Este 12 de octubre se estrena en Estados Unidos una película que ha tenido que vencer numerosos obstáculos pero que llega a los cines con hechuras de gran cine de Hollywood: Gosnell: el juicio contra el mayor asesino en serie de América. Está dirigida por Nick Searcy, un actor de larga experiencia como secundario en películas de relieve, entre ellas cinco con varias nominaciones a los Oscar: El príncipe de las mareas (1991), El fugitivo (1993), Moneyball: rompiendo las reglas (2011), La forma del agua (2017) y Tres anuncios en las afuertas (2017).

Cuenta la historia de la detención y juicio contra Kermit Gosnell, el médico que practicaba abortos a término, ilegales en Pensilvania, y asesinaba a aquellos niños que, por accidente, nacían vivos.

Kermit Gosnell, durante su juicio. Foto: Associated Press.

En 2013 fue condenado a cadena perpetua por tres de esos crímenes, pero aún más relevante que la casa de los horrores que demostró ser su abortorio -conservaba restos de los niños que mataba- fue el clamoroso silencio mediático en que los medios del sistema envolvieron un juicio que, con menos cargos y menos muertos y menos circunstancias informativamente destacables, habría ocupado los principales informativos del país durante meses.

Un vídeo de 2013 de la cadena independiente MRCTV mostró el impacto desinformativo de los llamados medios mainstream [que siguen la corriente del poder]: un encuestador pregunta junto al monumento a Lincoln en Washington (lugar de paso y turístico esencial en la ciudad) quién es Kermit Gosnell, el mayor asesino en serie de la historia del país, juzgado en esos días, y enseña una foto. Nadie lo conoce. Luego pregunta por la detención esa semana de la actriz Reese Whiterspoon por un incidente de tráfico. Todos han oído la noticia.

El agujero de deontología profesional por razones ideológicas que mostraron los grandes medios nacionales y extranjeros fue tan clamorosa que solo la presión de algunos medios digitales y de los grupos provida en las redes sociales logró que finalmente mandaran periodistas a cubrirlo, ya bien avanzado el juicio.

En el minuto 1:14 del tráiler de Gosnell se ve la reacción de los policías investigadores del caso cuando comienza el juicio y ven que están vacíos todos los lugares reservados a la prensa.

Gosnell ha contado en su reparto con actores de gran experiencia, muy conocidos sobre todo en el ámbito de las películas y series para televisión, desde Earl Billings, quien interpreta al doctor Gosnell, a los actores que encarnan a los policías del caso, Dean Cain y Sarah Jane Morris.

El resultado técnico y artístico es más que notable y a la altura de las buenas producciones de Hollywood, pero, como señala John Waters en un artículo sobre la película publicado en First Things, los productores se han lanzado de frente contra las normas no escritas del Hollywood de nuestro tiempo, que sitúan el aborto en el sancta sanctorum de lo intocable. (Facebook prohibió en mayo la publicación en su plataforma de anuncios de la película.)

A continuación reproducimos el artículo de Waters, que fue uno de los bastiones provida en Irlanda durante el reciente debate por la legalización del aborto (los ladillos son de ReL):

John Waters, crítico musical muy conocido en Irlanda, fue una de las personalidades provida más presentes en los medios en los meses previos al referéndum del 25 de mayo que abolió la cláusula constitucional contra el aborto en Irlanda.

EL ABORTO, A JUICIO

En nuestros días, a los artistas se les exige o bien ser ateos o aceptar tácitamente aquel consejo mordaz que le dio a Tony Blair su asesor Alastair Campbell: “De Dios no hablamos”. Por razones obvias, intentar enfrentarse a esta tendencia choca con una engañosa cultura secular, diseñada para rechazar todo lo que pueda desafiar a sus cinco anti-valores clave: el ateísmo, el relativismo, el consumismo, el hedonismo y el nihilismo.

