Solzhenitsin ha sido, sin duda, una de las grandes referencias morales de nuestro tiempo. Movilizado durante la II Guerra Mundial, ascendió al cargo de oficial en las filas del Ejército Rojo hasta que fue detenido por emplear expresiones «antisoviéticas» en una carta dirigida a un amigo. En el universo concentracionario marxista conoció a miles de entre los millones de internos: cristianos, sacerdotes, amas de casa, militares, miembros del partido comunista, funcionarios, obreros, campesinos, soldados…
 
La monstruosidad de esa culminación histórica del progresismo que fue el comunismo soviético, fue eficazmente denunciada desde el interior del propio infierno por hombres como Solzhenitsin. Las interminables torturas durante días, meses, años, la prohibición de toda correspondencia con la familia, el enterramiento en vida de millones de inocentes obligados a firmar las más grotescas confesiones de culpabilidad, el frío trabajo, cruel e indiferente, de los carceleros, de los torturadores, de los asesinos. Siete décadas de opresión, de horror, de miseria. Siete décadas en las que los seres humanos fueron literalmente triturados, sus genitales aplastados, sus conciencias asaltadas, en las que los comunistas encerraban a los parientes, a los amigos, a los compañeros de las víctimas, en una espiral de locura sin fin que multiplicaba por dos, por cinco, por diez, el número de víctimas; siete décadas en las que el terror de la delación se enseñoreó de una sociedad, en las que los hijos denunciaban a sus padres, las mujeres a los maridos, los hermanos a los hermanos, como si eso fuera a relevarles del horror de la tiranía atea (no los libraba, no, pero ellos creían así aplazar la ineluctabilidad de su destino). Siete décadas de locura colectiva en las que se trató de aniquilar al ser humano.














Manipulación de la historia

La manipulación de la célebre fotografía de un soldado soviético izando la bandera con la hoz y el martillo sobre el Reichstag berlinés, en 1945, sirve de ilustración a la manipulación que la izquierda sigue haciendo de la historiografía.


El comunismo, el ateísmo oficial, el progresismo materialista en versión dictatorial ha sido aherrojado de la Historia en casi todo el planeta. Algunos viejos dinosaurios, como Castro y Kim-Jon–Il sobreviven; sólo en China, con quien el hipócrita Occidente mantiene inmejorables relaciones –aunque subsiste un terror comunista que ha alcanzado las más delirantes cotas-, el número de muertos se acerca los cincuenta millones. 50 millones, sí. Mientras Mao, Stalin y Ceaucescu pulverizaban literalmente a sus pueblos, los progresistas occidentales –como los que hoy nos gobiernan o como sus policías del pensamiento- les doraban la sangrienta peana sobre la que se alzaban. Mientras millones de seres humanos eran devorados por el fuego de la adoración al ídolo del progreso en la pira del delirio marxista, una interminable lista de intelectuales europeos y norteamericanos apuntalaba la autóctona conciencia criminal.
 
Algunos pretendieron no haber sabido, fingiendo ignorar lo que se escondía tras el telón de acero. Mentira. Todos ellos lo sabían, pero odiaban más aquello que la bestia roja destruía de lo que amaban la verdad, de modo que no tenían mucho que alegar en su contra. Los Aragon, los Camus, los Sartre, los Marcuse, los Webb, los Reich, los Brecht, los Alberti, los Gramsci, los Beauvoir, los Shaw, los Gorki, los Neruda, los Fassbinder, los Wells, los Russell, los Munzenberg…¡Y claro que lo sabían! Camus rompió su amistad con Sartre a cuenta de la catástrofe genocida en la URSS, ante la que Sartre prefirió el silencio ¿Y no fue Brecht, acaso –ese repugnante humanoide tan celebrado por la nauseabunda progresía-, quien escribió aquello de que «cuanto más inocentes son más merecen morir»? Que no sabían, dicen. Y un cuerno.
 
