Que nadie se engañe, el problema de la pornografía no se circunscribe solo a los menores. En realidad, es un problema de esta sociedad, de su cultura, valores y virtudes y de la forma en que el gobierno -los gobiernos de la policrisis- abordan la cuestión.

Ahora el gobierno Sánchez -su ministra portavoz, Pilar Alegría- ha anunciado que se llevarán a cabo medidas para impedir que los menores puedan acceder al porno por medio de internet, de eficacia más que dudosa. Una vez más, se anuncian medidas que no están preparadas.

Se quiere evitar que los menores accedan al porno sin que esto afecte a los adultos. Para conseguirlo es necesario poner a punto una aplicación (app) que aún debe ser desarrollada; no existe. Lo correcto hubiera sido efectuar el anuncio cuando estuvieran en condiciones de aplicarlo; no es el caso. Por consiguiente, primero será necesaria la aplicación, una especie de “pasaporte” digital que regule si el usuario es mayor o menor de edad. Se desconoce cómo, pero lógicamente exigirá una identificación previa y la garantía de que no se produce una suplantación en su obtención. No han dicho como será.

Pero aquella parte de la historia no servirá de nada si las webs porno, los buscadores y las redes sociales no asumen la aplicación del “pasaporte digital”, lo cual no es nada fácil dado que no existirán ni sanciones ni obligación. Peor todavía, como la regulación tendrá un ámbito español, es perfectamente viable utilizar puentes digitales que obvien este criterio. Por otro lado, ya existen instrumentos de este tipo al alcance de las familias, que podrían ser fomentados y que hasta ahora han tenido un éxito regular. Los antecedentes del propio gobierno Sánchez, con su fracaso con la cara app para control e información de la pandemia, señala cómo puede acabar todo esto, que parece más una escenificación que una política pública destinada a obtener resultados.

En el trasfondo de toda esta cuestión, late otro problema que el gobierno ni se plantea y que auspicia en mayor medida el fracaso: el porno como problema considerado en su conjunto, y no solo limitado a los menores. La razón es doble, una referida a los niños y adolescentes y otra a los adultos.

Referido a los primeros, se trata de por qué el hijo o el alumno va a cortarse un pelo si la pornografía es celebrada por la cultura hegemónica de la progresía y puede que sus padres o profesores sean consumidores. Si la educación sexual en la escuela tiene como práctica fundamental enseñarles a mantener relaciones sexuales sin riesgo de embarazo y de contraer enfermedades de trasmisión sexual, porque la relación sexual temprana está bien vista por ser fuente de placer, ¿por qué van a controlar un acceso a una satisfacción de este orden que, en muchos, sobre todo varones, ocasiona la pornografía? Si hasta nuestros comentaristas y medios de comunicación sostienen que hay una “pornografía sana, ética” y otra que no lo es, ¿por qué han de cortarse? ¿O es que acaso el porno no es también nocivo en los adultos? Mientras se niegue esta evidencia, el porno en menores tendrá difícil solución, como lo tenía el tabaquismo a pesar de su prohibición hasta que su consumo no fue restringido en los adultos.

Los estudios internacionales señalan como mínimo ocho problemas graves en el consumo pornográfico que se acentúan en los menores, pero también afectan a los adultos:

1. Fomenta la degradación de las personas involucradas, especialmente de las mujeres y los niños, que son vistos como objetos sexuales y no como seres humanos con dignidad y derechos.

2. Explotación. Otra crítica importante es que la industria de la pornografía a menudo está vinculada a situaciones de explotación y abuso.

3. Cosificación. Uno de los principales argumentos críticos es que la pornografía contribuye a la cosificación de las personas, especialmente de las mujeres. Al presentar a las personas como meros objetos para el placer sexual -lo cual es fuente de dificultades en unas reacciones normales-, estimula la violencia.

4. Limita significativamente la definición de belleza y sexo y, por lo tanto, margina la experiencia sexual femenina, que es más diversa y compleja que la que se muestra en las imágenes pornográficas.

5. Minimiza el impacto de la violencia sexual, normalizando y trivializando actos como la violación, el incesto, la pedofilia, el sadismo o el masoquismo, que pueden causar graves daños físicos y psicológicos a las víctimas.

6. Provoca problemas de salud mental y física en los consumidores habituales, como la depresión, la ansiedad, la adicción, la disfunción eréctil, la incapacidad para alcanzar el orgasmo, la insatisfacción con la pareja, el aislamiento social o el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual.

7. Distorsiona la visión de la sexualidad y las relaciones afectivas, reduciéndolas a un mero acto mecánico y egoísta, sin tener en cuenta los sentimientos, el respeto, el compromiso, la comunicación o el amor que deben caracterizar una relación sana y plena.

8. Aliena las relaciones sexuales en la vida real al afectarla negativamente. Las representaciones poco realistas y exageradas en la pornografía pueden generar expectativas poco realistas en cuanto al comportamiento sexual y la apariencia física, lo que podría ocasionar daños en la intimidad real.

La pornografía no puede tratarse como un ejercicio de libertad porque, además de razones morales, que deben formar parte del debate público porque la noción de bien es la esencia de este, existe la causa del daño, propio y a terceros, que invalida toda razón para su ejercicio libre.

Publicado en La Vanguardia.