Así de rotunda se mostraba Rocío Maestre, estudiante de primer año de Comunicación Audiovisual de la Universidad Francisco de Vitoria, hace un tiempo. Por aquel entonces no imaginaba que en menos de dos meses su vida iba a dar un giro radical. Después de sufrir una profunda crisis de fe y refugiarse en los estudios y en el deporte consiguiendo grandes éxitos, se dio cuenta de que todo eso no la llenaba. «Siempre me preguntaba: y ahora… ¿qué?», explica Rocío. Así que poco antes de comenzar sus estudios en la UFV una serie de circunstancias recondujeron su vida a lo que a partir de ahora será su nueva vida, cuando ingrese en el convento de las Dominicas de Lerma (Burgos).  
 
- ¿A qué se debe esta decisión? ¿Venías meditándolo desde hace mucho tiempo o surgió a raíz de tu entrada a la universidad?
- Dios es quien llama, cuando quiere y a quién quiere. Simplemente te mira y te invita a seguirle. ¡El problema está en dejarse mirar! Porque a veces uno no quiere que el Señor se fije en ti. ¡Me negaba en rotundo! «¿Monja de clausura? ¿Yo? ¡Sí, hombre, en eso estaba pensando! ¡No tengo otra cosa mejor que hacer!»
 
Había comenzado mi huida, que duraría tres años. Tuve una crisis de fe muy dura, hasta el punto que llegué a negar la existencia de Dios. Donde antes había estado Cristo, me puse a mí misma, al estudio, al deporte… entré en una espiral de odio y competición… ¡Menudo desastre!
 
Logré todo lo que me propuse: matrículas de honor, medallas de oro… y, sin embargo, cada vez estaba más vacía. Siempre me preguntaba: y ahora… ¿qué? El hombre puede jugar a ser dios, pero, a cada paso que dé, se encontrará más cerca de su miseria, de su soledad… Y eso fue lo que me pasó a mí: acabé asqueada de todo. Pero, ¿qué me podía faltar? Tenía un montón de amigos, viajaba, los estudios se me daban genial… ¿Por qué nada lograba llenarme del todo?
 
Poco antes de comenzar la Universidad, el Señor se puso cabezota. El vacío en mi interior se hizo mayor, y cada día, un montón de situaciones me hacían recordar lo bien que se estaba en «la casa del Padre». Entonces tropecé con cierto pasaje del evangelio… un joven rico al que Cristo le invitó a seguirle. Y aquel joven… se marchó triste. ¡Y lo tenía todo! ¿De qué le sirvieron sus riquezas? ¡Se marchó triste! Sólo tenemos una vida… ¡Y yo quiero ser feliz! A mí también me estaba mirando… Me dijo: «Déjalo todo… sígueme» ¿Para qué quiero mis riquezas? ¿Por qué voy a conformarme con cachitos de felicidad si Alguien me ofrece la felicidad completa?
 
- ¿Por qué has decidido irte con las Dominicas de Lerma en Burgos y no con otra comunidad?
- En ese convento está una amiga de la familia de mi madre. Desde que yo era muy pequeña mis padres me llevaban a visitarla al convento, por lo que conozco de siempre a la comunidad. Hace cuatro años me invitaron a ir con otras dos chicas a pasar unos días en a casita de al lado del convento. Curiosamente, los acontecimientos fueron cambiando de rumbo, estas dos chicas se rajaron… y, claro, ¡no me iba a quedar yo sola en la casita! Vamos, al final las monjas me invitaron a pasar unos días dentro del convento. Fueron unos días maravillosos, en los que mi concepto de clausura cambió completamente. Pero, lo más importante… tuve una experiencia de Dios que marcó mi vida para siempre: Vi claramente que el Señor quería que compartiese esa vida. ¡Vaya por Dios! Y yo que había entrado al convento con la intención de demostrarle a Cristo que la clausura no era lo mío… ¡Va y me sale con esas!
 
Las dominicas de Lerma me han acompañado todo este tiempo… han visto cómo me alejaba de Dios; cómo, poco a poco, comenzaba el camino de vuelta a casa y, estos últimos meses, han visto en primera fila mi «última batalla contra Dios». Y, lo admito: he sido derrotada. ¡¡Bendita derrota!! Desde que me he rendido a Cristo siento en mí una alegría y una paz que hacía mucho tiempo que no sentía. La verdad es que no tengo ninguna duda… ese es mi sitio y esa es mi comunidad.
 
 - ¿Por qué la clausura?
 - Por experiencia. Porque sé que es ahí donde está mi felicidad. He hecho vida normal de la parroquia y… ¡Se me quedaba pequeña! Ir a misa los domingos y participar en el grupo de jóvenes está muy bien, pero ¡mi corazón me pedía algo más!
 
Tras esta experiencia, pensé que sí, que Cristo podía llenar mi vida. Así pues, ser monja… bueno, pase, pero… ¡De vida activa! Así pues, estuve dando catequesis, tratando de demostrarle que eso era lo mío. Y, en fin, fue muy bonito pero… ¡No me llenaba! ¡Yo no era feliz!
 
Entonces se me ocurrió irme de voluntaria a Perú durante un mes. ¡Yo tenía que ser misionera! De nuevo, una aventura increíble que recomiendo a todo el mundo, pero… ¡Seguía sintiéndome vacía!
 
Lo he probado todo, pero siempre me daba cuenta de que ese no era mi sitio, de que ahí no estaba mi felicidad. Mi corazón me pide algo mucho más grande que todo eso… Cristo me quiere enteramente para Él… ¿Cómo decirle que no? Sólo Él me ha llenado por completo.
 
 - ¿Cuáles son las expectativas que tienes sobre esta nueva etapa de tu vida?
- Espero conocer a Cristo, pero, sobre todo, espero aprender a amarle. Amarle sin medida, con todo el corazón, con todo el alma, con todas mis fuerzas. Quiero aprender a orar, a hablar con Él, a mirar a los demás como Él los mira… Quiero amar a Cristo y, desde Él, amar a todo el mundo. Desde el corazón de Cristo quiero interceder, hacer de puente, orar para que vosotros encontréis el sentido profundo de vuestra felicidad. Yo ya he encontrado el mío y… ¡Es tan maravilloso! ¡Dios es Amor! ¿Qué hay más bello que amar, y amar sin medida? Quiero ser toda de Cristo y para Cristo. Si supiésemos el amor que nos tiene…
¿Sabes lo que realmente quiero? Quiero que no me veas a mí sino que veas a Cristo a través de mí. En pocas palabras, simplemente quiero ser un reflejo de Dios.
 
¡Os espero en las dominicas de Lerma!