Miguel Sanmartín Fenollera se confiesa "jurista de formación y escritor de vocación". Una vocación que desde hace algunas semanas se ha visto cumplida en el volumen De libros, padres e hijos (Rialp), imprescindible propuesta de lecturas de un católico y padre a quien esté convencido, como él, de que uno de los mejores legados que se le puede dejar a los hijos es el hábito lector.
 

-¿Habrá en el futuro una "brecha lectora" entre quienes estén acostumbrados al discurso racional y estructurado que ofrecen los libros y quienes, enganchados a las pantallas, apenas lo hayan ejercitado?

-Es lamentable, pero no tengo duda alguna al respecto de la existencia de esa brecha de la que hablas. Ya hace cuarenta años, un profesor de sociología y discípulo del famoso Marshall MacLuhan, Neil Postman, que fue autor de algunos libros proféticos (Divertirse hasta morir, en el que alertaba de los problemas nacidos de un acercamiento imprudente a las pantallas –aunque en ese tiempo era solo la pantalla de televisión–, y La desaparición de la infancia, cuyo título lo dice todo), escribió que se generaría una nueva élite que estaría formada por aquellos que fuesen educados en el hábito de la lectura, de la lectura profunda de los buenos y grandes libros.

-¿Y eso es ya un hecho?

-No solo recientes y cada vez más numerosos estudios confirman un deterioro de la racionalidad en las nuevas generaciones (con cada vez más frecuentes problemas de concentración y una tendencia a sustituir la razón por el sentimiento), sino que ya desde la misma Edad Media, la opinión de casi todos los que se han ocupado del tema ha sido que la lectura afecta positivamente a nuestros hábitos mentales, alentando y promoviendo la racionalidad.

-¿Cómo lo hace?

-Toda palabra encierra un secreto, lo que llamamos significado, y es, por tanto, necesario desentrañarlo mediante un análisis y un escrutinio racional, lo que exige concentración, atención y voluntad. Nada de esto hay en la imagen, ante cuya contemplación predomina la pasividad.

-¿Las consecuencias son realmente tan devastadoras?

-Aunque muchos no se estén todavía dando cuenta, con el abandono de la lectura estamos fomentando la pérdida de nuestra más propia característica, aquella que hizo a Aristóteles definir al hombre como "animal dotado de lenguaje" y que Cicerón más tarde tradujo como "animal racional". No debe, por tanto, sorprendernos que, recientemente, el politólogo y filósofo italiano Giovanni Sartori, alertando sobre esto, haya escrito un libro con un título muy expresivo: Homo videns. Porque es eso en lo que nos estamos convirtiendo, en algo distinto y no mejor: de oyentes o lectores, críticos y atentos, transitamos hacia una naturaleza de meros espectadores, alienados y fascinados por una incesante sucesión de imágenes. Mi libro nace, entre otras cosas, de mi gran preocupación por todo ello.

Miguel Sanmartín Fenollera firma ejemplares de su libro este sábado 11 de junio, a partir de las 12.30, en la caseta de Rialp (nº 263) de la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro.

-Pero ¿no es posible un uso "moderado" de las nuevas tecnologías? ¿Hay que romper radicalmente?

-Esta es una de las preguntas del millón (desgraciadamente, cada vez hay más de este tipo) y con el libro trato de responder a ella. Sinceramente, para abordar este problema, creo que lo primero que hemos de hacer, tanto los padres como todo adulto, es reconocer nuestra propia dependencia, nuestro grado de contaminación por las nuevas tecnologías.

-Nadie está libre...

-Vivimos inmersos en un mundo en el que ese tipo de tecnología impera y del que no parece posible escapar. No solo porque está en todas partes, sino porque se ha adueñado incluso de la forma y manera en que trabajamos, intercambiamos información o meramente nos comunicamos. Y es algo que no afecta únicamente al entretenimiento, sino que lo abarca todo.

-Entonces, ¿qué hacemos?

-Es partiendo de esta realidad como hay que examinar las dos opciones básicas que comentas. El primer modo, que consistiría en romper de manera drástica con esa tecnología (que parece el ideal, pues acabaría con el problema), se me antoja impracticable y temo que podría traer consecuencias perjudiciales, algunas de ellas imprevisibles.

»El segundo consistiría en tratar de controlar su uso mediante momentos sin pantallas, horarios y otro tipo de controles, pero esa mesura en el uso debería acompañarse de una educación literaria desde la cuna misma, mediante la creación de un hábito que incorpore a las vidas de los niños el deseo, el placer y la necesidad de leer. Y es lo que hemos intentado llevar a cabo en nuestro hogar.

