El endiosamiento humano ha engendrado, inevitablemente, cierta sensación de que Dios ya no es necesario. El hombre ha creado ideologías y tecnologías que lo hacen omnímodo y caprichosamente tiránico, permitiéndole satisfacer sus pulsiones de forma inmediata; ha llegado, incluso, a descifrar el álgebra genética que, supuestamente, le permitirá (risum teneatis) prolongar su vida hasta hacerla inmortal. Diríase que el hombre contemporáneo se hubiese esforzado por abolir de su vida a ese Ser Omnipotente que rige la Historia, para convertirse en monarca absoluto de su propia vida. Pero, simultáneamente, estamos asistiendo a un poderoso resurgimiento del espiritualismo en versiones variopintas y turulatas. Paradójicamente, este hombre endiosado que creía haber encontrado una solución científica a los enigmas más sobrecogedores ha empezado a inventarse otros enigmas más pueriles que lo mantienen en un estado de penosa orfandad. Así, la fe de nuestros mayores ha sido suplantada por un conglomerado de supersticiones emotivistas que se mueven entre el esperpento y la trivialidad.

Esta suplantación perfectamente mentecata ha dejado su huella en el cine y en las series. Cada vez resulta más infrecuente tropezarse con películas o series de asunto estrictamente religioso, pues se supone que este tipo de zozobras e inquietudes han dejado de agitar las conciencias contemporáneas; en cambio, el aluvión de películas y series dedicadas a las mamarrachadas gnósticas y esotéricas, a los fenómenos paranormales, a las abducciones extraterrestres y demás paparruchas seudorreligiosas propende al infinito. Muchas de estas series y películas introducen una imaginería religiosa devaluada, una especie de mistificación kitsch (donde cabe desde la empanada mental budista hasta el potaje seudocatólico) que, sin embargo, no alcanza el rango de blasfema. La blasfemia, en arte, requiere algo más que un mero afán provocador, algo más que una mera tendencia a trivializar los misterios sobre los que se asientan los dogmas religiosos. No blasfema quien quiere, sino quien puede.

El hombre es un animal religioso, no puede vivir sin asomarse al misterio. Pero la credulidad contemporánea, en lugar de asomarse humildemente al misterio supremo, se conforma con cultivar una serie de misterios subalternos, misterios de pacotilla aderezados de supersticiones, misterios trivializados, banalizados y sentimentalizados. Frente a la tendencia ascendente que nos invitaba a aproximarnos al misterio supremo, hoy queremos que el misterio descienda hasta nosotros, convertido en papilla de fácil digestión. Un ejemplo notorio de esta tendencia propia del hombre endiosado es la horrenda serie The Chosen (muy apreciada por el catolicismo pompier), cuya inepcia artística se agrava con un empeño repulsivo por 'humanizar' la figura de Jesús, tornándola más 'accesible', más 'cotidiana', más 'humana', hasta sumirla en un barrizal de emotivismo inane. Este empeño por 'naturalizar' lo sobrenatural, haciendo del misterio algo cotidiano, lo encontramos también en las muchas películas y series de asunto fantasmal. Antaño, cualquier película de fantasmas incorporaba a su resolución formal una serie de características (creación de atmósferas góticas, etcétera) que la convertían en un artefacto que preconizaba la irrealidad y la fantasmagoría; hoy, en cambio, esas películas se revisten con los ropajes de un naturalismo cotidiano, porque el espectador ha aceptado la existencia de espectros. La gente ha dejado de creer en la inmortalidad del alma o en la resurrección de la carne, pero en cambio profesa una fe obstinada y a machamartillo en los espíritus sonámbulos. Si reparamos en las películas protagonizadas por ángeles, apreciaremos otro cambio significativo: mientras los ángeles del cine clásico (pensemos en películas como ¡Qué bello es vivir!) viajaban a la tierra para ejecutar una misión divina, los ángeles del cine actual descienden hasta nosotros con la mera intención de vivir pasiones humanas. Poco a poco, se está imponiendo una mistificación entre lo cotidiano y lo sobrenatural, cuya frontera hasta hace bien poco estaba bien definida, aunque admitiese excepcionales interferencias.

Esta confusión de ámbitos viene a corroborar cierto proceso de descomposición antropológica. Al haber renegado de Dios, los resabios religiosos del hombre endiosado se han desbordado en un maremágnum de creencias superferolíticas, trufadas de emotivismo espiritualista y aproximaciones cursis a las regiones de ultratumba, que cada vez se parecen más a una urbanización para pequeños burgueses. No tengo ninguna duda de que este proceso de descomposición desembocará en la barbarie.

Publicado en XL Semanal.