Tres ideas, tres palabras, tres realidades que, desaparecidas de la vida humana, quedaría ésta sin calor, sin sentido, vacía.

Tres realidades en interrelación.

Dios es Padre (madre) y es amor. La madre es la sombra de Dios en la familia y la más pura imagen humana del amor de Dios. El amor es… no sé decirlo: pero pienso que se parece a un suave y embriagador aroma que inunda el ser y lo entrega al amado sin reservas para fundirse en uno, pero sin confusión. Como en Dios y como en la madre.

Pero esta sociedad, a fuerza de seguir en el camino de la deshumanización, ha dado la espalda a Dios, se empeña en negar la maternidad y ha degradado el amor hasta confundirlo con el puro gozo biológico sexual. Se habla del posthumanismo, ¿hemos entrado ya?

Dios

La sociedad ha rechazado a Dios, pero ha creado muchos dioses, ídolos, porque pienso que no es posible vivir sin algo a lo que se rinda culto; somos criaturas.

Desprecia a Dios, pero adora a futbolistas. Desprecia a Dios, pero adora a cantantes de macroconciertos. Desprecia a Dios, pero vive para el dinero, el sexo o el puesto de relevancia. Son metas con muy poco recorrido y poca capacidad de llenar el ansia de felicidad eterna. Es más, cada acto de “adoración” a esos ídolos deja mayor vacío. Y es que sólo Dios, que es amor, “el amor”, puede llenar este corazón con ansias de eternidad. Muchas cosas, las más importantes, son como son, sin que den lugar a sustitución ni a eliminación.

El salmo 135 lo expresa perfectamente: “Nuestro Dios está en el cielo, lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas: tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tienen nariz, y no huelen; tienen manos, y no tocan; tienen pie, y no andan; no tiene voz su garganta: que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos”.

Amor

Una mirada superficial da la impresión de que vivimos en una sociedad en la que el amor es una de sus virtudes. Las múltiples ONG, las continuadas leyes a favor de los ancianos, los discapacitados, las mujeres, los niños, la ayuda prestada en las catástrofes naturales o accidentales, serían su muestra. Como las donaciones de todo género y para múltiples causas, a veces cuantiosas; aunque, puestas en relación con el gasto superfluo, resultan muy exiguas. No podemos negar estos hechos ni en ellos una parte de sincera sensibilidad humana.

Pero si extendemos la mirada y consideramos mejor las cosas, es obligado hacer algunas precisiones. Los ancianos reciben pensiones, es de justicia, pero los retiramos de la circulación y los “aparcamos” en residencias. A tal fin, se construyen lugares más o menos apropiados con precios más o menos asequibles, pero separados de la familia. En un momento en el que las necesidades son mayores y el calor de los suyos más necesario. Dígase lo mismo de los discapacitados.

Es evidente que existen casos y situaciones en los que no es posible atenderlos en la familia, pero esto no debería ser la norma, sino la excepción. Es más, es preciso admitir que hoy, de forma muy general, es difícil atender en casa a los ancianos y necesitados de ayuda, entre otras cosas porque trabajan fuera todos los miembros de la familia. Pero esto nos lleva a una pregunta: ¿qué sociedad hemos construido en la que no se puede atender y dar cariño a los más cercanos en los momentos de mayor necesidad? Nos jactamos del progreso, pero parece ser que no es precisamente en algo tan importante como el amor. El Estado debiera arbitrar las cosas para que fuera posible la atención en esos momentos en los que el amor, sobre todo de la familia, es un alivio y remanso necesario de paz. En todo caso debería tenerse en cuenta la situación especial de las familias que optaran por tenerlos en casa y poner los medios para que la situación, a veces tan onerosa, se pudiera aligerar.

Junto a esta realidad, pero en el otro extremo, está la situación de los niños que desde su más tierna edad son llevados a los colegios, donde, como mínimo, permanecen cinco horas, más una si comen allí. En muchos casos, mucho más tiempo. Las madres se privan del dulce cuidado de sus hijos y estos de la presencia insustituible de la madre. Los animales, especialmente los mamíferos, cuidan con una cercanía especial estos primeros pasos. Se pierden los años más hermosos y ricos de la madre y de los hijos.

Una mirada más profunda y más amplia nos puede descubrir un mundo todavía mucho más frío y oscuro.

Si existe amor o simplemente la mínima sensibilidad, ¿cómo puede entenderse que se aprueben leyes como el divorcio, la eutanasia o el aborto, leyes como el cambio de sexo por simple gusto? Con el agravante de poder abortar, cambiar de sexo y registrarse a los 16 o 17 años sin el consentimiento de los padres.

El amor auténtico no admite plazos ni condiciones, es una entrega para siempre y sin condiciones; pero el divorcio supone una o ambas cosas. ¿Se entendería una madre que dijera del hijo que lleva en sus brazos que lo amará mientras le vaya bien con él o hasta que tenga otro?

