Burkina Faso es un país de África Occidental con algo más de 18 millones de habitantes, y donde la pobreza es el problema número uno para su población. Aquí nació Alphonsine Yanogo, una religiosa que ha ido rompiendo moldes y derribando muros en un país donde la mayoría es musulmana y donde los católicos no llegan ni al 20%.

Esta religiosa se mueve entre destornilladores y llaves inglesas como herramientas para la evangelización y las motos, coches, o bicicletas no son el medio sino la forma en la que muchos conocen a Jesús gracias a su labor.

Primera mecánica de Burkina Faso

Alphonsine se ha convertido en un ejemplo para las mujeres, aunque también para el resto de la población, pues es la primera fémina que ejerce como mecánica en Burkina Faso. Además, dirige el taller San Miguel de Sic, donde emplea a 22 personas.

Este es sin duda el taller más singular de Ougadougou, capital del país, donde la monja de las Hermanas de la Inmaculada Concepción, abre espacios también para una igualdad real en este país africano.

Sor Alphonsine nació en 1977 en el pequeño pueblo de Pabré en el seno de una pobre familia católica en la que tenía otras dos hermanas y tres hermanos. Con tan sólo nueve años comenzó a sentir la vocación gracias a una amiga que le hablaba de todas las actividades que hacía en la parroquia. Gracias a ella comenzó a asistir a misa todos los domingos. “Ir a misa me hacía sentir bien, estaba en paz”, afirma al semanario Credere. A la vez, la oración se convertía para ella en el momento central de su día a día.

Una llamada a la vida religiosa

Tras conseguir acabar primaria, ingresó en un instituto regido por las monjas de la Inmaculada Concepción, donde se aficionó a las asignaturas técnicas y de ciencias. Mientras tanto, Alphonsine seguía alimentando su fe, y fue entonces cuando empezó a sentir una llamada total para la vida religiosa. Por ello, en cuanto se graduó hizo una experiencia vocacional que acabó fraguando.

En 2001, Alphonsine realizó sus votos a la vez que comenzaba a destacar por su habilidad e ingenio en el trabajo manual, lo que quedó claro cuando ideó y creó un molino con motor para moler cereales. Esto no pasó desapercibido para un misionero francés, el sacerdote Michel Pillot, que ha fundado varias asociaciones caritativas en Burkina Faso. Gracias a su apoyo esta religiosa consiguió el carnet de conducir, por lo que su interés por los motores aumentó mucho más.

La otra llamada del Señor

Esta religiosa conoce muy bien su país y por ello el drama que tantos accidentes de tráfico se producen en el país y que deja muchos muertos. El mal estado de las carreteras y caminos, la falta de iluminación, la escasa habilidad de muchos conductores, pero también el pésimo estado de los vehículos son las principales causas de esta situación.

Muchos de los coches que se utilizan en Burkina Faso son prácticamente chatarra y es aquí donde Alphonsine se dio cuenta que podía conjugar su misión como monja, y su pasión por los coches.

Para ello, y promocionada nuevamente por el padre Pillot, estudió durante dos años un modulo de mecánica para automóviles consiguiendo las mejores notas posibles. Empezó a hacer prácticas en un taller y se convirtió así en la primera mecánica del país.

El sueño del taller

No fue fácil para Alphonsine ir abriendo camino en un país donde las mujeres en muchos casos todavía viven en un segundo plano y donde existe todavía muchas tradiciones que muestran como algo extraño ver a una mujer, y más a una monja, en un lugar como este.

A pesar de ello, la carrera de esta religiosa no acabó aquí sino que el misionero francés siguió viendo muchas posibilidades en ella y la ayudó a abrir una pequeña empresa, es decir, un taller. En 2009 abrió sus puertas con la religiosa y otros tres trabajadores.

Rápidamente se extendió la noticia de que había abierto un taller dirigido por una religiosa, y cientos de personas acudían para verlo con sus propios ojos.  Ha atraído a muchos jóvenes que buscan trabajo y que encuentran en Alphonsine una ayuda para la formación.

En este momento trabajan en el taller San Miguel un total de 22 personas: la religiosa, un vigilante nocturno, siete mecánicos, un electricista, cuatro carroceros y ocho pintores. Además, hay varios aprendices.

“Todos estamos llamados a hacer algo, basta con saber escuchar”, asegura esta monja. Por ello, afirma que “la vocación es la unión del amor y la pasión, lo he visto y sentido por Cristo y en Cristo. A estos sentimientos se suman la experiencia y el talento, que Él te enseña a ver. Mi vicación es como si la hubiera escuchado dos veces”.