Un sabio dijo en una ocasión que la vida en la tierra es como un tapiz al revés. Una maraña de hilos sueltos confunden al que lo observa, pero, desde el cielo, este se ve como una auténtica obra de arte. La vida de la siguiente protagonista podría ser el mejor ejemplo de todo ello. 

Corrían los años noventa en Rumanía, cuando la lánguida economía de esta extinta república comunista luchaba por recuperarse de lo que había sido el colapso de la era Ceausescu. La gente no tenía nada que comer, la miseria campaba a sus anchas y costaba encontrar siquiera trozos de madera para calentarse y soportar los duros y largos inviernos. 

El drama de los Stoica

En ese contexto de pobreza, Ion y Nicoleta, dos jóvenes padres rebosantes de planes de un futuro un tanto sombrío, se desprendían de lo que más querían en la vida, sus dos hijas, y las entregaban en un centro para que tuvieran mejores cuidados. La segunda, de tan solo un año y medio, tenía una salud muy quebradiza y permaneció en un hospital. Pasó el tiempo, la situación mejoró y la pareja pudo recuperar a la hija mayor; sin embargo, un drama les empezaría a perseguir de por vida: la más pequeña no aparecía por ningún lugar.

Tras la caída del régimen de Ceausescu, Rumanía atravesó años de mucha carestía.

No había hospital, orfanato o centro de acogida en el que no preguntaran por ella. La respuesta siempre era: "Aquí no está". La infructuosa búsqueda se alargaba en el tiempo y la pareja tuvo cinco hijos más. Sin embargo, una tristeza sorda invadía el hogar de los Stoica (el apellido de la familia, aunque, también, podría ser, por qué no, un epíteto). Cada noche, la madre de la casa encendía una vela por su hija, que creía muerta, a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y rezaba: "Solo te pido verla antes de morir". Mientras, Ion, el padre, lamentaba el día del cumpleaños de su hija perdida: "Soy un afortunado por tener a mi familia, pero me falta una"

Era el año 1998, cuando a Mihaela, como se llamaba la segunda hija del matrimonio Stoica, se le perdió la pista. Justo en ese tiempo el Gobierno de Rumanía había abierto sus fronteras para que otros países pudieran adoptar a sus nacionales. La pequeña de Ion y Nicoleta se iba a convertir en la segunda rumana en ser adoptada en España y viajaba ya rumbo a las Islas Canarias con su nueva familia de adopción.

La cuidaban desde el cielo

Al llegar a España, lo primero que hicieron sus padres adoptivos fue bautizarla, por tercera vez. Las dos anteriores habían sido en la Iglesia Ortodoxa; la primera por su familia biológica y la segunda por trabajadores sociales rumanos que desconocían si estaba o no bautizada. Mihaela cumplió los seis años y su nueva familia decidió contarle que era adoptada, como su otro hermano. Ella no tuvo mucha conciencia de lo que esto significaba, no sentía resentimiento hacia su familia biológica ni a cómo le había tratado la vida, es más, pensaba que sus padres la estarían cuidando cada día desde el cielo

Los años pasaban y Mihaela se convirtió en una atractiva joven con todo el futuro por delante. Aunque no vivía en un ambiente muy creyente, decidió que debía hacer la Confirmación, pero abandonó esta idea al cumplir los 18 años y entrar en la universidad para estudiar Turismo. Dios ya no era algo que le interesara, y dejó también la Iglesia. Mihaela "era una chica de mucha fiesta, del mundo, muy del mundo". Pero esto le iba a durar poco. Un día, su madre adoptiva llegó a donde estaba ella y le mostró en el móvil que una famosa influencer estaba haciendo una experiencia en un convento

– ¿Cómo podía ser aquello?, ¿una chica guapa, rica, simpática.. metiéndose monja? –se preguntaba. – Si ella lo hace, yo también puedo  –se dijo. Así que, pidió a una vecina, que era muy religiosa, que le buscara una casa de retiros donde poder recogerse unos días. Sin saber muy bien qué era una monja o quién era Dios, el día 28 de junio de 2015, con 21 años, entraba por la puerta del Monasterio de las Madres Dominicas de La Laguna para hacer una primera experiencia de quince días. Aquella visita iba a marcar un antes y un después en su vida. Mihaela sintió algo tan profundo entre esas cuatro paredes que, tres meses después, tenía un puñado de nuevas hermanas vestidas de blanco y negro que le enseñaban a rezar el Rosario y a todo lo que conlleva la vida religiosa. Pasado un tiempo, se confirmó. 

