... y empieza a cansar el ensañamiento de los medios.
 
Cuando Benedicto XVI visitó un albergue de la Cáritas diocesana de Roma, a mediados del pasado mes de febrero, no pasaron desapercibidas las lágrimas que corrieron por sus mejillas cuando una sencilla mujer le pidió que «resista a las fatigas del mundo», para luego asegurarle sus oraciones. Ser Papa no es un privilegio. Y vaya que se necesita no poca fortaleza para serlo en los tiempos que corren.

Y los tiempos que corren parecen nada halagüeños, además de «inducir» a la tristeza, a la desesperanza y a la increencia. El tema recurrente de las últimas semanas –ya sobradamente conocido y magnificado por la práctica unanimidad de la prensa internacional– ha venido ya no sólo a golpear a la figura del sacerdocio (regalando estampas que parecerían dejar en la orfandad de testimonios a los creyentes católicos de hoy) sino también a ensañarse con la figura del mismísimo Papa.

No ha importado el tener que recurrir a los vericuetos y componendas dudosamente deontológicas, con tal de publicar reportajes falsos, falaces y calumniosos. Y no ha sido poco querer mezclar directamente a una persona –la de Joseph Ratzinger, atentando contra su derecho a la honra– sin más pretexto y mayor soporte que el del rumor. Tan sencillo que hubiera sido reflejar la verdad o no precipitarse a publicar calumnias.

Ahora toca el turno a The New York Times quien con saña vierte mentiras sobre el Papa y el secretario de Estado. No hace falta extenderme pues más abajo podrán leer el artículo que a propósito redactó Massimo Introvigne para responder a ese periódico de marcado cariz anticristiano. Después coloco la nota de la sala de prensa de la Santa Sede por si alguna duda queda.

Ojalá que, sin dejar de reprobar el mal objetivo de algunos miembros de la Iglesia, podamos sumarnos a la defensa de un hombre –el Papa– que necesita nuestra solidaridad activa y nuestro cariño militante. Quizá así podamos llegar a ser cireneos de Benedicto XVI y logremos que, como le decía aquella mujer romana, «resista las fatigas del mundo». Así, además, sus lágrimas no serán en balde.


 
 
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El lobby laicista contra el Papa. El gran bulo del «New York Times»
Por Massimo Introvigne

Si hay un periódico que me viene a la mente cuando se habla de lobbies laicistas y anticatólicos, este es el New York Times. El 25 de marzo de 2010, el diario de Nueva York ha confirmado esta vocación suya con un increíble bulo relativo a Benedicto XVI y al cardenal secretario de Estado Tarcisio Bertone.

Según el diario en 1996 los cardenales Ratzinger y Bertone habrían ocultado el caso, señalado a la Congregación para la Doctrina de la Fe por la archidiócesis de Milwaukee, relativo a un cura pedófilo, Lawrence Murphy. Increíblemente – tras años de precisaciones y después de que el documento fue publicado y comentado ampliamente en medio mundo, desvelando las falsificaciones y los errores de traducción de los lobbies laicistas – el New York Times acusa aún a la instrucción Crimen sollicitationis de 1962 (en realidad, segunda edición de un texto de 1922) de haber actuado para impedir que el caso Murphy fuese llevado a la atención de las autoridades civiles.

Los hechos son un poco distintos. Alrededor de 1975 Murphy fue acusado de abusos particularmente graves y desagradables en un colegio para menores sordos. El caso fue inmediatamente denunciado a las autoridades civiles, que no encontraron pruebas suficientes para proceder contra Murphy. La Iglesia, en esta cuestión más severa que el Estado, continuó sin embargo con persistencia indagando sobre Murphy y, dado que sospechaba que fuese culpable, a limitar de diversos modos su ejercicio del ministerio, a pesar de que la denuncia contra él hubiese sido archivada por la magistratura correspondiente.

Veinte años después de los hechos, en 1995 –en un clima de fuertes polémicas sobre los casos de los «curas pedófilos»– la archidiócesis de Milwaukee consideró oportuno señalar el caso a la Congregación para la Doctrina de la Fe. El señalamiento era relativo a violaciones de la disciplina de la confesión, materia de competencia de la Congregación, y no tenía nada que ver con la investigación civil, que se había llevado a cabo y que había concluido veinte años antes. Se debe también observar que en los veinte años precedentes a 1995 no había habido ningún hecho nuevo, o una nueva acusación hacia Murphy. Los hechos de los que se discutía eran aún aquellos de 1975. La archidiócesis señaló también a Roma que Murphy estaba moribundo. La Congregación para la Doctrina de la Fe ciertamente no publicó documentos y declaraciones veinte años después de los hechos, sino que recomendó que se continuase limitando las actividades pastorales de Murphy y que se le pidiese que admitiera públicamente sus responsabilidades. Cuatro meses después de la intervención romana, Murphy murió.

