. El resto de los pacientes fueron enviados a casa o transferidos a otros hospitales”, relata.

"Vivimos día a día"

Tal y como afirma, la vida en el hospital es como la del cristiano, no existe el futuro, sólo el ahora. Este seminarista y médico asegura que “vivimos día a día, y el hospital ha tenido que reestructurar las salas de emergencia e incluso crear camas de reanimación”.

Además, está muy presente el riesgo de contagio. “Trabajamos con un gran riesgo. De manera regular nos falta equipamiento: mascarillas, delantales, batas… y no tenemos material por adelantado. Ayer tuve que esperar tres cuartos de hora para recibir material”, afirma.

Al igual que ocurre en otros países, Perruchot se lamenta de que “la gente muere por falta de medios para tratarlos. Un paciente grave permanece en cuidados intensivos durante tres semanas, lo que plantea un verdadero problema de rotación: no hay lugar para todos. Cuando llega un nuevo paciente gravemente enfermo y no hay más camas de reanimación disponibles, lo transferimos a otro lugar y, en todos los casos, limitamos las indicaciones de reanimación porque no hay lugar para todos. Entre los pacientes graves, solo mantenemos a las personas con más probabilidades de salir, es decir, las más jóvenes. Enviamos a casa a aquellos que pueden tener oxígeno en casa, atención médica cercana y la atención necesaria al final de la vida. De lo contrario, son admitidos en un proceso de cuidados paliativos con la esperanza de que puedan aprobar el curso”. Todo un drama.

Sin embargo, “a pesar de la tensión psicológica y la fatiga” tanto él como el resto de médicos y personal sanitario mantienen "alta la moral”. Pero su papel de curar cuerpos y también almas es ahora un plus en este hospital, donde los pacientes están completamente solos sin poder estar con sus seres queridos.

Una comunidad centrada en la evangelización.

Los Misioneros de la Misericordia Divina al que pertenece Thibaud Perruchot son un Instituto Religioso de Derecho Diocesano, nacido en 2005 en la Diócesis de Fréjus Toulon (Francia), regida por el conocido monseñor Dominique Rey. Reunidos por el deseo de vivir la Misericordia Divina, los miembros del Instituto son llamados a trabajar en la predicación del mensaje de Jesús Misericordioso, revelado a Santa Faustina Kowalska, Patrona de la Comunidad.

Esta comunidad desea vivir la misión, particularmente con los musulmanes, a través de la espiritualidad de la Misericordia que nos transmitieron San Juan Pablo II y Santa Faustina, y de la devoción eucarística”, explica este joven. 

Hacer de la Eucaristía el centro de la vida sacerdotal es un elemento constitutivo de este Instituto. Esta sociedad misionera ejerce su carisma en la vivencia y propagación de la Liturgia según la Forma Extraordinaria del Rito Romano. Conscientes de que la fecundidad apostólica depende de la intimidad de cada religioso con Cristo, todos los días tienen una hora de Adoración Eucarística.

Los Misioneros trabajan en la Nueva Evangelización fomentando las procesiones públicas, la evangelización puerta a puerta y las misiones populares. Especialmente están llamados a testimoniar a Cristo a los musulmanes, teniendo en Carlos de Foucauld como co- Patrono del Instituto, por ser él testimonio preclaro de Cristo en el mundo islámico.