Mucho se ha hablado de la relación entre el Papa Pío XII y Adolf Hitler. Se le ha acusado al Pontífice de colaboracionista nazi, pero también de salvador de los judíos. ¿Cuál fue la verdadera cara de este Papa? Las dudas han sido despejadas gracias a la ardua investigación del rabino David G. Dalin, profesor de Ciencias Políticas e Historia en Ave Maria University en Naples, Florida; y articulista en varias publicaciones. Su investigación la ha resumido en «El mito del Papa de Hitler. Cómo Pío XII salvó a los judíos de los nazis», de Ciudadela.
 
El mal llamado «Papa de Hitler», Eugenio Pacelli, nació en Roma en 1876 y tras estudiar derecho canónico, se convirtió en uno de los consejeros papales de mayor confianza. «Durante la Primera Guerra Mundial, Pacelli fue nombrado nuncio papal en Baviera» y más tarde «arzobispo», explica el rabino G. Dalin, que destaca además, la amistad que tuvo con el judío Bruno Walter, director de orquesta de la Ópera de Munich, quien «posteriormente se convirtió al catolicismo». Éste «fue uno de los muchos judíos a los que Eugenio Pacelli ayudó a rescatar», explica en el libro.
 
Profetas falsos y diabólicos
Una de los asuntos que más critica el rabino es el «olvido» que algunos detractores de Pío XII parecen tener con respecto a esta clase de hechos. Entre estos destaca John Cornwell, autor de «El Papa de Hitler», publicado en 2000, trata de demostrar que Pacelli fue antisemita. Sin embargo la historia pone a cada uno en su sitio y G. Dalin lo demuestra: «Pacelli fue el primer Papa en asistir, en su juventud, a una comida de sabbat en un hogar judío y en haber discutido de modo informal, con miembros eminentes de la comunidad judía de Roma, sobre temas de teología judaica». «En 1935, en una carta abierta al obispo de Colonia, el ya cardenal Pacelli llamó a los nazis «falsos profetas con la soberbia de Lucifer». Ese mismo año, «atacó a las ideologías poseídas por la superstición de la superioridad de raza o de sangre», revela el libro. Según confesó a sus amigos, «los nazis eran diabólicos» y «Hitler está completamente obsesionado». «Todo lo que no le resulta útil lo destruye; este hombre es capaz de pisotear cadáveres».
 
Además, G. Dalin, subraya unas palabras que Pacelli pronunció en reunión con el antinazi Dietrich von Hildebrand: «No hay reconciliación posible entre el cristianismo y el racismo nazi».
 
Durante su purpurado, Pacelli fue conocido por los nazis como un cardenal «amigo de los judíos»; la animadversión nazi creció con su elección papal en 1939. Ya desde el comienzo de su pontificado, «respondió a un decreto antisemita otorgando cargos en la Biblioteca Vaticana a varios de los eruditos judíos rechazados por el régimen», confirma el rabino. Su primera encíclica, «Summi Pontificatus», abogaba por «la paz, rechazaba de forma expresa el nazismo y mencionaba de manera explícita a los judíos». Más aún: «Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII habló en favor de los judíos europeos y urgió a los obispos a salvar a los judíos y a otras víctimas de la persecución nazi».
 
Una de sus mayores acciones en su favor ocurrió «durante la ocupación nazi en Roma, cuando tres mil judíos encontraron refugio al mismo tiempo en la residencia papal de verano de Castel Gandolfo», convirtiéndose «los apartamentos privados de Pío XII en una especie de clínica obstétrica temporal».
 
La comunidad judía, no ajena a la labor del pontífice, elogió al Papa en multitud de ocasiones. En 1958, al morir Pío XII, daría comienzo una enorme corriente de organizaciones y periódicos semitas que rendirían tributo al bien llamado, poco más tarde, «justo entre las naciones».