En 2015, sin saber muy bien lo que era una monja, hizo una experiencia en un convento.

Mihaela "había encontrado la perla preciosa y había vendido todo lo que tenía para comprarla". Sin embargo, aquella decisión le acarrearía otro sufrimiento añadido con su familia de adopción, que no estaba de acuerdo con su nueva vida. A pesar de ello, ella estaba eternamente agradecida a sus padres adoptivos, de los que tanto recibió; fue con ellos donde la semilla de su vocación comenzó a brotar. Uno de los chorros de agua que más importancia tendría, para que esta planta diera el estirón, iba a ser una famosa chica llamada Tamara Falcó. "Yo me decidí a buscar un sitio para hacer un retiro por Tamara Falcó, el fruto de mi vocación es suyo, eso que se lleva cuando vaya al cielo", les decía Mihaela a los jóvenes que la visitaban en su convento. 

Era abril de 2020 cuando sor Mihaela María realizaba el noviciado en Córdoba, y otro giro de guión, en los renglones torcidos de Dios, le estaba esperando, esta vez, de dimensiones astronómicas. Su maestra de novicias le propuso buscar a su familia biológica, como algo necesario dentro de su proceso formativo. Ella se resistió durante mucho tiempo, no quería provocar nuevos sufrimientos. En el fondo pensaba que no había nadie a quién buscar. Al final, ella se dio cuenta de los beneficios humanos y espirituales que esto le podría reportar, y comenzó el proceso de búsqueda apoyada por su maestra. Solicitó el acta de adopción al Gobierno canario, donde figuraba el nombre de sus padres y la localidad en la que había nacido. 

La noticia que siempre esperó

Gracias a una fundación rumana, los trámites, ralentizados por la pandemia, se agilizaron y Mihaela pudo conseguir, también, su partida de nacimiento. Dos días después de que le llegara, la llamaban desde la fundación para decirle que sus padres habían aparecido y estaban vivos. Los servicios sociales irían a su casa para visitarlos. Cuando se lo dijeron, Mihaela les envió una carta presentándose, con una foto, para que se la hicieran llegar. Ya en el convento de Murcia, a donde acababa de llegar, la joven dominica pasó dos semanas de auténtica inquietud sin saber cómo se lo tomaría su familia biológica

El 17 de noviembre de 2020, a las 10 de la mañana, Mihaela recibió un correo de los servicios sociales rumanos anunciándole que habían visitado la casa de sus padres, que se habían puesto muy contentos y estaban deseando poder conocerla. El abrazo que recibió aquel día, de cada una de las hermanas de comunidad, nunca lo olvidará. Dos días después, le llegó otra carta informándole de que todos los miembros de su familia estaban bien de salud, que su madre tenía 47 años, su padre 50, y que tenía seis hermanos más.  

"Seis hermanos, que tengo seis hermanos", exclamaba a cada monja que se encontraba por el monasterio esos días. Y, entonces, se le ocurrió una idea que iba a acelerar todo el proceso: puso el nombre de sus padres en Facebook y apareció una de sus primas. Le escribió pidiéndole si pudiera contactar con sus padres. Al día siguiente, dos chicas la bombardeaban a mensajes preguntándole si era la que buscaba a su familia, que ellas eran sus hermanas. Mihaela salió disparada a rezar Vísperas, no podía ni leer ni cantar, lloraba a mares. Al terminar el rezo, la priora y ella conectaron por videollamada con sus hermanas rumanas

Arrodillada ante su hija

A Mihaela aquel día se le iba a salir el corazón. Entonces, aparecieron en la pantalla sus hermanas Roxana y Raluca. Al verlas, todas empezaron a llorar. Con la ayuda del traductor del ordenador y por señas lograron entenderse durante aquella primera llamada. A la mañana siguiente, conectó con su tío y apareció en la pantalla su madre. Al ver a su hija, Nicoleta se arrodilló en el suelo, se tapó la cara y solo alcanzaba a repetir: "Mi hija Mihaela". En ese momento, la joven salió corriendo a avisar a todas sus hermanas de comunidad, para que fueran a conocer a su madre. Ese día el convento casi se inunda de lágrimas. Dos días después conocería a su padre, Ion, que la saludaba con la mano mientras se emocionaba

Sor Mihaela fue conociendo a través de la pantalla a todos sus hermanos: Ana María, Roxana, Raluca, Narcisa, Crina y Andrei. Quienes durante toda su vida habían oído hablar de Mihaela, y a la que, ahora, habían acogido como si siempre hubiera estado con ellos. La esperanza que durante años había cultivado esta humilde familia rumana se había hecho realidad, ahora sí, las oraciones sinceras de unos padres que sufrían con fe tenían su recompensa. Pero, el tiempo pasaba y se acercaba el día más importante: el reencuentro en persona con su familia biológica.

