Se acaba de publicar en Italia un libro titulado Nei tuoi occhi è la mia parola [En tus ojos está mi palabra] que recoge homilías y discursos de Jorge Mario Bergoglio entre 1999 y 2013, su etapa como arzobispo titular de Buenos Aires, a donde llegó como obispo auxiliar en 1992. El volumen incluye además una conversación de Francisco con Antonio Spadaro, S.I., director de La Civiltà Cattolica, donde el Papa explica el sentido general de su homilética.
 
“Las homilías para mí son algo tan ligado a la historia concreta del momento que después puede ser olvidada”, afirma Francisco al ser preguntado si recuerda la primera homilía que pronunció como sacerdote. “No es hecha para ser recordada por el predicador, que en su lugar es siempre empujado a avanzar”, añade a continuación, según recoge Álvaro de Juana en Aciprensa.
 


 
No obstante, Francisco hace memoria y explica que “cuando en el seminario nos enseñaban homilética yo ya tenía una cierta aversión hacia los folios escritos en los que estaba todo. Y esto lo recuerdo bien. Estaba y estoy convencido de que entre el predicador y el pueblo de Dios no debe haber nada en medio. No puede haber un papel. Algún apunte escrito sí, pero no todo”. “Y lo he dicho también en la escuela, en ese tiempo. El profesor se sorprendió. Me preguntó por qué era así contrario a preparar toda la homilía y yo le respondí: ‘Si se lee no se puede mirar a la gente a los ojos’”. “Esto –añade– lo recuerdo como si fuese hoy y sucedió antes de que fuese ordenado sacerdote”.
 

Él mismo afirma que este pensamiento continúa presente como Papa y subraya que “lo que busco hacer todavía hoy es buscar los ojos de la gente. También aquí en la plaza de San Pedro”. Preguntado sobre cómo hace con tanta gente que le espera siempre en la plaza, Francisco explica que “cuando saludo hay una masa de gente, pero yo no la veo como masa: busco mirar al menos a una persona, un rostro preciso. A veces es imposible por la distancia. Es feo cuando estoy demasiado lejos. A veces lo intento sin conseguirlo, pero lo intento”. Y “si miro a uno después quizás también los demás se sientes observados, no como ‘masa’, sino como personas individuales”.
 
Para explicar mejor este aspecto, el Pontífice pone de ejemplo la Misa de clausura en Filipinas ante millones de personas, la cual “quizás no fue calurosa como hubiese querido”. “Amo mucho a aquella gente que era mucha”, sin embargo “en Taclobán (una isla de Filipinas hasta la que se desplazó), en medio de la lluvia, en esa situación de verdad difícil, sentí que podía mirar a las personas y hablarles al corazón. Era una comunicación directa. Las situaciones son imprevisibles, la comunicación es una cosa que acontece en el momento en el que acontece”.
 
A pesar de todo esto, “aquí debo leer a menudo las homilías” y “entonces me acuerdo de eso que decía cuando era estudiante. Por eso muchas veces me salgo del texto escrito que está preparado, añado palabras, expresiones que no están escritas. De esta manera miro a la gente. Cuando hablo debo hacerlo a alguno. Lo hago como puedo, pero tengo esta profunda necesidad”.
 
“Es cierto que a San Pedro se necesita ir con algo bien preparado, pero yo siempre tengo este deseo profundo que va más allá de los contextos formales. A veces no lo consigo por las circunstancias, y entonces no estoy contento. Tengo este impulso de salir del  texto y mirar a los ojos".
 

Por otro lado, el Santo Padre también revela cómo se siente cuando en sus viajes debe ser traducido a la lengua del país para que la gente le pueda entender. “Querría no ser traducido y hablar el idioma, pero me he acostumbrado”.
 
Cuestionado sobre si hay diferencias entre sus homilías como Arzobispo y como Papa, afirma que “no lo sé”. “No, yo advierto diferencias. Es verdad que en algunos casos de arzobispo y de Papa la preparación es más formal y compleja”.
 
Francisco también confiesa por qué muchas veces en sus homilías o discursos habla de 3 puntos: “Me viene de los Ejercicios (de San Ignacio): es la formación jesuita”. “Los Ejercicios me vienen a la mente rápidamente, siempre. Me han formado. Desde entonces, desde el inicio, no noto una actitud radicalmente distinta respecto a cuando predicaba como párroco”. Pero, “lo importante es tener el corazón de pastor tanto de párroco como de obispo o de Papa”, afirma.
 

En el libro, el Obispo de Roma revela también que las homilías de la mañana las comienza a preparar “el día anterior”. En concreto, “a mediodía del día anterior”. “Leo los textos del día siguiente y, en general, elijo una de las tres lecturas. Después leo en voz alta el pasaje que he elegido. Tengo necesidad de escuchar el sonido, de escuchar las palabras. Y después subrayo en el librito que uso aquellas que me han llamado más la atención. Rodeo con círculos las palabras que me han sorprendido”.
 
El Pontífice también cuenta que “durante el resto del día las palabras y los pensamientos van y vienen mientras hago lo que debo hacer: medito, reflexiono, saboreo las cosas… Hay días sin embargo en los que llego a la tarde y no me viene nada a la mente, en los que no tengo idea de qué diré al día siguiente”.
 
En estos casos, “hago lo que dice San Ignacio: me duermo con ello” y “entonces, rápidamente cuando me despierto, viene la inspiración. Vienen cosas justas, a veces fuertes a veces más débiles. Pero es así: me siento preparado”.