-En diversos momentos del libro hace referencia a su propia experiencia educativa con sus hijas, y de lo leído se deduce que ha sido exitosa. ¿Cómo influyó en otras áreas de su vida el ser buenas lectoras?

-La lectura, como todo hábito que afecte al alma que tenga calado y profundidad, requiere tiempo para dar sus frutos. Decía Santo Tomás que, si bien el fin es el primero en la intención, es lo último en ser alcanzado, y que por eso hay que tener paciencia. Y esto ocurre también con la buena lectura. La obtención de sus buenos frutos (como la mejora en su forma de razonar, en su manera de expresarse, en el orden con que lo hacen, en la riqueza de su lenguaje y en su madurez) es algo que mi mujer y yo hemos ido percibiendo en nuestras hijas poco a poco, y que ahora, cuando han llegado a la adolescencia y primera juventud, se ve con más claridad.

»Pero todo el proceso tiene su encanto. Jane Austen, que era muy aristotélica, hace decir a uno de sus personajes que "cada momento tiene sus placeres y su esperanza". Y es verdad, ha sido -y sigue siendo- así.

-De libros, padres e hijos configura lo que podríamos llamar un "canon" de lectura infantil y juvenil occidental del que es difícil discrepar, pero en el que predominan las obras en inglés. ¿A qué es debido?

-Bueno, aquí habría que diferenciar dos cosas. Primero, no cabe duda alguna –es un consenso a nivel mundial– que, no solo el origen, sino también las más grandes obras de la literatura infantil y juvenil se encuentran en el universo literario anglosajón. Por supuesto que hay obras maestras en muchas otras literaturas, pero la anglosajona de finales del XIX y principios del XX es la que concentra las mejores y en mayor número. Pensemos en Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan o El viento en los sauces, por ejemplo.

-¿Y la literatura española?

-La literatura española, que por supuesto que es una de las más ricas y grandiosas del mundo, es, sin embargo, especialmente pobre en este tipo de género literario. La fantasía, la imaginación, con atención especial al niño, no han sido géneros muy cultivados en España. Y esto afecta fuertemente a cualquier selección.

»La segunda distinción es que, como es propio de toda selección, la mía está condicionada por mis querencias y mis experiencias lectoras, especialmente en mi infancia y juventud, así como las de mis hijas. Experiencias lectoras particulares que, lo quiera uno o no, marcan un gusto y condicionan cualquier selección.

-Es habitual iniciar a los niños en la lectura con literatura fantástica: cuentos, fábulas, leyendas. ¿Lo considera correcto?

-Sí. Pienso que es la forma más adecuada.

-¿Por qué?

-En una primera aproximación, casi intuitiva, diría que, dado que siempre ha venido haciéndose así, por algo será. Como decía Chesterton, la tradición no existe porque sí; es el resultado de un consenso en el que han participado todos nuestros antepasados. Él la llamaba la democracia de los muertos. Pero, por supuesto, con un estudio de campo y muestreo, como dicen los científicos, más extenso, muchísimo más extenso que el que cualquiera pudiera soñar. ¿Qué mayor prueba de su bondad y adecuación puede haber, que esta?

-Pero algún argumento habrá, aparte de la tradición...

-Algunos han tratado de encontrarle una explicación, que creo es bastante razonable. Por ejemplo, Chesterton, Lewis y Tolkien coinciden en que lo primero que hay que cultivar y mantener en los niños (no despertar, porque ya está ahí), es el asombro ante la vida, ante lo creado y lo existente, cuidando de su sentido innato de la maravilla y de su intuición de que todo puede ser posible. Y recalcan que el mejor modo de lograrlo es con este tipo de lecturas. Además, son las que mejor se adaptan al modo de pensamiento poético de los niños.

-Y sirven para su formación moral...

-Esos mismos cuentos, fábulas, leyendas y poemas transmiten enseñanzas morales y de otro tipo, y lo hacen de un modo que quizá sea el más adecuado para la infancia. Incluso los psicólogos y los médicos, con el famoso Bruno Bettelheim a la cabeza, destacan esta función de los relatos fantásticos como asistente formativo del niño. Recordemos aquello que decía C. S. Lewis de que, a veces, los cuentos de hadas pueden decir mejor aquello que se debe decir.

-¿Comparte la opinión de John Senior de que, sin una mente preparada por las Artes, es mucho más difícil que arraiguen no solo la civilización, sino la vida espiritual?

