Un porvenir de paz


«Dios prepara para vosotros un porvenir de paz y no de desgracia; Dios os quiere dar un futuro y una esperanza.» [Jr. 29,11]

Multitudes aspiran hoy a un porvenir de paz, a una humanidad liberada de las amenazas de la violencia.

Si algunos están sobrecogidos por la inquietud ante el futuro y se encuentran inmovilizados, hay también, a través del mundo, jóvenes creativos, llenos de inventiva.

Estos jóvenes no se dejan llevar por una espiral de melancolía. Saben que Dios no nos ha hecho para estar pasivos. Para ellos, la vida no está sometida a los azares de la fatalidad. Son conscientes: lo que puede paralizar al ser humano es el escepticismo o el desánimo.

Estos jóvenes buscan también, con toda su alma, preparar un porvenir de paz, y no de desgracia. Aunque ni se lo imaginen, consiguen hacer de su vida una luz que ilumina ya a su alrededor.

Son portadores de paz y de confianza allá donde se dan el estremecimiento y las hostilidades. Perseveran incluso cuando la prueba o el fracaso pesan sobre sus espaldas. 

En Taizé, algunas noches de verano, bajo un cielo cargado de estrellas, escuchamos a los jóvenes a través de nuestras ventanas abiertas. Quedamos asombrados de que sean tan numerosos. Buscan, oran. Y nos decimos: sus aspiraciones a la paz y a la confianza son como estas estrellas, pequeñas luces en la noche.

 Nos encontramos en un período en el que muchos se preguntan: ¿pero qué es la fe? La fe es una confianza muy sencilla en Dios, un impulso de confianza indispensable, retomada sin cesar en el transcurso de la vida.

En cada uno, puede haber dudas. No tienen nada de inquietante. Quisiéramos, sobre todo, escuchar el susurro de Cristo en nuestros corazones: «¿Tienes dudas? No te inquietes, el Espíritu Santo permanece siempre en ti. »

Hay quien ha hecho este descubrimiento sorprendente: el amor de Dios puede florecer también en un corazón tocado por las dudas. 

 
En el Evangelio, una de las primeras palabras de Cristo es esta: «¡Dichosos los corazones sencillos! »  Sí, dichosos los que avanzan hacia la sencillez, la del corazón y la de la vida.

Un corazón sencillo busca vivir el momento presente, acoger cada día como un hoy de Dios.

El espíritu de sencillez, ¿no se transparenta tanto en la alegría serena como en el buen ánimo?

Un corazón sencillo no tiene la pretensión de comprender por sí mismo el todo de la fe. Se dice: es poco lo que yo comprendo, otros lo entenderán mejor y me ayudarán a proseguir el camino. 

Simplificar la vida permite compartir con los más desprovistos, para calmar las penas, allí donde existe la enfermedad, la pobreza, el hambre … 

 Nuestra oración personal es también sencilla. ¿Pensamos que para orar, hay necesidad de muchas palabras?  No. Sucede que algunas palabras, a veces torpes, bastan para entregar todo a Dios, tanto nuestros miedos como nuestras esperanzas.

Al abandonarnos al Espíritu Santo, encontraremos el camino que va de la inquietud a la confianza.  Y le decimos:

« Espíritu Santo, concédenos
volvernos hacia ti en cada momento.
Aunque a menudo olvidemos que tú nos habitas,
que tú oras en nosotros, que tú amas en nosotros.
Tu presencia en nosotros es confianza
y continuo perdón. »

Sí, el Espíritu Santo alumbra en nosotros un destello. Por muy pálido que sea, éste despierta el deseo de Dios en nuestros corazones. Y el simple deseo de Dios es ya oración.

La oración no nos aleja de las preocupaciones del mundo. Al contrario, nada es más responsable que orar: cuanto más se vive una oración sencilla y humilde, más se es conducido a amar y a expresarlo con la vida.

 ¿Dónde encontrar la sencillez indispensable para vivir el Evangelio? Una palabra de Cristo nos lo aclara. Un día él dijo a sus discípulos: « Dejad que los niños vengan a mí, las realidades de Dios se asemejan a quienes son como ellos.» 

¿Quién dirá con acierto lo que algunos niños pueden transmitir por su confianza? 

Nosotros quisiéramos pedir a Dios: « Dios que nos amas, haz de nosotros seres humildes, danos una gran sencillez en nuestra oración, en las relaciones humanas, en la acogida…»

 Jesucristo ha venido a la tierra no para condenar a nadie, sino para abrir a los humanos caminos de comunión.

Después de dos mil años, Cristo permanece presente por el Espíritu Santo,  y su misteriosa presencia se hace concreta en una comunión visible: ella reúne a mujeres, hombres, jóvenes, llamados a avanzar juntos sin separarse los unos de los otros. 

Pero he aquí que, a lo largo de su historia, los cristianos han conocido múltiples sacudidas: surgieron separaciones entre aquellos que se referían, sin embargo, al mismo Dios de amor.

Hoy en día resulta urgente restablecer una comunión, no se puede dejar continuamente para más tarde, hasta el final de los tiempos. ¿Haremos todo lo posible para que los cristianos despierten al espíritu de comunión?

Existen cristianos que, sin tardar, viven ya en comunión los unos con los otros allí donde se encuentran, con toda humildad, con toda sencillez. 

A través de su propia vida, quisieran hacer a Cristo presente para muchos otros. Saben que la Iglesia no existe para sí misma sino para el mundo, para depositar en él un fermento de paz.

«Comunión» es uno de los más hermosos nombres de la Iglesia: en ella, no puede haber severidades recíprocas, sino solamente limpidez, la bondad del corazón, la compasión… y llegan a abrirse las puertas de la santidad.

 En el Evangelio, se nos ofrece descubrir esta realidad asombrosa: Dios no crea ni el miedo ni la inquietud, Dios no puede sino darnos su amor.

Por la presencia de su Espíritu Santo, Dios viene a transfigurar nuestros corazones.

Y en una oración muy sencilla, podemos presentir que nunca estamos solos: el Espíritu Santo sostiene en nosotros una comunión con Dios, no por un instante, sino hasta la vida que no termina.