Cómo ha de amonestarse a los sanos y a los enfermos

 Muy diversa es la manera de amonestar a los sanos que a los enfermos.  Recomiéndese a los sanos que empleen la salud del cuerpo en provecho de la salud del alma; pues si se sirven de la gracia de la salud recibida, para la práctica del mal, convierten en daño el beneficio recibido, y se harán después merecedores de castigos tanto más severos, cuanto no titubean ahora en hacer mal uso de los dones que generosamente Dios les concede.  Aprendan, pues, los sanos a no desperdiciar la facilidad que tienen de ganarse la salvación eterna; pues escrito está:  “Ha llegado el tiempo favorable, ha llegado el día de la salvación” (2 Co 6,2).  Tengan presente que, si no se esfuerzan por servir a Dios ahora que pueden, más tarde, cuando quieran, no podrán.  Y así la Eterna Sabiduría nos manifiesta que abandonará a los que se resistieren por largo tiempo, cuando los llamada: “Os estuve llamando y no me respondisteis, os alargué mi mano y ninguno se dio por entendido: menospreciasteis todos mis consejos y ningún caso hicisteis de mis reprensiones: yo también miraré con risa vuestra perdición y me mofaré de vosotros, cuando os sobrevenga lo que temíais” (Pr 1, 24).  Y más adelante: “Entonces me invocarán y no los oiré: madrugarán a buscarme y no me hallarán” (Pr 1,28).  Si la salud corporal, recibida de Dios para emplearla en el bien, se derrocha, sólo se llega a conocer lo que vale después de perdida, y en balde se agotarán entonces todos los recursos para recuperarla si en tiempo oportuno no se ha aprovechado convenientemente.  Y por eso sigue diciendo el Sabio: “No entregues tu honra a gente extraña, ni tus floridos años a un cruel; no sea que los extraños se enriquezcan con tus bienes y que vaya a parar en casa de otro el fruto de tus sudores, por donde tengas que gemir, cuando habrás consumido tus carnes y tu cuerpo” (Pr 5, 9 sg).  ¿Quién es esa gente extraña para nosotros, sino los espíritus malignos que están desterrados de la patria celestial? Y ¿en qué puede consistir nuestro honor sino en haber sido nuestras almas creadas a imagen y semejanza de su Creador, a pesar de estar encerradas en cuerpos de barro? Y ¿quién otro puede ser ese cruel, sino el ángel apóstata que, después de atraer sobre sí la pena de muerte por su soberbia, por encima de su desdicha, no dudó en acarrear la muerte al linaje humano?  Entrega su honra a extraños el hombre que, criado a imagen y semejanza de Dios, malgasta los días de su vida en los delitos a que le incitan los espíritus malignos; entrega sus floridos años a un cruel, el que derrocha el tiempo de la vida, que Dios le ha dado, en seguir los caprichos del enemigo que trata de subyugarlo. Y por eso bien dicha está: “No sea que los extraños se enriquezcan con tus bienes y que vaya a parar a casa de otro el fruto de tus sudores”.  Quien emplea el don de la salud corporal y el beneficio de las potencias de su alma, no en la práctica de la virtud, sino en fomentar sus vicios, no invierte el caudal de sus esfuerzos en acrecentar los bienes de su propia casa, sino la de los extraños, esto es, la de los espíritus inmundos, viviendo en la deshonestidad y en loco orgullo, para aumentar con su alma el número de los condenados.  Por eso añade la Escritura: “Por donde tengas al fin que gemir, cuando habrás consumido tus carnes y tu cuerpo”.  Suelen los hombres derrochar en los vicios el don de la salud corporal, y, cuando la ven perdida, y el cuerpo sufre quebrantos, y se aproxima la hora de la muerte, desearían recuperar la salud tan mal empleada y volver a vivir ordenadamente; y entonces es el gemir por no haber querido servir a Dios cuando ya no es posible reparar los estragos de la vida, sirviéndole. Por eso dice el Salmista: “Cuando el Señor hacía mortandad en ellos, entonces recurrían a Él  y acudían solícitos a buscarle”   (Sal 77, 34).

