En su libro The Western Case for Monogamy Over Polygamy [El caso occidental de la preferencia de la monogamia sobre la poligamia], John Witte Jr. explora los distintos fundamentos legales y sociales que definen el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer y no la unión de más de dos personas. Analiza con habilidad siglos de razones legales, teológicas y sociales a favor de la monogamia, como también las razones que de manera recurrente surgen en favor de la poligamia, que son rechazadas.



Witte empieza su relato histórico con los antiguos judíos, que permitían la poligamia siguiendo el ejemplo de los patriarcas bíblicos como Abraham, Jacob y Salomón, figuras heroicas que tenían varias esposas simultáneamente. Si la poligamia es algo tan equivocado, ¿cómo podemos explicar el hecho de que el legendariamente sabio "rey Salomón tenía un harén de 700 esposas y 300 concubinas"?

Explicando la Biblia

El precedente bíblico establecido por los patriarcas ha sido utilizado por generaciones de escritores posteriores como justificación para la poligamia, convirtiéndose en un rompecabezas que debía ser explicado a quienes condenaban la poligamia.

Sin embargo, es posible que la poligamia de los patriarcas no sea un ejemplo a seguir, sino una advertencia de lo que hay que evitar. Las historias bíblicas ejemplifican los problemas causados por un matrimonio plural: rivalidad entre las esposas, odio entre los hermanastros, disputas sobre la herencia, incluso guerras. Como observa Witte: "La palabra judía para co-esposa (tzarah) significa literalmente 'problema'". Sigue: "Los polígamos griegos tuvieron las mismas amargas experiencias con la poligamia que los polígamos del Antiguo Testamento".



Las esposas se odiaban entre sí y buscaban la preeminencia para ellas y sus hijos; los hermanastros, rivales, también se odiaban. Pero sobre todo se odiaban las madrastras y los hijastros. Esta dolorosa experiencia llevó a Atenas y a Jerusalén a la misma conclusión.

Posteriormente, en la historia, la enseñanza de Jesús -con su énfasis en el relato del Génesis acerca del matrimonio entre un hombre y una mujer- proporcionó el fundamento teológico para la monogamia. Witte observa: “El Derecho romano mantenía una doble moral sexual: prohibía a las esposas cometer adulterio, pero permitía a los maridos mantener impunemente relaciones sexuales con prostitutas y esclavas. El cristianismo denunció el sexo extramarital en general e hizo un llamamiento a los esposos cristianos a ser fieles el uno al otro".

La monogamia, propia de sociedades desarrolladas

Los escritores cristianos buscaron varias explicaciones a la poligamia presente en el Antiguo Testamento. Tertuliano explica la poligamia como una dispensa temporal otorgada al ser humano para llenar el mundo los más rápidamente posible. Un hombre puede dejar embarazada a varias mujeres, pero una mujer puede quedarse embarazada sólo de un hombre cada vez; por eso la mujer es el factor limitante en la reproducción.  Las mujeres de las sociedades polígamas se casan más jóvenes que las mujeres de sociedades monógamas para poder tener así, en el curso de los años, más niños. Considerada únicamente en términos numéricos, la poligamia es, respecto a la monogamia, un método más eficaz de reproducción humana.

San Juan Crisóstomo considera la poligamia adecuada para sociedades antiguas y primitivas, pero no para sociedades modernas y desarrolladas. Normalmente la poligamia pone en peligro la educación de las mujeres, que se casan antes, y de sus hijos, que tienen madres más jóvenes. Puesto que la educación es más importante en las sociedades modernas que en las sociedades antiguas, menos desarrolladas, la monogamia es más adecuada para las sociedades modernas.

Con los escritos de estos autores patrísticos y la cristianización de la cultura occidental, la enseñanza de la Iglesia acerca de la monogamia y la condena de la poligamia "lentamente fueron adoptados e impuestos" en Occidente. Las mismas normas sobre el matrimonio valían para el rico y el pobre, el rey y el campesino. La igualdad ante la ley del matrimonio se convirtió en la norma.

Edad Media: por la igualdad de la mujer

En la Edad Media, estas normas se reforzaron mediante los escritos escolásticos. Guillermo de Auvernia (fallecido en 1249) argumentó que la equidad natural requería la monogamia para que así cada hombre y cada mujer tuvieran a su disposición potenciales parejas. Si un hombre tiene muchas esposas, otros hombres que deseen casarse no podrán tener ninguna. Esto lleva a un aumento de la violencia, al fraude, la prostitución, el adulterio, la violación y el secuestro, para daño de la sociedad.

