Tras el impacto histórico de su trilogía sobre la Segunda República y la Guerra Civil, Pío Moa demostró en Una historia chocante (aportación decisiva al análisis de los nacionalismos y la Restauración) que su capacidad de discernimiento iba pareja a su capacidad de investigación, y que sabía descubrir, en la maraña de los hechos, la línea directriz que los explica sin prejuicios.

Y «sin prejuicios» no quiere decir sólo «sin anteojeras ideológicas» -que también-, sino situando la perspectiva del historiador en el mismo momento en el que suceden los acontecimientos, y no desde la cómoda visión que ofrece saber a posteriori lo que aconteció. De ahí la importancia de esta Nueva historia de España que acaba de publicar La Esfera de los Libros, que satisface tres objetivos: una demanda de los lectores de Moa, de un volumen con su interpretación global de nuestro pasado, y no sólo de periodos concretos; la necesidad de una Historia de España de alta divulgación, en un momento de cuestionamiento de la nación incluso por las autoridades públicas; y la exigencia de conocer las claves fundamentales que nos han hecho ocupar, como pueblo, un lugar privilegiado en la Historia, a costa -estas páginas lo revelan suficientemente- de un esfuerzo que no se puede ahora dilapidar.


La sorpresa agradable para muchos, y dato especial a destacar para los lectores de ReL, vendrá además al advertir que la sobriedad y eficacia de la prosa de Moa sirven también para dar a conocer la realidad del cristianismo y su papel en la historia nacional.

Por ejemplo, en el capítulo dedicado a «El nacimiento del cristianismo» para dar cuenta de su expansión en España, el autor destaca tres argumentos para defender la credibilidad histórica de los Evangelios: su composición no es tan tardía («entre 35 y 60 años después de la crucifixión»), las discrepancias entre ellos «tienen relevancia menor» y la escasez de referencias a Jesucristo en documentos no cristianos es normal («dentro del imperio se trataba de sucesos menores y periféricos») y habitual en otros periodos incuestionables de la Historia, como los hechos y personajes latinos, conocidos gracias a documentos transcritos en la Edad Media.

Además Moa señala la excepcionalidad de los orígenes cristianos con respecto a las tradiciones religiosas protagonizadas por Buda, Confucio o Lao Tse, en particular por la afirmación por Jesucristo de su divinidad. Y una segunda excepcionalidad es la nueva afirmación de las relaciones entre el poder y la religión, entendida ahora «como fuente de moralidad fuera del estado», algo realmente liberador para el individuo y estimulante para su responsabilidad personal y capaz por ello de transformar la civilización.


Hay otro momento transformador, como es el de los debates teológicos del siglo XIII. San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino se dedicaron «a conciliar la fec con la razón y la ciencia», rechazando el argumento de autoridad salvo para la Revelación y propugnando «la investigación directa de los fenómenos» y «el libre albedrío y la responsabilidad como fundamento de la ética».

En el caso del Aquinatense reviste especial importancia su teoría de la ley natural, que «ha influido en casi todos los textos legales europeos» y una de cuyas derivaciones es «la concepción de los derechos humanos como naturales». El «titánico esfuerzo filosófico» de la escolástica no ha sido baldío, porque además «ha alumbrado o profundizado el pensamiento científico o el político».

De la misma forma, Moa percibe la inversión radical que supuso la predicación de Lutero: «Suprimió los santos, las imágenes, la Virgen como intercesora, los sacramentos menos el bautismo y la eucaristía, los monasterios (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico». Aunque se autodenominaba Reforma, «era una ruptura revolucionaria que desmantelaba la Iglesia asentada mil quinientos años antes... Salvo por la inspiración en Cristo y los Evangelios, podía considerarse una nueva religión».

Todas estas exposiciones sobre materias dogmáticas y morales las plantea el autor para insertar su importancia decisiva en la historia de España, tanto en su temprana evangelización como en su defensa en solitario de la Iglesia frente a protestantes y musulmanes en amplios periodos de su trayectoria secular.

La importancia de la religión católica en la constitución histórica de España queda bien patente en este volumen, algo que evidentemente ningún historiador puede negar, pero que Moa aborda con una coherencia especial para explicar -cuando el factor religioso fue política o sociológicamente decisivo- por qué los protagonistas de nuestro pasado actuaron como actuaron, para bie o para mal.