-Sí. Creo que Senior estaba en lo cierto. Porque el asombro y el sentido de la maravilla son algo fundamental para la adoración. No puede adorarse a un Dios que no nos sobrecoja y nos anonade con su poder y omnipotencia. En el núcleo de lo sagrado está el asombro, como nos recordó Rudolf Otto en su famosa obra La idea de lo sagrado, pero, como escribió uno de los colegas de Senior, el profesor Dennis Quinn, no se trata de un asombro al modo de un "sentimentalismo azucarado sino, por el contrario, de una poderosa pasión, de una especie de temor, de una confrontación feroz con el misterio de las cosas".

-¿Qué papel juega ahí la literatura?

-Puede ayudar a preparar de forma progresiva su alma para el más grande de los misterios. Y en cierto modo esto es lo que hicieron Senior y sus colegas en su famoso Programa Pearson de Humanidades de la Universidad de Kansas. De hecho, su lema así nos lo confirma: Nascantur in admiratione [que nazcan en el asombro].

-Y la literatura clásica, la gran literatura, es particularmente apropiada para ello...

-En mi opinión, puede desempeñar un papel importante de varias formas. La primera, la que acabo de comentar, propia de los primeros años, pero que debe ser mantenida en el tiempo, facilitando así el cultivo del asombro y la maravilla.

Los niños normalizan el asombro y la maravilla y eso prepara el alma para aceptar lo sobrenatural real. Foto: Ben Mullins / Unsplash.

»Una segunda, más adelante, a través de la lectura de obras más complejas, pero igualmente de ámbito fantástico y maravilloso. Lewis explicó esto refiriéndose a las obras de su amigo Charles Williams, pero es una idea que podría ser extrapolable a muchas otras obras, incluidas algunas de las suyas y de su amigo Tolkien. Él sostenía que estas lecturas podrían ayudar a los jóvenes a suspender momentáneamente –en tanto se sumergen en la lectura– su apreciación de lo natural y a creer en lo sobrenatural, lo que, como él decía, les ofrecería un "verdadero, aunque desenfocado, resplandor de la verdad divina".

-¿Una pre-catequesis?

-Recordemos los prolegómenos de la fe de los que nos habló Santo Tomás. Me refiero a ideas como que habitamos un mundo creado, que el alma humana es inmortal, que existen el bien y el mal, la verdad y el error, y que un Dios todopoderoso nos ha creado de la nada, pero que bien podría no haberlo hecho, etcétera. Pues bien, muchas de esas ideas podrían ser enseñadas a través de la literatura mediante el estímulo y fortalecimiento de lo que se llama la imaginación moral, evitando los sermones y las admoniciones, tan poco pedagógicas, como sabemos.   

»Por último, puede tratar de llevarse a cabo una influencia más directa con la lectura de obras que utilizan la analogía (como las Crónicas de Narnia del propio Lewis), o incluso más directamente aún, con hagiografías y vidas, no solo de santos, sino de otros personajes admirables, reales o ficticios, que personifiquen virtudes cristianas a imitar, y donde se puedan encontrar algunas de las pequeñas semillas de verdad de las que hablaba San Justino.

-¿Por ejemplo?

-Pienso, por ejemplo, en La familia que alcanzó a Cristo, del monje trapense M. Raymond, sobre San Bernardo de Claraval y su extraordinaria familia, o la historia artúrica de Sir Gawain y el Caballero Verde, de autor desconocido, pero hay muchas más obras. En cualquiera de esas maneras, de lo que se trataría es de inculcar en los niños y jóvenes, pasión por la Verdad, amor por el Bien y búsqueda de la Belleza.

-Antes ha citado a Lewis y Tolkien, autores de dos obras que se consideran "católicas", al menos alegóricamente: Las Crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos. ¿Qué diferencias hay entre ellas desde el punto de vista religioso?

-Bien, sin duda ambas responden a dos enfoques totalmente distintos de cómo abordar lo religioso desde el punto de vista literario, lo que, al parecer, llevó al distanciamiento entre los dos amigos. De lo que no estoy tan seguro es de si ese diferente enfoque guardó más relación con sus distintas posturas religiosas que con su entendimiento del mundo literario como camino para acercarse a la verdad, la belleza y la bondad. De lo que creo que no hay duda es de que las obras de ambos son resultado de una imaginación profundamente cristiana.

»En C. S. Lewis, de un modo más directo –a través de la analogía–, con el león Aslan como representación clara de la figura de Cristo y de su pasión, muerte y resurrección, así como de su acción creadora y redentora.

»Más sutilmente en Tolkien, mediante la presentación, por una parte, de una atmosfera de profunda tristeza por razón de un paraíso perdido, y por otra, de la esperanza de que aquel puede ser recuperado, y en relación con esto, de su conocida "eucatástrofe" desencadenante de un final feliz, que prefigura el gozo que nos espera.

»En ambos casos, dos obras maravillosas que nuestros hijos deben leer.

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