 

Aprendan, por el contrario, los enfermos a considerarse tanto más allegados a Dios, cuanto más los azota el flagelo de la tribulación; pues si Dios no deseara adoptarlos por herederos, corrigiéndolos, no se empeñara en amaestrarlos en la escuela de la desgracia.  A este propósito dice el Ángel del Señor a San Juan: “Yo a los que amo los reprendo y castigo” (Ap 3, 19).  Y en otro lugar dice la Escritura: “No rehuses, hijo mío, la corrección del señor, ni desmayes cuando Él te castigue. Porque el Señor castiga a los que ama y  en los cuales tiene puesto su afecto, como lo tiene un padre en sus hijos” (Pr 3, 11).  Y añade el Salmista: “Muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor”.  Y el bienaventurado Jb exclama en el colmo de su dolor: “Si yo fuere justo, no levantaré mi cabeza, estando como estoy agobiado de aflicciones y de miserias” (Job, 10, 15).  Sepan, pues, los enfermos que, si consideran el cielo como su verdadera patria, es necesario que sufran contrariedades en ésta, como en tierra extranjera.  Por eso, así como las piedras empleadas en la construcción del templo de Dios eran labradas lejos, para colocarlas luego en su lugar sin ruido de herramientas; así nosotros somos labrados a fuerza de tribulaciones lejos del cielo, para que después podamos ser colocados en el templo eterno de Dios sin el ruido de los golpes de la prueba; de modo que todo aquello que sobra ahora en nosotros, lo desbaste y cercene el golpe del dolor, y sólo nos una entonces en el edificio celestial la juntura y armonía de la caridad.  Considere el enfermo cuántos trabajos no preceden aquí en la educación de los hijos, a la posesión por parte de éstos de sus herencias terrenas.  ¿Por qué, pues, hemos de llevar a mal el castigo y la tribulación que Dios nos manda, si por ese medio tenemos asegurada la herencia del cielo y nos libramos de los eternos tormentos del infierno?  Acerca de esto, escribe San Pablo: “Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieron y los respetábamos y amábamos ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida eterna?  Y a la verdad, aquellos por pocos días nos castigaban a su arbitrio, mientras éste nos amaestra en aquello que sirve para hacernos santos” (Hb 12, 9 sg).

 

Aprendan los enfermos a considerar que las dolencias del cuerpo vienen a redundar en beneficio del alma, pues obligan al espíritu a volver sobre sí mismo para conocerse, y mientras el goce de la salud la malea, la enfermedad le da saludables lecciones; de tal suerte, que el alma orgullosa y levantisca, al experimentar las molestias corporales a que está sujeta, se reduce a mayor cordura.  Todo lo cual se nos advierte por los contratiempos ocurridos a Balaam en su viaje, cosa que le hubiera  aprovechado a él también si hubiera querido acatar las órdenes de Dios  (Nm 22, 23).  Sucedió que, al querer Balaam realizar sus designios, se lo impidió la burra en que iba montado; se detiene el animal, obligado por una fuerza misteriosa, y ve delante de sí al Ángel a quien el jinete, con ser racional, no alcanzaba a ver.  Del mismo modo, el cuerpo que está afligido por dolencias, advierte al alma que tales tribulaciones vienen de Dios, cosa que antes el alma sola, si bien es la que vivifica y gobierna al cuerpo, no había notado, y así el cuerpo desbarata los planes del espíritu ambicioso y embebecido en los negocios del mundo y, en cierto modo, se le atraviesa en el camino que lleva, hasta revelarle la fuerza divina invisible que se le opone.  Con razón dice a este propósito San Pedro: “Tuvo Balaam, quien reprendiese su sandez y mal designio; una bestia de carga, en que iba montado, hablando en voz humana, refrenó la necedad del profeta” (2 P 2, 16). El hombre necio recibe lecciones de la cabalgadura, y el alma ensoberbecida se ve forzada a aceptar, del cuerpo atenazado por el dolor, el buen consejo que nunca debiera haber olvidado. Pero a Balaam no aprovechó el don de esta corrección porque, yendo con el propósito de maldecir al pueblo de Dios, cambió las expresiones pero no cambió su dañada intención.

