El impresionante arte de mosaicos del sacerdote jesuita esloveno Marko Iván Rupnik que ilumina los interiores del Santuario de San Juan Pablo II en Cracovia ha sido el marco para la celebración de la misa del sábado por la mañana del Papa Francisco junto con sacerdotes, religiosas, religiosos, consagrados y seminaristas polacos. 

Este santuario dedicado a San Juan Pablo II está muy cerca del Santuario de la Divina Misericordia que visitó previamente y del anexo convento con la tumba de Santa Faustina Kowalska.



En la iglesia de este moderno santuario, junto al altar, hay una reliquia de sangre de san Juan Pablo II contenida en una ampolla que le dieron los médicos del hospital Gemelli de Roma, al cardenal Stanislaw Dziwisz, que fue su secretario durante muchos años. Entre los objetos que se encuentran aquí están también la cruz pectoral del papa polaco y la túnica ensangrentada, que llevaba el 13 de mayo de 1981, día que sufrió el atentado.



Francisco, hablando ante sacerdotes y religiosas, obispos y cardenales, es decir, hablando ante agentes de pastoral y evangelizadores, ha explicado el Evangelio, que hablaba del día en que los discípulos estaban en casa encerrados por miedo a ser atacados. 

El Santo Padre se ha centrado en tres puntos:  “un lugar”, “un discípulo” y “un libro”. 


El lugar es la casa en la que estaban los discípulos al anochecer del día de la Pascua, una casa en la que “sus puertas estaban cerradas”.  Tal y como ha recordado Francisco, ocho días más tarde, los discípulos estaban todavía en aquella casa, y sus puertas también estaban cerradas. Pero “Jesús entra, se pone en medio” y trae “la misericordia de Dios.”

Así, ha querido subrayar que Jesús desde el principio desea que “la Iglesia esté de salida, que vaya al mundo”. Y quiere que lo haga “no como un poderoso, sino en forma de siervo”. El Papa ha llamado la atención sobre este contraste: “mientras que los discípulos cerraban las puertas por temor, Jesús los envía a una misión”. Y esta llamada “es también para nosotros”.



En esta línea, ha reconocido que en la vida sacerdotal y consagrada, se puede tener con frecuencia la tentación de quedarse un poco encerrados. Pero la dirección que Jesús indica es de sentido único: salir de nosotros mismos. “Es un viaje sin billete de vuelta”, ha afirmado.

La vida de sus discípulos más cercanos –ha asegurado– es una vida en la que no hay espacios cerrados ni propiedad privada para nuestras propias comodidades. También ha indicado que quien elige esta vida huye “de las situaciones gratificantes que lo pondrían en el centro, no se sube a los estrados vacilantes de los poderes del mundo y no se adapta a las comodidades que aflojan la evangelización”. Es más, “no pierde el tiempo en proyectar un futuro seguro y bien remunerado, para evitar el riesgo de convertirse en aislado y sombrío, encerrado entre las paredes angostas de un egoísmo sin esperanza y sin alegría”. “No se conforma con una vida mediocre”, “le gusta el riesgo y sale”, “siente el gusto de evangelizar”.




En segundo lugar ha reflexionado sobre la figura de Tomás, un discípulo que “se nos asemeja un poco, y hasta nos resulta simpático”. Por eso, Francisco ha aseverado que para nosotros, los discípulos, “es muy importante poner nuestra humanidad en contacto con la carne del Señor, es decir, llevarle a él, con confianza y total sinceridad, hasta el fondo, lo que somos”.

Así se busca a Dios, ha recordado, “con una oración que sea transparente y no se olvide de confiar y encomendar las miserias, las dificultades y las resistencias”. El corazón de Jesús –ha indicado– se conquista con la apertura sincera, con los corazones que saben reconocer y llorar las propias debilidades, confiados en que precisamente allí actuará la divina misericordia.

Jesús quiere, ha asegurado el Papa a los presentes, corazones verdaderamente consagrados, que viven del perdón que han recibido de él, para derramarlo con compasión sobre los hermanos.



Jesús busca corazones “abiertos y tiernos con los débiles, nunca duros”, “dóciles y transparentes, que no disimulen ante los que tienen la misión en la Iglesia de orientar en el camino”. Por otro lado ha recordado que el discípulo “no rechaza hacerse preguntas” y “tiene la valentía de sentir la duda y de llevarla al Señor, a los formadores y a los superiores, sin cálculos ni reticencias”.


Finalmente, el Pontífice ha observado que en la lectura del día se habla de un libro, el Evangelio, en el que no están escritos muchos otros signos que hizo Jesús. “Pero queda todavía un desafío, queda espacio para los signos que podemos hacer nosotros, que hemos recibido el Espíritu del amor y estamos llamados a difundir la misericordia”, ha añadido.



Al respecto ha indicado que se puede decir que el Evangelio, que hay que leer y releer continuamente, “todavía tiene al final páginas en blanco: es un libro abierto, que estamos llamados a escribir con el mismo estilo, es decir, realizando obras de misericordia”. Por eso ha preguntado a los presentes “¿cómo están las páginas del libro de cada uno de vosotros?” En esta misma línea ha precisado que “cada uno de nosotros” guarda en el corazón una “página personalísima del libro de la misericordia de Dios”. Se trata de la “historia de nuestra llamada, la voz del amor que atrajo y transformó nuestra vida, llevándonos a dejar todo por su palabra y a seguirlo”. De este modo les ha invitado a revivir con gratitud “la memoria de su llamada, más fuerte que toda resistencia y cansancio”.