Solzhenitsin se alzó contra aquella barbarie que un lobotomizado mundo progresista había creado. Plantó cara al Moloch soviético sin sombra de esperanza, cuando el paraíso terrorista del marxismo prometía eternizarse. Afortunadamente ha vivido lo suficiente para mirar a la cara a sus carceleros por las calles de Rusia; afortunadamente alcanzó a ver la luz de la victoria, la Luz del Cristo que encontró en el Gulag y en las iglesias de la santa Rusia. Afortunadamente pudo regocijarse con la Libertad –no «las libertades» de este sistema inmundo, sino la Libertad, con mayúsculas- y con la disolución decretada en fecha de la Navidad (25 de diciembre de 1991), que finiquitaba oficialmente tan monstruosa máquina de picar carne humana como era la propia URSS.
 
De una altura moral superior a la de muchos celebrados iconos del pasado siglo, Solzhenitsin no ha recibido el reconocimiento que sin duda merece. El abrumador dominio de los medios progresistas en occidente ha impedido que el mundo le tribute el homenaje que le corresponde; Solzhenitsin combatió el comunismo, pero denunció el consumismo con igual ardor, como otra vía –quizá más peligrosa- de inmersión en el más soez de los materialismos. Y, al contrario que un Mandela, pongamos por caso, no mostró complacencia alguna con el poder mundial, ni compartió los presupuestos del extravío posmodernista y todos sus funestos y, a menudo, mortíferos derivados. Solzhenitsin jamás consideró al capitalismo como alternativa al socialismo, sino a la espiritualidad como única respuesta al desastre materialista. Solzhenitsin interpretó, como pocos, al capitalismo y al comunismo como manifestaciones aparentemente dispares de idéntico desvarío.
 
En abril de 1976, el entonces reciente Premio Nobel Alexander Solzhenitsin, visitó España. Concedió varias entrevistas, una de las cuales a TVE. José María Iñigo fue su interlocutor. El escritor ruso habló largo y tendido de la libertad de que gozábamos en España. Aquí se podía viajar a donde uno quisiese; aquí podías hacer fotocopias sin pedir permiso a la policía; aquí podías comprar periódicos de cualquier parte del mundo, llegar a tu casa a la hora a la que quisieses sin dar más razón que a tu familia y hasta ir a la huelga, ante lo que el sistema hacía la vista gorda pese a ser ilegales. Y también podías salir del país cuando te diese la gana. Y comprar lo que quisieses. Y la correspondencia era privada. Y los jueces cumplían los códigos. Y podías comer lo que tu conveniencia económica te aconsejase, y hasta creer en Dios o dejar de hacerlo y, en todo caso, sin tener que dar cuenta a nadie.
 
Estábamos entonces aún en el franquismo, aunque el Caudillo ya no vivía. La reacción de la progresía imperante –sí, ya por entonces- fue furibunda. Entre los insultos que le fueron dedicados por decir la verdad, destacó la singular canallada que le dedicó el miserable Juan Benet: «Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos».
 
Pero no termina ahí la cosa. Con motivo de la muerte de Solzhenitsin, hace ahora un año, reapareció en los medios el entrevistador de 1976, el llamado Iñigo. En la vorágine de mentiras históricas que nos anega en estos tiempos, dicho periodista ha querido contribuir con su granito de arena, asegurando que «el programa llenó de alegría a los más conservadores, hasta el punto de que hubo que repetirlo para que Franco, que se lo había perdido, pudiera verlo». Naturalmente que Franco se lo había perdido. Como que llevaba muerto cinco meses.
 
Y así se escribe la Historia, amigos. ¿Quién respondió a la mentira? ¿Quién puso al falsario en su sitio? ¿Cómo, cuando los fariseos ocupan los sillones, la Academia, los medios, la Moncloa y, por si acaso, la oposición? Pues así se escribe la Historia.