Sor Mihaela viajó en agosto de 2021 hasta Rumanía para conocer a su familia biológica. 

El día 20 de agosto de 2021, sor Mihaela y su madre maestra, sor Inmaculada, ponían rumbo a Madrid en coche. Desde allí, un avión les llevaría hasta la capital de Rumanía. Allí cogerían un segundo vuelo, hasta Suceava. Al llegar al aeropuerto de esta ciudad del norte del país, le esperaban sus padres y su hermano pequeño. La madre, al ver a Mihaela la abrazó llorando sin parar. Sor Mihaela, por su parte, dejó que se desahogara. Su madre no hacía más que pedirle perdón por haberla buscado sin éxito. Mientras, Mihaela, agradecía el don de la vida y sostenía a unos padres sin muchas más fuerzas para llorar, pero felices de que se hubieran cumplido todas sus esperanzas. 

Una hora después, sor Mihaela María estaba en Stulpicani, cerca de la frontera con Ucrania, en la casa de sus padres biológicos. Allí iba a conocer de golpe a sus tíos, al resto de sus hermanos y a sus seis "nuevos" sobrinos. Con estos últimos se tiraría al suelo a jugar, mientras les decía que era "la tita Mihaela". A su hermano pequeño, Andrei, de tan solo ocho años, se lo ganó para siempre cuando se puso a jugar al futbol con él y sus amigos, con hábito y todo. Mihaela no solo había recibido la noticia de que, en realidad, tenía un montón de hermanos, sino que, además, eran todos muy parecidos físicamente. Durante esos días, toda la familia se mostraba muy contenta por aquel reencuentro, y, también, de que Mihaela viviera en España y fuera una monja católica.

La joven monja dominica descubrió que tenía seis hermanos más y otros tantos sobrinos. 

Sin agua corriente y apenas electricidad, en la zona más pobre del país, a las dos hermanas dominicas no les faltaría de nada durante las tres semanas que pasaron allí. Los padres de Mihaela les iban a ofrecer lo mejor que tenían. Los primeros días no querían comer con ellas, temerosos por acoger en su propia casa a personas que venían de una situación económica mucho mejor que la suya. Pero esa sensación se fue pasando y su madre pronto paseó orgullosa a su hija por todo el pueblo, mientras los vecinos, que un día la habían tenido en brazos, se emocionaban al verla. Otras personas del barrio también la felicitaban y deseaban poder algún día encontrarse con sus propios hijos desaparecidos. 

Uno de los momentos más emocionantes del viaje fue cuando sor Mihaela visitó el hospital donde había nacido. También tuvo tiempo para participar de la Eucaristía en la iglesia católica que había en el pueblo, y de la Liturgia ortodoxa. Y llegó el día de la partida. Las despedidas comenzaron la noche anterior. Una de las más duras, sin duda, la de su hermana Narcisa, que era sordomuda. Sin poder hablar, la joven le transmitía a Mihaela todo su cariño. Lo que no pensó, Mihaela, es que fuera a romper a llorar. Ya en el aeropuerto, antes de marchar, la joven dominica abrazó a sus padres con alegría y con agradecimiento en el corazón por todo lo que habían hecho por ella desde el día en que nació

Mihaela reconoce que se siente orgullosa de sus padres biológicos y de su familia adoptiva.

Mihaela siempre le pidió a Dios poder formar una familia. Hoy, a falta de una, le ha regalado tres: su comunidad de hermanas dominicas, a la que se siente muy agradecida, su familia adoptiva, y su familia biológica. A los 28 años de edad es monja de clausura en el Monasterio de Santa Ana de Murcia y el próximo año espera hacer los votos perpetuos. La joven confiesa a Religión en Libertad: "El encuentro con mi familia biológica me ha ayudado a ver que Dios existe, que es fiel, que no se ha olvidado de ninguna de mis lágrimas. Para que se cumpliera el versículo: 'Ellos no nacieron de la sangre ni de la carne, sino que nacieron de Dios'".