Por creer en Dios y difundir la Biblia, la señora An Eun-sa, que tiene 63 años y oculta su identidad bajo este nombre ficticio, se ha pasado una década encerrada en una cárcel de Norte y otra más en un campo de trabajo. Condenada por el delito de “difundir supersticiones y prácticas religiosas”, era una de las mártires que nutren la iglesia clandestina en dicho país, el más represivo del planeta.

Aprovechando su visita a Corea del Sur, donde beatificará mañana sábado a 124 mártires que dieron la vida por su fe entre 1791 y 1888, el Papa recordará la nueva persecución religiosa que, en pleno siglo XXI, lleva a cabo el régimen estalinista del joven dictador Kim Jong-un. Dándole su particular bienvenida, Corea del Norte disparó ayer alcance sobre el Mar de Japón coincidiendo con la llegada del Pontífice a Seúl. [Corea pide que el nombre del mar sea "Mar del Este" y explica que Japón impuso este nombre injustamente durante las guerras del siglo XX].

Desde que huyó de Corea del Norte en 2011, aquí vive la señora An Eun-sa, quien nació en el seno de una familia cristiana formada por 20 miembros. “Con una Biblia que tenía escondida en casa, mi abuelo nos transmitió su fe en secreto porque la religión estaba prohibida”, recuerda a ABC esta menuda pero enérgica mujer. Cuando cumplió los 30 años, y mientras trabajaba como farmacéutica en un pueblo cercano a Pyongyang, heredó esa Biblia y continuó la labor evangelizadora que practicaba su tía, quien predicaba con sigilo el cristianismo, al tiempo que atendía a vecinos y amigos.


“Gracias a mis hermanos, que trabajaban en una imprenta estatal, copiaba versículos de la Biblia y luego me reunía en lugares apartados del campo o las montañas con otros fieles para que los memorizaran. Después, quemábamos los papeles para no dejar ni rastro”, explica An Eun-sa, quien estaba en contacto con 18 células de la iglesia clandestina que sumaban 200 miembros.

Pero, en 1987, uno de ellos se fue de la lengua y acabó siendo detenida. “Me torturaron durante un año en un centro de detención, pero no delaté a nadie”, se enorgullece la mujer. A modo de escarmiento público, fue juzgada en un estadio ante una multitud junto a un asesino, un hombre que mató a una vaca para comérsela y un acusado de tráfico de personas. Mientras a ella le caían diez años de cárcel, su marido, que era investigador médico, y sus cuatro hijos eran desterrados a un gulag para trabajar en una mina. Durante los siguientes diez años, no volvería a verlos. Ni a ellos ni a los demás miembros de su familia, que temían represalias si la visitaban en la prisión.


Nos levantaban a las cinco de la mañana y trabajábamos desde las ocho hasta las ocho de la tarde cosiendo uniformes y botas militares. Si no cumplíamos nuestra cuota diaria, nos reducían la comida, que eran unos panecillos de trigo y judías”, desgrana la mujer. Por retrete no tenía más que un agujero en el suelo y para lavarse solo le daban un cazo con agua. A su juicio, que sobreviviera “fue un milagro porque todos los días morían presas por accidentes, palizas o de extenuación. Por las mañanas, algunas no se levantaban en el cuarto donde dormíamos hacinadas en el suelo”. Pero la interna número 1058, como constaba en un único uniforme que solo se renovaba, ya raído, cada seis meses, salió de allí con vida en 1997 porque “le rezaba a Dios todos los días”.

Tras su liberación, pasó otros diez años confinada con su familia en el gulag hasta que, finalmente, pudieron todos instalarse en un pueblo de la provincia de Hamgyong Sur. Todos menos una de sus hijas, que en 1998, y sin decírselo a nadie, se había fugado de Corea del Norte a través de la frontera con China. “No supimos que había huido a Corea del Sur hasta 2009, cuando pagó 12 millones de won (8.800 euros) a un “rescatador” que entró en el Norte y nos sacó de allí a mí y a mi hijo menor”, desvela la mujer refiriéndose a las redes que ayudan a escapar a los refugiados norcoreanos.

Operadas muchas de ellas por misioneros cristianos, guían a los evadidos a través de China para cruzar a Laos y, desde ahí, entrar en Tailandia, donde piden asilo a la Embajada de Corea del Sur en Bangkok. A la señora An, que aún tiene a su marido y dos hijas más en Corea del Norte, este viaje les llevó solo ocho días, pero miles de huidos, sobre todo mujeres, acaban cayendo en las mafias que las prostituyen o venden a los campesinos chinos de la frontera por 1.215 euros.


Para socorrer a estos refugiados, la ONG Helping Hands, dirigida por el veterano activista cristiano Tim Peters, les envía desde Seúl alimentos y medicinas y financia proyectos educativos y casas de acogida para un centenar de huérfanos cuyas madres han sido deportadas a Corea del Norte. Además, cuela a través de sus contactos en la frontera ayuda para medio millar de miembros de la iglesia clandestina.

“Te pedimos, Señor, que ilumines al Papa Francisco en esta importante visita para que alce su voz contra la persecución que sufren los cristianos en Corea del Norte”, rogaba el martes Tim Peters durante su reunión semanal en las “Catacumbas” de Seúl, desde donde organiza el auxilio de los nuevos mártires del siglo XXI para salvarlos del yugo de Kim Jong-un.

Durante la Guerra Fría, san Juan Pablo II fue decisivo para derrotar al comunismo en la Europa del Este, pero el último búnker estalinista sigue resistiendo en Corea del Norte.