Luis Miguel Muñoz es capellán castrense y acaba de volver de Afganistán. Ahora se encuentra a la espera de destino, después de haber pasado por la Academia Militar de Zaragoza, la parroquia castrense de Alcalá de Henares y la residencia militar de Guadalajara. Después de servir como capellán en la misión del Ejército español en Afganistán, donde le había enviado el arzobispo castrense y en la que estuvo cuatro meses, hace balance de su experiencia, en la que ha descubierto
«una presencia de Dios muy hermosa, y sobre todo paternal». Por eso, no es casualidad que a los capellanes castrenses les llaman páter. Muchos soldados no saben siquiera cómo se llaman, sólo que el páter está ahí, disponible para dar una palabra de ánimo y de fe. «Muchos chicos –cuenta don Luis– vienen con muchas orfandades espirituales, y por eso nuestro trabajo tiene una dimensión muy paternal». Son soldados generalmente muy jóvenes, a los que sus mayores no les han pasado la fe; «por eso cualquier cosa relacionada con la fe les asombra. Todo es un descubrimiento para ellos».
 
La presencia del capellán es extraña para muchos: «Hay gente que tiene sus prejuicios; piensan que se dan clases obligatorias de catecismo. Sin embargo, el trabajo de un capellán –cuenta el páter–, «independientemente del destino en el que se encuentre, siempre es amar mucho a la gente y estar disponible para todos. Eso es lo fundamental: estar con ellos cuando disfrutan, cuando sufren, cuando están trabajando…, sin descuidar nunca la dimensión sacramental». Debido a ello, en Afganistán celebraba la Misa diariamente, ofrecía a los soldados los Sacramentos de la iniciación cristiana y los preparaba para recibirlos. Y todos los días tenía «conversaciones largas, de una hora o dos, con soldados que venían para hablar conmigo, para preguntar cosas de su vida». Recuerda que uno de ellos, después de descargar con él sus preocupaciones, comenzó a llorar, y le dijo: Necesitaba poder hablar con una persona con la que pudiera llorar». Y es que el páter recuerda «confesiones inolvidables, en las que te das cuenta de lo que el Señor hace con estos chicos, cómo los acoge en la Iglesia».
 
La historia de los capellanes castrenses en el Ejército español viene de lejos. Durante años, sacerdotes acompañaban a las tropas que combatieron, a lo largo de la geografía española en toda su historia, siguiendo la misión de la Iglesia de asistir a los fieles que solicitaban los sacramentos y la asistencia religiosa. Con el tiempo, al hacerse los ejércitos permanentes, surge la figura de los soldados profesionales que, lejos de su casa y de su parroquia, precisan la presencia del sacerdote de manera más continuada. Así, junto a ellos, aparece la figura del capellán castrense, vinculado de manera definitiva al Ejército, ya desde los tiempos de los tercios de Flandes.
 
De aquella época nace la vinculación de la Inmaculada con el Ejército español.Sucedió en la isla de Bommel, el 8 de diciembre de 1585. La víspera, el Tercio español que allí combatía se encontraba atrapado entre las tropas del conde Holac y las aguas del río Mosa, desbordadas al destruir los diques el Ejército holandés.
 
Después de una oferta de rendición, la respuesta que obtuvo el conde fue: Los españoles preferimos la muerte a la deshonra. Por ello, participan en la Eucaristía y se disponen a cavar trincheras para el combate. De ese modo, un soldado descubre enterrado en la tierra un cuadro con la imagen de la Inmaculada Concepción. Saludado el hallazgo con alegría, los soldados colocan la imagen junto a la bandera española, cantan la Salve y se disponen a enfrentarse al ataque enemigo. Entonces, en la madrugada del 8 de diciembre, un viento gélido congela las aguas del Mosa y permite que los españoles escapen de la encerrona en que se encontraban atrapados. Por la mañana, el conde Holac confiesa: «Parece que Dios es español, pues ha obrado tan gran milagro». La batalla de la mañana trajo la victoria del lado español, pues el tercio asaltó diez barcos holandeses y capturó a dos mil prisioneros, un triunfo que atribuyeron sin dudar a la intercesión de la Inmaculada. Desde entonces, fue proclamada como Patrona de la Infantería española.
 
En la actualidad, los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español, de enero de 1979, regulan la asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas. El Arzobispado castrense asiste a los miembros de los tres Ejércitos, la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía, así como a sus familias y a todo el personal civil que trabaja en dependencias militares. Todo ello con la misión de hacer presente a la Iglesia en el mundo militar. En la actualidad, hay en España 97 capellanes castrenses y 13 sacerdotes colaboradores. En total, 110 capellanes que prestan su servicio pastoral a cerca de 800.000 personas. Un aparte merece la presencia de capellanes castrenses en las misiones de paz, o de ayuda humanitaria, que vienen realizando en los últimos años los Ejércitos españoles fuera del territorio nacional, en zonas de conflictos o de catástrofes naturales. En estas misiones han participado ya setenta y siete páter, y algunos de ellos han repetido la experiencia varias veces.
Es el caso de don Luis, que piensa que las misiones del Ejército español fuera de nuestras fronteras son un terreno muy fértil para hablar de Dios: «Cuando una persona, sobre todo una persona joven, ve tan cerca la posibilidad de la muerte, por el riesgo que se corre en las misiones, o porque matan a un compañero suyo –como nos pasó en Afganistán–, eso hace que se vayan muchos pájaros de la cabeza; nos hace aterrizar, ver la realidad de la vida tal y como es. Todo eso se ve y se palpa mucho mejor en situaciones como las que vivimos en el ejército».
 
Una de estas vivencias, la más dramática para don Luis Muñoz, fue la muerte en Afganistán del cabo Cristo Ancor Cabello (aparece junto al páter en nuestra página de portada), un catecúmeno que se estaba preparando para ser bautizado y recibir la Confirmación y la Primera Comunión el día 18 de octubre, y que, 11 días antes, fue asesinado con un explosivo. Poco antes de morir, el páter tuvo la oportunidad de administrarle el sacramento del Bautismo y de la Confirmación. Así, recuerda la catequesis que dio a los compañeros catecúmenos de este soldado: «Insistí, sobre todo, en que pudieran descubrir la fidelidad de Dios, que Dios llamó al cabo Cristo Ancor a ser cristiano, y lo hizo cristiano en el lecho de muerte, aproximadamente media hora antes de morir. Algunos estaban inquietos porque se iban de patrulla y no sabían si iban a volver para recibir el Bautismo. Yo les dije: «Lo que acabamos de vivir es también para nuestra vida. ¿El Señor le ha fallado a nuestro compañero Cristo? No. Pues entonces, ¿cómo os va a fallar a vosotros? Si os ha llamado, Él se encargará de que la patrulla vuelva a tiempo. Vosotros vais a recibir algo a lo que el Señor os ha llamado».
 
Y de toda su experiencia, el páter se queda con lo fundamental: «El Señor siempre saca la vida de la muerte; ésa es su especialidad».