Witte dedica mucha atención a las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, según el cual la poligamia viola la bondad del matrimonio convirtiéndolo en la esclavización de las esposas por parte del hombre, en lugar de ser una asociación de iguales y la mayor de las amistades.



Por otra parte, el Beato Juan Duns Scoto pensó que Dios podía dispensar de la poligamia por medio de la Iglesia; otros teólogos como el cardenal Cayetano y San Roberto Belarmino siguieron a Scoto en la presentación de excepciones.

La doctrina oficial de la Iglesia apoyó el punto de vista más estricto. El Papa Inocencio III se preguntó cómo se podía permitir el matrimonio con otra mujer si se está ya casado cuando el Evangelio no permite el matrimonio con otra persona después de un divorcio. El Concilio de Trento declaró que "si alguno dijere que es legal para los cristianos tener varias mujeres al mismo tiempo y que esto no está prohibido por ninguna ley divina, sea anatema".

Enrique VIII y Martín Lutero, primeros que abren la mano

También los protestantes condenaron la poligamia, con unas pocas pero notables excepciones. Enrique VIII consideró la poligamia un modo de resolver su deseo de tener un heredero. Martín Lutero permitió "una dispensa privada para practicar la poligamia" al principe Felipe. En los años treinta del siglo XVI, en Münster, Alemania, los anabaptistas practicaron la poligamia a gran escala, con resultados sangrientos.


Enrique VIII pensó en la poligamia cuando vio que la Iglesia no transigía con su divorcio. En la imagen, caracterizado por Richard Burton en 'Ana de los mil días' (1969), de Charles Jarrott.

Como escribe Witte: "El caso de Münster resultó ser el típico ejemplo de los grandes males que la poligamia había ocasionado en los tiempos bíblicos: violación, matrimonios forzosos, rivalidad dentro de los hogares, abuso de las esposas y los niños, excesos lujuriosos por parte del patriarca, violencia y asesinato, ruptura social y guerra".

La Ilustración, contra la poligamia

Tras los hechos de Münster, todos los cristianos condenaron firmemente la poligamia. Las leyes seculares también castigaron severamente este crimen utilizando distintos modos como la pérdida del derecho a voto, castigos corporales, multas, expulsión perpetua de la comunidad, trabajos forzados, castración, decapitación y lapidación. Witte describe la mentalidad en la Inglaterra del siglo XVII en lo que atañe a la poligamia: "Demasiado a menudo, en los hogares polígamos, las esposas eran tratadas como objetos, explotadas y sometidas a abusos; los hijos eran abandonados, no educados y se les incitaba a rivalizar entre ellos; los hombres estaban demasiado ocupados en la búsqueda lujuriosa y legal de otras esposas para poder atender a sus deberes domésticos o para proporcionar a sus hijos un modelo sano de buena vida moral". No fueron los tribunales religiosos, sino las autoridades civiles las que se pronunciaron firme y decididamente contra la poligamia. Witte declara que  "en 1604, el Parlamento inglés, por primera vez en su historia, hizo de la poligamia un crimen secular en Inglaterra… y un crimen capital".

Los pensadores de la Ilustración proporcionaron argumentos no teológicos. Por ejemplo, Henry Home (1696–1782), del Tribunal Supremo de Escocia, justificaba la monogamia como una expresión de igualdad: "Todos los hombres son por naturaleza iguales en rango; ningún hombre tiene el privilegio sobre otro de tener esposa; por lo tanto, la poligamia es contradictoria" al derecho natural de cada persona de casarse. "Los hombres y las mujeres son iguales por naturaleza, declara Home", escribe Witte. "El matrimonio monógamo está hecho, ciertamente, para respetar esta igualdad de género natural". Pero se puede establecer una igualdad de tipo distinto permitiendo que cada persona tenga el número de cónyuges que acepten este matrimonio. Aunque rechaza la teología revelada, David Hume se declaró contrario a la poligamia porque incitaba a los celos y a la competitividad entre esposas, y dejaba a los niños sin la adecuada atención paterna. La relación entre marido y mujer se rompe cuando el marido busca a nuevas esposas; además, cada esposa es vista como un objeto reemplazable en lugar de ser considerada como una amante y una amiga irremplazable.

Las verdaderas razones: el propio interés

También se han dado razones no teológicas a favor de la poligamia. En los casos en que se necesita que la población aumente rápidamente, la poligamia facilita este crecimiento de una manera más eficaz que la monogamia. Como observa Witte: "La ventaja obvia de la poligamia para repoblar las tierras que en épocas modernas han sido devastadas por la guerra y la enfermedad, o para proporcionar más hogares a niños huérfanos y madres solas, ha mantenido viva la ‘necesidad’ y la ‘utilidad’ de los argumentos a su favor". El interés de hombres poderosos por tener un heredero o simplemente más parejas sexuales "autorizadas" han sido otro de los motivos para defender la poligamia.


