Bosco Gutiérrez Cortina, arquitecto mexicano, fue secuestrado a finales de agosto de 1990. Pasó 257 días en un zulo de tres metros de largo por uno de ancho hasta que consiguió escapar.

Su historia de resistencia, entereza y espiritualidad en "el agujero", y su recuperación posterior, ha sido motivo de inspiración para muchos. El sacerdote José Pedro Manglano la ha recogido con detalle en su libro "257". 

Algunos párrafos permiten adentrarnos en esta aventura humana de superación, fe y esperanza.

»No se oían ruidos al otro lado del zulo. Después de 257 días encerrado, con la mente alerta, a Bosco le fue fácil determinar que, por primera vez, no había nadie vigilando. Cogió la ganzúa que había fabricado con un muelle de la cama y la cuña que había confeccionado con un bote de jarabe y trató de abrir el ventanuco por el que los captores le daban la comida. ¡Conseguido! Salió, vio dónde estaba y volvió a meterse en el zulo.

» "Mi plan no era escapar. No tenía información suficiente. Solo quería comprobar que tenía una forma de salir del zulo si me dejaban allí abandonado”. Pero era imposible cerrar el ventanuco desde dentro.

»“Recordé la advertencia de los captores: ‘Si nos ve, si ve algo que nos comprometa o nos pone en peligro, si intenta escapar, le mataremos después de cobrar el rescate’”.

Encomendado a San Josemaría
»Se encomendó al Espíritu Santo y a san Josemaría: “Señor, que no haga ninguna tontería, que piense bien” y salió del zulo de nuevo, esta vez con una única opción por delante. Poco después llegaba en taxi a su casa -“¡me escapé, me escapé!”- para caer en brazos de su mujer y de sus hijos.“Si me hubieran rescatado la primera semana, hoy seguiría deprimido".

»Aquel fue el desenlace de un infierno que comenzó mucho antes, un miércoles cualquiera a la salida de misa. "En un segundo sucede algo que te cambia la vida. Me asaltaron cuatro hombres armados y mi reacción fue no resistirme ni pelear. Toda la vida he sido cazador y sé manejar armas, pero sé también que cuando te apuntan, estás en jaque mate".





»Después de un viaje en el maletero, llegaron al zulo y le obligaron a abrir los ojos.
"-Y vi a los que serían mis guardianes. Encapuchados, con monos blancos, guantes de látex negros y calcetines rojos. Nunca les vi la cara ni escuché su voz."

»Bosco empezó a reconocer el terreno: un catre, las paredes recubiertas de aislante, un baño sin desagüe y una bombilla que, al antojo de los captores, marcaría sus días y sus noches. De ruido de fondo, un casete -siempre el mismo- que daba vueltas sin cesar y que le ayudó a calcular el paso del tiempo. Eso y las comidas -una comida, una hendidura en el aislante. Tres hendiduras, un día- le permitieron no perderse en el mar de la desorientación.

Sensación de ser un traidor
»"A través de una nota, los secuestradores le informaron de su situación -“si intenta huir, le mataremos; si colabora y su familia también, todo irá bien”- y le piden que rellene un cuestionario para comenzar las negociaciones.

»Rutina, horarios y hábitos de su padre, hermanos, mujer e hijos. Nombre y teléfono de las diez mejores amigas de su mujer. Nombre de los profesores de sus hijos... y, si encuentran algún dato falso, atacarán a su familia. ¡Le piden la intimidad de los suyos! Tiene claro que no contestará. Pero el tiempo pasa y el miércoles, 5 de septiembre -una semana después del secuestro- entrega la información que le pedían.

»"Es el síndrome del prisionero de guerra. Cuando se obliga a un hombre a atentar contra su esquema de valores, a revelar información preciada para él, se le rompe internamente y cae en una depresión que puede durar toda la vida. Si me hubieran rescatado esa semana, probablemente veinte años después seguiría deprimido y no habría hablado jamás del secuestro. Pero tuve tiempo para rehacerme", explicaría luego Bosco.

»Decía: “Dios mío, prefiero morir aquí a que se desvele esta cantidad de traiciones”.