 

Recuerden los enfermos las excelencias de sus dolores corporales, que no sólo los purifican de sus antiguos pecados ya cometidos, sino que los apartan de otros que pudieran cometer, y que, si bien sólo tocan a la envoltura exterior del cuerpo, cauterizan con la penitencia el alma interiormente quebrantada.  Escrito está:  “Por las heridas púrganse los males y con incisiones que penetren hasta las entrañas” (Pr 20, 30).  Pues bien, así como por las heridas se alivian las enfermedades, así la prueba del dolor borra los pecados cometidos o planeados. Con el nombre de entrañas suele entenderse el alma misma, pues, así como en las entrañas se digieren los alimentos, así también el alma, en contacto con sus penas, las madura.  Que en esta sentencia de la Escritura las entrañas simbolizan el alma, se colige de lo que está escrito en otro pasaje: “El espíritu del hombre es una antorcha divina que penetra todos los secretos de las entrañas” (Pr 20, 27).  Que es como decir: Cuando la luz de la inspiración divina penetra en el alma del hombre, la llena toda de sus esplendores y la hace conocerse así misma; mientras que, antes de la llegada del Espíritu Santo, estaba cargada de torcidas intenciones y malos pensamientos, sin saber darse cuenta de ellos. Que la irritación de la herida y las incisiones operadas en lo más profundo de las entrañas hacen desaparecer el mal significa que, cuando sufrimos quebrantos materiales, la soledad y la aflicción nos hacen tornar sobre el recuerdo de nuestros propios pecados y aparecen ante nuestra vista todas nuestras malas acciones pasadas y, al considerar lo que sufrimos en el cuerpo, nos dolemos de nuestros extravíos en el fondo del alma y viene a resultar que, por medio de las abiertas llagas del cuerpo, vamos sintiendo alivio de las ocultas heridas de las entrañas, así como la oculta llaga del dolor va purificando los efectos de las malas obras.

 

Aprendan los enfermos, para mantenerse en la paciencia, a considerar incesantemente cuántos dolores soportó nuestro Divino redentor de parte de sus propias criaturas: los baldones e injurias que padeció, las puñadas que tuvo que recibir de sus verdugos, para arrebatar de manos del antiguo enemigo las almas que caen cada día cautivas en su poder; que no apartó su rostro de las salivas de los impíos, Él, que a nosotros nos lava en las aguas saludables del bautismo; que resistió en silencio los azotes, para librarnos con su mediación de los suplicios eternos; que, para merecernos la gloria perdurable entre las jerarquías de los ángeles, recibió afrentosas bofetadas; que, para preservarnos de los punzadores tormentos merecidos por el pecado, no titubeó en someter su cabeza al suplicio de las espinas: que, para embriagarnos en las eternas dulzuras del cielo, apuró sediento las amarguras de la hiel; que, siendo igual al Padre en la divinidad, se postró en adoración delante de Él por nosotros y guardó silencio cuando le adoraban por burla; que, para devolver la vida a las almas muertas a la gracia, siendo Él la vida misma, se sometió a la muerte.  ¿Cómo estimar penoso que el hombre acepte de Dios tribulaciones en pago de sus maldades, cuando Dios mismo hubo de aceptar de los hombres malos tratos en pago de sus bondades? ¿Quién, que tenga sano el juicio, ha de ser tan ingrato que se duela de sus quebrantos, cuando Aquél que llevó su vida sin pecado, no pasó por el mundo sin adversidades?