Desde 1975, cada 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer a fin tanto de reivindicar a las mujeres como de tomar medidas que promuevan la total igualdad de derechos. Dicho movimiento, que cuenta con el especial apoyo de la ONU, así como de la gran mayoría de los líderes internacionales, parece desconocer que, al menos en Occidente, las mujeres gozamos no sólo de la misma libertad y derechos que los varones, sino de ciertos privilegios, como las llamadas cuotas de género (las cuales dan preferencia, en un cierto porcentaje, a la mujer en las instituciones educativas, en los puestos de trabajo de varias empresas e instituciones y dentro de las administraciones gubernamentales).

A pesar de esto, muchas feministas siguen culpando al hombre de ser el origen y causa de todos los males, habidos y por haber, pues consideran que todos los varones, solo por el hecho de serlo, reciben beneficios económicos, sexuales y psicológicos del llamado sistema patriarcal. Además, consideran que el matrimonio y la familia natural son instituciones creadas por el patriarcado a fin de subordinar a las mujeres, y algunas llegan a calificar la natural heterosexualidad como opresiva para la mujer.

Debido al tan peligroso como absurdo extremismo de muchas feministas, muchas mujeres se han desligado de lo que se conoce como feminismo radical, para abrazar las “nobles ideas” del llamado feminismo moderado. Ya que son muchas las personas que creen sinceramente que el feminismo de la primera ola no atacó ni al matrimonio ni a la familia y que su lucha se dirigió a lograr importantes derechos para las mujeres, como el derecho al voto.

Sin embargo, la realidad es que el movimiento feminista está corrompido de raíz dado que éste surgió como una extensión del perverso movimiento socialista. Es sabido que Marx y Engels, al igual que otros conocidos socialistas, compartieron su rechazo por la institución de la familia natural y promovieron, vehementemente, la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa. De ahí el postulado marxista de abolir la familia, ya que en ésta, de acuerdo con Engels, el hombre es el burgués y la mujer representa al proletariado. Por eso considera que sólo la esposa proletaria, capaz de ganar un salario por su trabajo, puede romper el ciclo de explotación pasando de la esfera privada, donde su trabajo no tiene valor, a la esfera pública, donde ellas también pueden beneficiarse de su trabajo.

Trotsky, que pusiera en práctica las ideas de ambos, escribió en La revolución traicionada: “La revolución trató heroicamente de destruir el antiguo 'hogar familiar' corrompido, institución arcaica, rutinaria, asfixiante, que condena a la mujer de la clase trabajadora a los trabajos forzados desde la infancia hasta su muerte.”

En los Estados Unidos, las pioneras y reconocidas sufragistas Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton (íconos de la mayoría de las feministas conservadoras) negaron las evidentes diferencias biológicas y psicológicas entre ambos sexos y sostuvieron que los hombres y las mujeres tienden a comportarse de manera diferente debido al condicionamiento social. Asimismo, consideraban que la posición de la esposa era más dependiente y degradante que cualquier otra condición de la mujer, debido a su subordinación al marido. Por ello, promovieron la independencia de la mujer a través del trabajo fuera de casa de tal manera que tanto el matrimonio como la formación de una familia pasasen de ser el principal objetivo de las jóvenes, a ser tan solo un incidente más en la vida de la mayoría de las mujeres. A través de su periódico, La Revolución [The Revolution], atacaron al matrimonio tradicional que, según ellas, convertía a la mujer en una esclava (de casarse con un hombre pobre) o en una muñeca (de casarse con un rico caballero). Cady Stanton afirmó que, incluso en los mejores matrimonios, las mujeres eran meras sirvientas o amantes y en las peores situaciones, vivían como esclavas o prostitutas. Como vemos, su postura en relación con la familia es muy similar a la de los mencionados socialistas.

En unos de sus más famosos discursos, Stanton afirmó: “El conservadurismo grita que vamos a destruir la familia. Los tímidos reformadores responden que la igualdad política de la mujer no cambiará esto. Ambos están equivocados. La revolucionará por completo. Cuando la mujer es igual al hombre, la relación matrimonial no puede sostenerse sobre la base en que se encuentra hoy. Pero este cambio no la destruirá… El cambio no es muerte, ni el progreso es destrucción”.

Se equivocó: el cambio ha traído la muerte (con el aborto). Pues debido a que la mujer actualmente ya no es valorada por lo que es capaz de crear, sino por su aportación material, muchas mujeres, renegando de su naturaleza maternal, ven hoy en día en los hijos un estorbo que hay que eliminar, o al menos limitar, a fin de poder “realizarse” en una carrera que además, para la mayoría, se reduce a un trabajo tedioso y medianamente renumerado. Asimismo, el tan cacareado progresismo está destruyendo el matrimonio y por ende a la familia pues la igualdad, que ha buscado hacer intercambiables los roles del hombre y de la mujer, ha sustituido la complementariedad y la ayuda mutua por la competencia y la desconfianza. De ahí el altísimo porcentaje de matrimonios que terminan en divorcio y la falta de esperanza en muchos jóvenes que ya no desean ni casarse ni tener hijos.

Es hora de reconocer que el feminismo es enemigo de la mujer, y por ende, del matrimonio y de la familia. La situación de la mujer (y del hombre) no mejorará tomando las calles ni a través de nuevos derechos, sino formando auténticos hogares cristianos. Como nos recuerda Fulton J. Sheen: “Cuando un hombre ama a una mujer, tiene que hacerse digno de ella. Cuanto más alta es su virtud, más noble su carácter, más devota es a la verdad, a la justicia, al bien, más debe aspirar el hombre a ser digno de ella. La historia de la civilización podría escribirse en términos del nivel de sus mujeres”.