Hundido y rescatado... por un whisky
»Aquel día, aquel 5 de septiembre, Bosco cayó sobre el catre y no se volvería a levantar en mucho tiempo. No comía, apenas bebía y hasta se hacía sus necesidades encima. Perdió la noción de la realidad y llegó a soñar que estaba muerto. Los guardianes vieron que la mercancía, el hombre por el que tenían que darles dinero, se echaba a perder, y trataron de reanimarlo.

»"En el zulo había un olor horrible, no había drenaje, estaba lleno de mosquitos, yo no me había lavado la boca y todavía tenía sangre del secuestro... Cuando me ofrecieron tomar algo, como yo no sabía si se estaban burlando de mí, dije: “Un whisky solo, sin agua, con hielo y en una copa de cristal”. Quería emborracharme, si es que el ofrecimiento era verdad"

»Y vio el whisky en el ventanuco. "Pensé que era una visión. Me arrastré, porque no podía caminar, lo cogí y volví a la parte de atrás". Bosco se pasó el vaso, frío, por el cuerpo, jugó con el hielo, lo olió, lo disfrutó y, cuando iba a beberlo, la voz de su conciencia le dijo: “Ofrécelo”.

»Me puse de rodillas en el suelo y volqué el vaso. Después me sentí ridículo y tonto, me acosté en el suelo y me golpeé con la taza. Pero entonces empecé a sentir cierta alegría y escribí en el cuaderno que me habían dejado: “16 de septiembre. Whisky flush. Hoy gané mi primera batalla”.

Esperanza y disciplina
»Aquel día entendió que no tenía elección. Su deber era estar perfecto, cuidarse, para no defraudar a su familia. “Supe que no me pertenecía; pertenecía a la gente que me quería”.

» Vivió en una férrea disciplina sin permitir que la imaginación -“la loca de la casa”- le llevara a la desesperación. Elaboró un plan de salud física -un casete de abdominales y tres casetes de footing para estar en forma y caza de mosquitos para mantener los reflejos a punto-, un plan de salud mental -evitar la angustia, adaptarse a la situación y desterrar los malos pensamientos- y un ambicioso plan de espiritualidad.

» "Hice un cuestionamiento interno de si creía de verdad. Y cuando te lo planteas y dices “sí” a Dios, dices “sí” con todo el paquete que esto trae: creer en Dios con los vehículos que me da la Iglesia, con el catolicismo y con la forma en la que me habían enseñado a expresar la fe.

» Así que Bosco asistió a misa -espiritual- durante cada uno de los días del secuestro, comulgó, también espiritualmente junto a su mujer, y dedicó media hora por la mañana y media por la tarde a dialogar con Dios.

»Todo el tiempo decía: “Hágase la santísima y divinísima voluntad de Dios para todas las cosas”. Corría, y rezaba por todos mis familiares y amigos. Me despertaba y le ofrecía el día, comía y daba gracias.

»Por la noche sentía la satisfacción de haber cumplido un día más y por la mañana, en cambio, sabía que tenía que subir otra vez la montaña. Porque cada día era una montaña, con la angustia en el estómago, y esa no se va nunca.

El poder de la Navidad

» Pero, a pesar de la angustia, Bosco había decidido vivir como católico, con todas las consecuencias. “Tenía que ayudar a los guardianes a conocer la fe”. “Hoy es Navidad y esta noche no hay secuestradores ni secuestrados. Todos somos hijos de Dios y esta noche vamos a rezar juntos”, escribió a los captores en un papel. Para su asombro, a las ocho de la tarde, perfectamente ocultos tras sus capuchas, los guardianes entraron con Bosco en el zulo. Él rezó y ellos escucharon. Luego le dieron la mano, uno por uno, y en sus miradas, cuenta Bosco, vio algo parecido, muy parecido, al respeto.

» "Tuve perfectamente claro que estaba haciendo lo que tenía que hacer en ese momento. Los secuestradores mirando hacia abajo, casi sumisos, y un rehén desnudo rezándoles. Sabía que estaba cumpliendo con mi deber como cristiano".

Solo hay una cosa, una, que echa de menos de aquellos 257 días que pasó encerrado. “Rompí el anonimato con Dios. Todo lo hacía en torno a ese amigo mío que tenía cerca... Y eso no lo he vuelto a conseguir".