Su satisfacción es lógica: su victoria legal lo es también de una visión de Europa completamente contraria a la que quiere resaltar las raíces cristianas del Viejo Continente. Según explica este domingo el diario Público en un reportaje de Sandra Buxaderas, la familia Albertin descorchó una botella de vino tinto al conocer el martes la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que considera contraria a la libertad religiosa la presencia de crucifijos en las escuelas públicas.

Además el diario de Jaume Roures le pone rostro a los chicos que, en el curso 2001-2002 (fecha de la primera demanda de sus padres) eran alumnos en el colegio Vittorino da Feltre de Albano Terme, cerca de Padua, cuando sus padres solicitaron la retirada de la Cruz. Son dos jóvenes, Dataico, de 21 años, y Sami, de 19, que estudian respectivamente Ingeniería y Ciencias Políticas, y que visten con pelo largo y lacio y colores negros, con una estética heavy metal. Dataico luce una llamativa imagen del demonio en su camiseta... pero es sólo porque se trata de la carátula de un disco del grupo Demons & Wizards, Touched by the Crimson King.

Esta familia, dice Público, desafió «el poder del Vaticano». Aunque no ha sido el Vaticano, sino cientos de habitantes del pueblo, quienes se manifestaron este sábado delante del instituto donde nació la controversia para protestar contra la sentencia. Los Albertin tenían «grandes esperanzas» en Europa. Son miembros de la Asociación de Ateos y Agnósticos Racionalistas, y ya habían intentado que en la educación primaria se quitase el crucifijo de las aulas, aunque entonces no tuvieron éxito.

«Los ateos somos ciudadanos de tercera», dicen los Albertin Latsi, quienes consideran que la Iglesia es un lobby y la Cruz en los lugares públicos, sólo una forma de «marcar territorio».