Si alguien sabe de discernimiento, es él, así que no se arredra ante su nuevo cometido como director de vocaciones de la diócesis de Santa Rosa (California): Raúl Lemus, sacerdote salvadoreño de 45 años -aunque lleva desde los cuatro en Estados Unidos-, lleva doce meses con ese encargo de parte de su obispo, Robert Vasa, quien conoce bien su historia.

Una historia tan sorprendente que choca a su mismo protagonista: "Hace veinticinco años no me lo habría creído", declaró a Our Sunday Visitor.


Llegó a Estados Unidos siendo niño desde El Salvador. De familia muy humilde -su padre lavaba los platos en un restaurante-, conoció los barrios más duros de San Francisco. Fue educado religiosamente por su madre, que le llevaba a las iglesias más hermosas de la ciudad: "Me encantaba que me diese un dólar para echar en la colecta".

Pero a partir de los 14 años, y hasta los 22, se apartó por completo de la Iglesia. Se hizo presumido y empezó a aspirar a ser actor. Se convirtió en un "bronquista", al tiempo que conocía lo peor del submundo de las bandas y las drogas que afecta a una parte de la juventud latina, aunque sin introducirse en él. No así su hermano Carlos, que acabó afectado por el alcoholismo y la drogodependencia y tuvo que se ingresado en una clínica para desintoxicación, obligando a toda la familia a cambiarse de casa.

Lo cual sería providencial para él, pues el nuevo hogar estaba junto a la parroquia de San Vicente de Paúl, de estructura tradicional y hermosos altares de mármol, abundantes imágenes y espectaculares vidrieras. "Estaba llena de lo que llamo santas distracciones", confiesa Don Raúl.

Pero a él le distraían otras cosas. Se dio cuenta de que la parroquia congregaba a un buen número de chicas guapas, y decidió volver a pisar los templos de los que llevaba tanto tiempo ausente: "Acabé siendo monaguillo, luego lector y luego ministro de la comunión", dice, para finalmente ingresar en el seminario y ordenarse sacerdote.


¿Cómo sucedió? Al empezar a visitar la parroquia, se enganchó al grupo de jóvenes, donde se le descubrieron dotes de liderazgo natural que pronto le otorgaron un papel relevante en la comunidad. "Durante ese tiempo", explica, "me enamoré de Dios y de la Iglesia, y comprendí que en mi vida faltaba algo".

Su familia tenía amistad con un sacerdote salvadoreño, Emiliano Caballero, a quien el joven Raúl apreciaba mucho porque era alguien "normal" a quien "le preguntabas sobre Dios y te respondía en un español muy clarito". Y ese modelo del sacerdote "de gran corazón y que hacía bromas" como el padre Caballero, había plantado en él la semilla de la vocación en su infancia, y había llegado el momento de que fructificase.

En 2002 Raúl Lemos fue ordenado sacerdote, y el padre Caballero estuvo allí ayudándole a revestirse. Sigue siendo hoy su modelo de aproximación a los jóvenes, en particular los de la comunidad hispana.

A lo largo de todos estos años de sacerdocio "ha habido dificultades", admite Don Raúl, pero "ha valido la pena". Se declara "de la vieja escuela", aunque "no conservador", y recientemente aprendió a celebrar la misa tradicional: "Me gusta su silencio sagrado. Es hermoso".


Cuando la gente le pregunta a qué se dedica, responde como el santo cura de Ars, San Juan María Vianney: "Mi trabajo es ayudaros a ir al cielo". Como director de vocaciones tiene por delante una labor difícil, porque las vocaciones entre la comunidad hispánica están descendiendo en Estados Unidos. En su diócesis, de 140.000 habitantes, hubo este año dos ordenaciones y tienen siete seminaristas.

El padre Lemus apunta una razón para esa disminución en el ámbito latino: "Muchos niños de origen hispano van a la escuela pública, donde no se puede hablar de Dios, pero sí se puede hablar mal de Dios. Se sumergen en una cultura laicista y pierden la fe".

Por eso anima a los padres a proponer a sus hijos modelos sacerdotales positivos, invitando a un cura a cenar a casa, o viendo películas que presentan retratos positivos de sacerdotes, o incluso regalándoles kits infantiles de misa para que jueguen a celebrarla. (Jugar a decir misa no era inhabitual en las familias católicas hace un siglo.)