¿Cómo puede hablarse de amor y a la vez quitar la vida a seres humanos inocentes, 88.269 en el año 2021, según la Dirección General de Salud Pública (más que una ciudad como Guadalajara)? ¿Cómo es posible que el ser humano haya llegado a tal dureza de corazón? No me extraña que los autores de la ley rechacen que la madre pueda ver a su hijo en su seno durante el embarazo. Si ve el palpitar de esa vida que anida en sus entrañas, tiene que resultar demasiado duro darle muerte.

Pero el odio a la vida sigue. ¿Cómo se puede admitir que bajo la sombra de evitar sufrimientos se pueda dar muerte a enfermos terminales, incurables? Y no sólo cuando uno lo pide, sino que, como ocurre con frecuencia, el Estado decide por su cuenta que esa vida termine. El dolor hoy es evitable. ¡Y pensar que no hace todavía un siglo eso horrorizó al mundo! Entonces fue por una ideología, hoy... ¿por “evitar el dolor” o porque se trata de gastos “inútiles”?

Ahora estamos con la ley “trans”. O sea, que uno puede cambiar de sexo (de género) como de vestido, con la máxima facilidad. ¿Tan poco respeto tenemos hacia una realidad tan importante como es el sexo, la propia identidad? ¿Se sopesan las consecuencias negativas?

Por debajo de esta blanca espuma de sensibilidad humana, de “amor”, en esta sociedad hay una gruesa y extensa capa de hielo.

Madre

Una ideología moderna, en contra de la biología, la psicología y la ciencia en general, además de contra el consenso continuado, con la idea de igualar la mujer al hombre hasta en lo que son inigualables, se opone a la maternidad. La maternidad es una diferencia que, según esta ideología, condiciona a la mujer “negativamente” en relación al varón. En consecuencia, es preciso terminar con la maternidad. No caen en la cuenta de que con ello niegan lo más específico de la mujer, lo más hermoso, lo más grande humanamente hablando, lo que hace que supere al varón inmensamente. ¿Hay algo más grande sobre la tierra que engendrar y dar a luz a un ser humano, que es lo más grande de la creación visible? ¿Hay algo más bello, que mejores sentimientos despierte, que más amor provoque que una madre cobijando al hijo en su seno? Hasta en los animales nos emociona esta imagen.

La mujer lleva impresa la maternidad en lo más íntimo de sus células, sobre todo en su corazón. ¿Se han fijado cómo una niña, aun de muy corta edad, toma en sus brazos un niño, cómo lo acaricia y las cosas que sabe decir? Un niño, un hombre es incapaz.

Esta oposición a la maternidad, por desgracia, no está sólo en los defensores de la ideología que hemos indicado, sino en la masa. Si no fuera porque ha penetrado en la conciencia de la masa no habría llegado al término tan alarmante al que ha llegado en España: 1,23 hijos por mujer en 2020. Estamos en la sociedad del “bienestar”, al menos como fin. Y, para una sociedad materialista cuyo objetivo es “el bien vivir”, los hijos resultan un gasto y no dejan la libertad a la que aspiran.

Por este camino ¿a dónde hemos llegado? ¿Adónde vamos? A la desaparición de la sociedad. Porque si se deja la reposición a la inmigración y no hay capacidad de integración, se da lugar a otra sociedad. ¿Se procederá a la generación in vitro? En tal caso, el matrimonio, como decía cierto escritor, se convertirá en “el cruce de dos egoísmos”; tendríamos hijos sin padres y un hogar sin calor de amor. Con el mínimo de hijos, el mínimo de hermanos y la familia achicada al máximo, en el amor y en tantas otras cosas. Sobre todo en este momento en que ha desaparecido la familia extensa.

Al hablar de la maternidad, necesariamente hemos hablado de la madre. Pero este silencio sobre el padre de ninguna manera debe entenderse como una infravaloración. Quede claro que todo hijo que viene a la vida de modo normal viene con la cooperación de una madre y un padre. Y padre y madre son necesarios para un desarrollo normal de la persona. También aquí son complementarios. Arrastrada por ideologías poco o nada conformes con la ciencia y contrarias a la experiencia, la figura del padre ha sufrido una ridícula y negativa valoración. Cosa que incide peyorativamente en la formación de los hijos y en la misma sociedad. Es hora de tomar conciencia.

Palabras finales

Sin Dios, la andadura de la vida humana es un pesadilla que termina en el ineludible precipicio de la muerte. Desechar a Dios de la vida es tanto como quedar en un inmenso desierto sin brújula ni referencia alguna

Sin amor verdadero, el hombre es como un motor sin lubrificante, chirría enseguida y pronto queda bloqueado. El amor es el aceite que suaviza la vida. Es un sol de primavera que hace estallar la naturaleza en vida y belleza. Sin amor, la vida humana es un paisaje lunar.

Madre es la primera palabra que pronunciamos y la que más repetimos, la palabra a la que recurrimos en los momentos de dolor o de dificultades. La madre es calor, acogida, comprensión, brazos y corazón siempre abiertos. La encarnación más pura del amor humano.

¿Dónde estamos si perdemos estas bases fundamentales de la vida humana? ¿Adónde vamos si continuamos por esta deriva? A la negación del hombre. ¿No nos hablan ya del posthumanismo? ¿Algunos del posthombre?