John Witte: su estudio muestra las poderosas razones, comprobadas por la experiencia, que han aconsejado a la sociedad occidental prohibir la poligamia.

Witte observa: "En el caso de Occidente, la defensa de la poligamia tiene y ha tenido que ver siempre con un pequeño grupo de hombres que buscan el permiso social, moral y legal para tener y mantener diversas mujeres al mismo tiempo". El interés de una mujer por la poligamia está relacionado con casos de muertes masivas de hombres durante una guerra, lo que ocasiona un aumento en el número de mujeres sin marido.

Los argumentos en favor de la poligamia no tuvieron éxito ni antes ni después de la Ilustración. Como escribe Witte: "En un cierto sentido, los argumentos no religiosos contra la poligamia no eran algo nuevo en la tradición occidental. Ya los antiguos griegos y romanos, mucho antes del nacimiento de Cristo, habían prohibido la poligamia por razones de naturaleza, amistad, eficacia doméstica, convivencia política y muchos más. Estos argumentos no religiosos siempre han sido la base del rechazo occidental a la poligamia".

Los castigos brutales por poligamia incluían ser "marcados en la frente con una 'A' por adulterio, con una 'B' en la mejilla por bígamo" o "que te perforaran la lengua con un hierro candente" como expresión del falso voto hecho con la lengua.

El caso mormón

El libro de Witte incluye un fascinante debate sobre la doctrina inicial (1840) de los mormones respecto a la poligamia, que fue abandonada en 1890. Una ley promulgada en 1882 les quitaba a los polígamos el derecho a votar, a formar parte de un jurado y el acceso a un puesto de trabajo en la administración pública. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos rechazó las peticiones de libre ejercicio de la religión interpuestas por polígamos en los casos Reynolds v. United States (1879), Davis v. Beason (1890) e Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días v. United States (1890).

En el caso Murphy v. Ramsey (1885), el Tribunal Supremo declaró: "Ciertamente, ninguna legislación es más saludable y necesaria para fundar un estado libre y autónomo, adecuado para formar parte de uno de los Estados de la Unión, que aquella que se funda sobre la idea de la familia que surge de la unión para toda la vida de un hombre y una mujer en el estado sagrado del matrimonio; esta es la base segura de todo lo que es estable y noble en nuestra civilización; es la mejor garantía de esa reverente moralidad que es la fuente de todo beneficioso progreso tanto en el ámbito social como político".

La poligamia, germen de abusos

La investigación sociológica contemporánea proporciona suficientes pruebas que justifican la afirmación según la cual la poligamia no es ventajosa para la sociedad. Witte cita el estudio transcultural acerca de la poligamia llevado a cabo en 170 países, que demostró índices mayores de abuso físico y sexual sobre las mujeres como también de mortalidad materna; una esperanza de vida de la mujer más breve; niveles educativos inferiores para niñas y niños; más desigualdad para la mujer como también mayor discriminación; mayores índices de mutilación genital femenina y de tráfico de mujeres y, por último, índices más bajos de respeto de las libertades civiles y políticas para todos los ciudadanos.

A veces se han utilizado contra la poligamia argumentos, a menudo teológicos, que hoy en día no tienen mucha repercusión en la escena pública. El primer argumento contra la poligamia es la consideración del matrimonio como un bien público. El estatus de casado no tiene que ver sólo con las personas individualmente y sus relaciones privadas; el estado reconoce públicamente el matrimonio porque el matrimonio es un componente central del bien común político. Reconocer legalmente la poligamia es una cuestión totalmente diferente a criminalizar a tres o más personas que viven juntas en una relación sexual. Reconocer la poligamia legalmente es pedir el sello gubernamental de aprobación de dichas relaciones como "matrimonios". Debemos preguntar, entonces, si la poligamia es una ventaja o una desventaja para el bien público.

El libro de Witte no es un tratado político o filosófico sistemático contra la poligamia. Más bien proporciona una visión de conjunto sobre lo que se ha dicho durante más de dos mil años de discusión acerca de esta cuestión. La verdad es que la bondad del matrimonio y, a través de éste, de las futuras generaciones está en juego pues todo depende de cómo entendamos el matrimonio y cómo lo definamos legalmente.

Christopher Kaczor es profesor de Filosofía en la Loyola Marymount University y co-autor, junto con su esposa Jennifer, de 'Los siete grandes mitos sobre el matrimonio'.

Publicado en Public Discourse.

Traducción de Helena Faccia Serrano.