La nueva barbarie (más o menos) ilustrada puede condensarse en una consigna de pitonisas muy al uso de políticos de toda laya, intelectuales y capitalistas diversos: “Mirar al futuro”.

Tenemos así a Emilio Lamo de Espinosa loando la necia expresión de “aquel gran aragonés, Joaquín Costa: Cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid para olvidar la Historia”. Lo gracioso es que el señor Lamo se considera historiador. Un historiador partidario de olvidar la historia.

Y a fe que lo consigue. Nos informa, por ejemplo: “La Monarquía de Juan Carlos I constituye uno de los periodos más brillantes de la historia moderna de España, y quizá de la historia de España, sin más”. ¿Por qué? Véase: “Hoy España figura entre los cinco primeros países del mundo en inversión exterior, en esperanza de vida al nacer, en energías renovables. Entre los 10 primeros en PIB y en recepción de inversión extranjera. Ocupamos el lugar 154 en el índice de Desarrollo Humano de la ONU. El mismo lugar 15 en el Índice de Democracia del Economist Intelligence Unit, por delante de EEUU. Hemos pasado de emisores de emigrantes a receptores, de receptores de capitales a emisores, de receptores de ayuda (recordemos el trigo argentino) a uno de los principales donantes. Y podríamos seguir, pero solo añadiré tres más. Hemos saltado de uno de los Estados más centralizados a uno de los más descentralizados y la democracia se ha estabilizado y consolidado con elecciones regulares, alta participación y alternancia de mayorías […] Hemos pasado de una economía autárquica a una de las más abiertas de Europa con multinacionales que se comen el mundo y una brillante élite empresarial. Y la cultura, integrista y fuertemente conservadora, casi contrarreformista, es plural, tolerante y abierta, casi contracultural ¿Y qué decir del deporte de élite, donde somos una potencia? Cuando recuerdo la España en la que me crié de niño en los años cincuenta, se parecía más al Marruecos actual que a la España actual”. En suma, somos “más libres, educados y cultos”, de modo que “Cuando hablo con colegas historiadores y les pregunto por un periodo tan largo de libertad, seguridad y prosperidad, no encuentran la comparación adecuada”.

Bien, como él quiere olvidar la historia para dar la impresión de que todo lo bueno empezó con la monarquía, voy a recordarle algunos aspectos de estos treinta y cinco años que el señor Lamo tiene a bien pasar por alto, mientras nos cuenta simplezas sobre la autarquía, la España de los años 50 o la recepción de trigo argentino.

La España que heredó Juan Carlos de Franco era un país con pleno empleo, con índices de crecimiento sensiblemente superiores a los del resto de Europa (sin necesidad de estar en la CEE), con una renta per cápita que llegaba al 80% de la media de la Europa más rica, y al que numerosos especialistas auguraban una próxima superación de la de Italia y Reino Unido. La esperanza de vida al nacer era ya una de las más elevadas del mundo, y así otros muchos indicadores.

En otras palabras, la monarquía –decidida por Franco-- contaba con una herencia económica extraordinaria, sin precedentes. Por tanto, los logros posteriores no han salido de la nada, sino de esos logros previos, mucho más importantes y significativos porque partían de una situación caótica creada por el Frente Popular.

Y esos avances de la monarquía sobre la base creada antes, han tenido considerables taras que conviene no olvidar, aunque pertenezcan al pasado: lejos de superar a Italia y Reino Unido, el nivel de convergencia económica con Europa se perdió durante muchos años y no se recuperó hasta finales del siglo, con índices de crecimiento siempre mucho más bajos que los de la etapa anterior. Ese crecimiento se hizo, además, con desempleo masivo --que no bajó del millón y medio incluso en tiempos de Aznar--, con un enorme endeudamiento público y privado que ahora nos atenaza, con verdaderas oleadas de corrupción. Y con una tremenda expansión del estado sobre la sociedad civil, manifiesta en el número de empleados públicos, que se ha multiplicado por seis (y probablemente tiene que ver también con el desempleo desproporcionado en medio del cual se ha desenvuelto nuestra economía). Esta expansión del estado constituye, además, una amenaza para las libertades.

