No podemos negar que la relación entre la Iglesia valenciana y la Generalitat sean muy estrechas, porque lo son. No lo podemos negar, así como tampoco que el presidente Francisco Camps no pasa por su mejor momento. Las cosas como son, señores, hay una buena relación, como si ello fuese un pecado. Un buen entendimiento que quizás no llegue a la cercanía que existe entre unos sindicatos y un gobierno nacional, o a la convivencia entre algunas universidades, ayuntamientos y demás instituciones públicas que sirven de foro a una sarta de asociaciones anticlericales, círculos de todo tipo que hoy presentan algún polémico libro, mañana blasfeman en una exposición o al día siguiente presentan una campaña para aprender a masturbarse. Las cosas como son, señores: buenas relaciones, las hay, claro, pero como en todos las sitios. ¿Por qué arremeter contra esto, pues? Pasa hasta en las mejores familias.
           
Sin embargo, no debemos olvidar aquella tan sabia sentencia evangélica: al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios. Separemos el trigo de la paja y centrémonos en esta tan controvertida campaña que quiere privar a los jóvenes de los placeres mundanos, ese carnaval perpetuo al que a nadie se le tolera criticar.
           
Como todos sabemos, el panorama adolescente y juvenil de nuestras aulas gozan de un excelente libertinaje del que algunos padres ya han abdicado. Estamos hartos de escuchar aquel “ya no puedo con ella o ya no puedo con él”. Lo escuchamos desde los 3 años, así que a partir de los 14 la cosa ya va enserio y es verdad. Entonces la dejación de los padres se convierte en un problema social. Para una gran mayoría de muchachos, el fin de semana se convierte en su única Meca, en ese territorio comanche donde los macrobotellones, las sustancias prohibidas y los revolcones por cualquier rincón describen lo que ellos entienden por una verdadera fiesta. Así, los altavoces mediáticos jalean la farra una y otra vez, y cuando organizan campañas para repartir condones o se invita a abortar por el bien de las niñas, el que no se congrega para el aplauso social es apartado del rebaño y es tachado de facha, retrógrado o, lo que es mucho peor: de católico.
           
Pero cada vez son más los que saben que este magma de emociones, este deslumbramiento epicúreo de jóvenes y adolescentes no conduce a nada bueno. Y no se trata de estar en contra del sexo, ¡no señor! No se trata de no permitir que los jóvenes crezcan desarrollando su sexualidad, ¡no señor! Por Dios santo, que parece que no se pueda discrepar en lo más mínimo del pensamiento único, estés dentro o fuera de la Iglesia. No se trata de preservativos sí o preservativos no, ¡a ver cuándo nos enteramos!
           
Y resulta que ahora, al polémico gobierno Camps – que lo es, desde luego – se le ocurre hacerse eco de una propuesta del Arzobispado de Valencia, ¡Dios me libre! ¡El Arzobispado! Si aunque sea tuviese otro nombre, si aunque sea fuese en inglés o con unas siglas acompañadas de eslogans transgresores. Pero no, el Arzobispado, ya ves, que propone, libremente y para aquellos que tengan a bien escucharla, una arriesgada política educativa que promueve una formación integral de los jóvenes. Es decir, no solo desde una dimensión física – claramente explotada hasta ahora -, sino también psíquica y espiritual. Una propuesta educativa que invita a construir personas responsables, que vivan su sexualidad de una manera plena y abierta, pero bien formados e informados.
           
Quizás sea verdad, quizás no se pueda tolerar tamaña indecencia en un gobierno que se pliega a los intereses de un Arzobispado. Sin embargo, padres y docentes difícilmente podrán rasgarse las vestiduras en un futuro ya presente si no se defienden medidas como esta, vengan de donde vengan. De no hacerlo, nuestro horizonte social será tan desquiciado como infeliz.
           
A veces pienso que se ha perdido el norte de muchas cosas, hasta del sentido común.
 
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