Este nuevo ejemplo de periodismo basura confirma cómo funcionan los «pánicos morales». Para enfangar a la persona del Santo Padre se remueva un episodio de hace treinta y cinco años, conocido y discutido por la prensa local ya a mitad de los años 70, cuya gestión – en cuanto era de su competencia y un cuarto de siglo después de los hechos – por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue canónica y moralmente impecable, y mucho más severa que la de las autoridades estatales americanas. ¿De cuántos de estos «descubrimientos» tenemos aún necesidad para darnos cuenta de que el ataque contra el Papa no tiene nada que ver con la defensa de las víctimas de los casos de pedofilia – ciertamente graves, inaceptables y criminales, como Benedicto XVI ha recordado con tanta severidad – sino que intenta desacreditar a un Pontífice y a una Iglesia que molestan a los lobbies por su eficaz acción de defensa de la vida y de la familia?
 
 
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DECLARACION SOBRE EL "CASO MURPHY" Y MONSEÑOR MAGEE

CIUDAD DEL VATICANO, 25 MAR 2010 (VIS).-Sigue el texto completo de la declaración efectuada por el padre Federico Lombardi, S.I., director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, al New York Times, el 24 de marzo de 2010:

«El trágico caso del padre Lawrence Murphy, un sacerdote de la archidiócesis de Milwaukee, afectó a víctimas particularmente indefensas que sufrieron terriblemente por lo que hizo. El padre Murphy, que abusó sexualmente de niños con problemas auditivos, violó la ley, y lo que es más importante, la confianza sagrada que sus víctimas habían depositado en él.

A mediados de la década de 1970, algunas de las víctimas del padre Murphy informaron del abuso a las autoridades civiles, que lo sometieron entonces a investigación; sin embargo, según informa la prensa, esa investigación se abandonó. La Congregación para la Doctrina de la Fe no fue informada de la cuestión hasta una veintena de años más tarde.

Se ha sugerido que en este caso existiría una relación entre la aplicación del "Crimen sollicitationis" y la ausencia de denuncias a las autoridades civiles de los abusos de niños. De hecho, no la hay. En efecto, contrariamente a algunas declaraciones que han circulado en la prensa, ni el Crimen ni el Código de Derecho Canónico han prohibido nunca la denuncia de los casos de abusos de niños a las autoridades de policía.

A finales de 1990, después de más de dos décadas desde que se denunciara el abuso a los responsables de la diócesis y a la policía, la Congregación para la Doctrina de la Fe abordó por primera vez la cuestión de cómo tratar el caso Murphy canónicamente. La Congregación fue informada del asunto porque se trataba de solicitaciones en el confesionario, que constituyen una violación del sacramento de la Penitencia. Es importante señalar que la cuestión canónica presentada a la Congregación no tenía relación con ningún procedimiento potencial civil o penal contra el padre Murphy.

En tales casos, el Código de Derecho Canónico no prevé sanciones automáticas, pero recomienda que se haga un juicio sin excluir incluso la mayor pena eclesiástica de expulsión del estado clerical (cf. Canon 1395, n. 2). Teniendo en cuenta que el padre Murphy era anciano y estaba mal de salud y que estaba viviendo en aislamiento y las denuncias de abuso no se habían notificado durante más de 20 años, la Congregación para la Doctrina de la Fe sugirió que el arzobispo de Milwaukee estudiara la posibilidad de abordar la situación, por ejemplo, restringiendo el ministerio público del padre Murphy, y exigiéndole que aceptara la plena responsabilidad de la gravedad de sus actos. El padre Murphy murió aproximadamente cuatro meses más tarde, sin más incidentes".

Asimismo, ayer 24 de marzo, el obispo John Magee, S.P.S., de Cloyne (Irlanda), emitió un comunicado tras el asenso del Santo Padre a su renuncia al gobierno pastoral de esa diócesis. Sigue el texto:

"El 9 de marzo de 2010 presenté mi renuncia como obispo de Cloyne al Santo Padre. Se me ha informado hoy de que ha sido aceptada y, ahora que me despido, quiero ofrecer una vez más mis más sinceras disculpas a cualquier persona que haya sufrido abusos por parte de cualquier sacerdote de la diócesis de Cloyne mientras yo fui obispo o en cualquier otro momento. Pido perdón y misericordia a aquellos a quienes he hecho daño en cualquier manera o que han sufrido a causa de cualquier omisión mía. Como dije el día de Nochebuena de 2008, tras la publicación del informe de la Junta Nacional para la Protección de los Niños en la Iglesia Católica en Irlanda, asumo toda la responsabilidad por las críticas a nuestra gestión de las cuestiones que figuran en ese informe.

El 7 de marzo de 2009, la Santa Sede nombró a monseñor Dermot Clifford administrador apostólico de la diócesis de Cloyne. Fue la respuesta a mi petición de ser relevado del cargo de la administración de la diócesis para que pudiera concentrarme en la cooperación con la Comisión Investigativa del Gobierno en los procedimientos de protección de menores en la diócesis, en calidad de obispo de Cloyne. Yo, por supuesto, seguirá estando disponible para la Comisión de Investigación en cualquier momento.

También espero sinceramente que el trabajo y las conclusiones de la Comisión de Investigación contribuyan de algún modo a aliviar la situación de los que fueron sometidos a abusos.

Acojo con satisfacción el hecho de que mi dimisión haya sido aceptada, y agradezco a los sacerdotes, religiosos y fieles de la diócesis su apoyo durante mi tiempo como obispo de Cloyne, y les aseguro para siempre un lugar en mis oraciones».