Un análisis medianamente serio de los hechos no puede dejar de mencionar “pequeño detalles” como estos, aunque es lógico que para el señor Lamo no cuenten, dada su particular concepción de la historia.

Recordaré otros aspectos: la cultura bajo el franquismo nunca fue integrista ni contrarreformista. Existieron, sí, esas tendencias, y con todo derecho, por qué no había de haberlas. Pero desde los mismos años 40 hubo una notable pluralidad, que fue ampliándose a lo largo de las décadas siguientes.

En los años 60 volvieron también, con gran fuerza, corrientes marxistas, freudianas y otras totalitarias y contraculturales, que no aparecieron con la monarquía, como el futurista señor Lamo imagina. Y, como ya señaló Julián Marías, lo del “páramo cultural” franquista es solo un cuento inventado por los que, ellos sí, han conducido a España a un páramo cultural, del que acaso pudiera considerarse al propio señor Lamo un exponente.
 
Lo único nuevo es que esas corrientes contraculturales y totalitarias adquirieron con la monarquía una influencia mucho mayor que antes, con efectos que hemos venido padeciendo y padecemos, pues están relacionados con el terrorismo, una aguda crisis de la familia, desmoralización de la juventud, aborto masivo aumento de la delincuencia (¡cinco veces más presos que en los años 60, y a pesar de leyes más laxas y de que multitud de delitos quedan sin castigar!) y otras cosas que Lamo debe de considerar menudencias, pues ni las menciona.
También es nueva la intensa satelización cultural de España a la cultura anglosajona, en un grado nunca antes visto.

Dejemos aquí los “índices de desarrollo humano” de la ONU (una organización en la que predominan las dictaduras y regímenes corruptos) y señalemos lo del Economist Intelligence Unit, que coloca a España por delante de Usa en democracia. Solo ese dato da mucho que pensar sobre la inteligencia de la Intelligence esa.

Un país con una Constitución en gran parte irrisoria, que nunca se ha cumplido gran cosa, sistemáticamente conculcada por partidos y autonomías, donde se persigue, en varias regiones, el idioma común, vulnerando de paso derechos humanos elementales, donde los políticos vulneran a diario la ley con impunidad, sin verdadera independencia judicial, con la corrupción como una seña de identidad, con un gobierno que coopera con el terrorismo para derruir el estado de derecho y la integridad nacional, o intenta dirigir hasta la vida íntima de los ciudadanos… Se ve que al señor Lamo no le afectan estos detalles, feliz él.


Aunque sé que el pasado no interesa al señor Lamo, le resumiré la cuestión en cuatro puntos, por si sus muchas ocupaciones le dejan tiempo para atenderlos:
 
a) La prosperidad de la monarquía —como la propia monarquía— viene del franquismo, no de la ruptura con él.
 
b) También la democracia viene del franquismo. Este fue una dictadura evolutiva, autoritaria y no totalitaria, que venció a la revolución, libró a España de la guerra mundial, derrotó el intento de volver a la guerra civil por el maquis, y dejó un país próspero, reconciliado y moderado, muy distinto de la sociedad pobre, estancada y polarizada de la república. Su carácter evolutivo permitió, precisamente, pasar a la democracia con pocos traumas.
 
c) La transición a la democracia se hizo con enormes defectos. Su parte buena (libertades, etc.,) procede de la evolución del franquismo. Su parte mala (terrorismo, corrupción masiva, falsificación de la historia, tendencias desintegradoras del país, desmoralización social, entierro de Montesquieu…), proceden del antifranquismo. Un antifranquismo en que incurre nuestro desmemoriado historiador.
 
d) Algo de esto he estudiado en La transición de cristal. Quien mira al futuro no aprende nada, solo crea mitos proyectando infantilmente sus vanos deseos. Del pasado, aunque no lo crea el señor Lamo, sí podemos aprender mucho. Olvidarlo es condenarnos a la demagogia, es decir, a la barbarie.

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Título: La Transición de cristal Libros Libres
Autor: Pío Moa Criteria Club de Lectores
 
Editorial: Libros Libres  
Páginas: 250 páginas  
Precio 20 euros