El cardenal Fernando Filoni es uno de los mayores conocedores en Roma de la Iglesia en Irak. El actualmente gran maestre de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro fue nuncio en Irak entre 2001 y 2006, viviendo allí la guerra de 2003. Después como prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos durante muchos años siguió en contacto con los cristianos iraquíes. También tras la llegada del ISIS, Francisco le mandó a Irak como enviado especial. Por ello, el purpurado formará parte de la comitiva del Papa en este histórico viaje a Irak.

En una entrevista con Obras Misionales Pontificias, el cardenal Filoni habla de la situación de los cristianos en Irak y de su propia experiencia en este país:

-Usted fue nuncio en Irak durante 5 años y decidió quedarse allí durante la Segunda Guerra del Golfo. ¿Cuál fue su experiencia?

- El 19 de marzo de 2001, en la fiesta litúrgica de san José, el papa Juan Pablo II me consagró obispo en la Basílica de San Pedro y me encargó que lo representara en Irak. En su homilía, el Santo Padre me pidió que apoyara a las comunidades cristianas de esas tierras, añadiendo: «Estoy seguro de que serás para ellas un mensajero de paz y esperanza». Son palabras que siempre he llevado en mi corazón.

Cuando el 19 de marzo de 2003, dos años después, comenzó la llamada segunda guerra del Golfo, pensé que la paz estaba herida de muerte, pero que la esperanza estaba viva. Así que, al quedarme en Irak con su gente y compartiendo sus angustias, podía seguir siendo un mensajero de la esperanza.

La tristeza de tanta muerte y destrucción no podía esconderse detrás de la sombra de la llamada «guerra preventiva», y mucho menos de la denominada «colateralidad» con respecto a las víctimas no militares. Cuando uno está debajo de las bombas y oye los misiles que explotan, ¿qué sentido tienen esas expresiones? Las consecuencias de esa guerra han sido inmensas; una de ellas es el acentuado éxodo de muchas familias cristianas y una convivencia muy precaria. No olvidemos pues, junto a la destrucción, los innumerables muertos y heridos tanto iraquíes como de los países que entraron en la guerra, entre ellos Estados Unidos, Gran Bretaña, etc.

Pero me gustaría volver a la cuestión de la llamada guerra «preventiva» contra la que Juan Pablo II levantó la voz y el dedo en el Ángelus del domingo anterior. En aquella época, los medios de comunicación de Irak y de otros países musulmanes opuestos a la guerra, solían hablar de «cruzados occidentales». Dos terminologías aberrantes de las que se abusó en una reacción mediática. La ley no contempla como medida la guerra «preventiva». Teníamos una clara percepción de su ilegitimidad y, personalmente, elegir permanecer en Irak a pesar de la inminente guerra, era una respuesta y una forma de protesta contra afirmaciones similares. Además, la ONU ya había impuesto a la población iraquí duras medidas económicas y militares preventivas. En cuanto al término «cruzados», su objetivo era despertar el odio en el mundo islámico por complejas y debatidas demagogias históricas.

La visita del Papa Francisco representa un paso hacia adelante, tanto respecto a la justificación «política» de la guerra como a la teorización «religiosa» hacia un pasado. La dimensión elegida en Abu Dhabi encuentra un terreno fértil en el Irak de hoy, el del diálogo, la fraternidad y el derecho, porque toca la paz ‒más aún en un país atormentado por las guerras y la guerrilla y en una región afligida por los contrastes‒ y la convivencia común, basada en la dignidad, los deberes y la igualdad de derechos de todos los seres humanos: elementos que, sin embargo, deben ser asimilados culturalmente y puestos en práctica, tanto en el ámbito católico-cristiano como en el islámico y el político.

 -Posteriormente fue enviado a Irak por el papa Francisco en 2014 y 2015 para expresar la cercanía y solidaridad del Papa. ¿Qué se encontró allí? ¿Cómo había cambiado la vida de los cristianos? ¿Qué significaba para ellos su presencia allí?

- El verano de 2014 fue dramático para la población del norte de Irak. La proclamación en Mosul del califato por parte de Abu Bakr al-Baghdadi dio lugar a la expulsión de todos los cristianos de la ciudad de Mosul y de la llanura de Nínive; miles de personas se vieron obligadas a huir sin nada más que la ropa que llevaban puesta; no se tuvo en cuenta a los ancianos, los niños, las mujeres y los enfermos. Fue un verdadero éxodo bíblico. Algo peor le ocurrió a la comunidad yazidí de las montañas de Sinjar. Los que no habían huido fueron asesinados y las mujeres vendidas como esclavas. El 10 de agosto, el papa Francisco me envió como su representante personal a Irak (él se marchaba a un viaje pastoral a Corea en el que yo también tendría que haber participado): la misión consistía en encontrarse, hablar, ver, alabar, rezar y solidarizarse por los muchos sufrimientos indecibles infligidos por el fanatismo islámico del Isis.

Tengo recuerdos y visiones impactantes. Pero también tengo recuerdos de personas extraordinariamente dignas que, ante lo inadmisible, fueron capaces de reorganizarse para atender las primeras necesidades y mantener viva su confianza en Dios. Me edificó mucho su fe, moderada por las innumerables pruebas afrontadas a lo largo de los siglos para mantener viva su herencia espiritual. Como Nuncio recuerdo que cuando visitaba sus pueblos pensaba que no había encontrado tanto amor y fe en Occidente. Al volver a Irak durante la Semana Santa y Pascua de 2015 quise decir a nuestros fieles que no los habíamos olvidado y les llevé seis mil palomas de Pascua (pasteles italianos), un regalo de otros tantos fieles de Roma.

 

-¿Tiene una relación actual con los cristianos de Irak? ¿Qué puede aportar esta visita del Papa a los cristianos de Irak?

 -Sí, tengo muchos amigos cristianos, pero también he conocido a muchos musulmanes que me han mostrado estima y consideración. Haber compartido con ellos una página oscura de su historia, continúa y sigue generando recuerdos y estima que nunca se extinguen. Recuerdo al mismo tiempo, tanto las llamadas telefónicas durante la guerra de Juan Pablo II para mostrarme la cercanía, como los encuentros con líderes islámicos y gente sencilla. Algunos de ellos, al final de mi misión en Irak (2006) quisieron regalarme como recuerdo un anillo y una cruz episcopal hechos por ellos. También más tarde vinieron a visitarme.

Haber querido escribir una historia de la Iglesia en Irak, desde los inicios hasta hoy, deseaba mostrar, por mi parte, todo mi afecto y admiración. No fue casualidad que la propia Iglesia caldea decidiera traducir mi libro al árabe, que es una forma concreta de hacer llegar a un amplio público, incluso no cristiano, información que de otro modo no se conocería. Un volumen apreciado por las autoridades civiles y creo que contribuye a fomentar la hermandad de todos los componentes civiles y religiosos que siempre han convivido en el país.