Algunas cosas (las que define y rechaza el estatuto de la corrección política) están especialmente no-permitidas, y la principal entre ellas es el cine provida. Desde los años 80, formar parte del clan de Hollywood ha exigido adhesión a una lista de sobreentendidos, de las cuales ser pro-choice [pro elección de la mujer, esto es, pro-aborto] ha sido la más absoluta. Si una película aborda el aborto, hay una única forma correcta de hacerlo sin atraer el infierno sobre todas las personas implicadas.

Pero al producir la película Gosnell, Ann McElhinney y Phelim McAleer se han atrevido con lo no-permitido. Su película, que se estrena el 12 de octubre, cuenta la impactante historia de Kermit Gosnell, abortero de Filadelfia considerado “el más prolífico asesino en serie de Estados Unidos”. Ambos periodistas de investigación, escritores y productores, McElhinney y McAleer son irlandeses pero ahora trabajan principalmente en América. Son auténticos: investigadores serios, militantes apasionados, infatigables luchadores por el bien.

El equipo de Gosnell, en la première de este martes 9 en el Saban Theatre de Beverly Hills (California). Phelim McAleer, el hombre de la pajarita y su esposa Ann McElhinney, la mujer con traje blanco justo detrás de él, son los productores del film. Foto: Zimbio.

Aunque fue condenado en 2013 por varios cargos de asesinato  e infanticidio por los cuales pasará el resto de su vida en prisión, se cree que Gosnell fue responsable de matar ilegalmente cientos de bebés nacidos vivos y a al menos dos mujeres que se sometieron a abortos tardíos. Probablemente la principal motivación de sus ahora célebres crímenes fue el dinero, la avaricia. Gosnell mostró un desprecio absoluto por la ley de Pensilvania, que prohíbe los abortos después de las 23 semanas y 6 días de gestación. Manipuló ecografías para alterar los registros de edad gestacional para poder matar niños mucho más allá del límite permitido. Su especialidad era seccionar la columna vertebral de niños nacidos vivos. Junto a una desharrapada panda de colaboradores no cualificados e iletrados, asesinó a innumerables niños –algunos “legalmente”, pero la mayoría “ilegalmente”– en su casa de los horrores.

Los productores de Gosnell habían escrito antes un libro-reportaje sobre los crímenes y juicio del abortero (pincha aquí para adquirirlo).

Como muestran la película y el libro del mismo título de McElhinney/McAller, su clínica era repugnante más allá de la imaginación humana: ratas y gatos corrían a su antojo, llenando todo el suelo de heces; los fetos se almacenaban en cámaras frigoríficas dentro de  botes, palanganas, cartones de limonada; instrumentos de un único uso se reutilizaban varias veces... En ese caos, un equipo sin cualificar administraba medicamentos y anestésicos, básicamente ejecutando niños que superaban su torpe “práctica del aborto” y accidentalmente nacían vivos. La policía encontró una colección de botes en una cámara frigorífca de la clínica de Gosnell que contenían los pies cortados de niños abortados conservados en formaldehido, a modo de recuerdo de sus mortíferas operaciones. Él no intentaba ocultarlos.

Intocable

A pesar de las innumerables denuncias y de las señales de alarma, las autoridades sanitarias de Pensilvania se negaron a cerrar la clínica de Gosnell. Los agentes, reacios a dar oxígeno a los críticos contra la industria del aborto, miraron hacia otro lado. En la rara ocasión en la que los inspectores investigaron un denuncia, la suave forma de hablar de Gosnell les hizo marchar. Él continuó ejerciendo de la misma manera durante treinta años. El informe final del gran jurado encontró que la incompetencia y negligencia oficiales, la inercia burocrática y el deseo de evitar que se posase el foco sobre los rincones oscuros de la industria del aborto habían causado la muerte de innumerables seres humanos inocentes.

Incluso después de que los horrores de Gosnell se descubriesen durante un registro en 2010 (los investigadores de narcóticos buscaban una fábrica de pastillas), las autoridades (la policía, la fiscalía y el mismo procedimiento del gran jurado) se cuidaban de no pisar el callo de un abortorio. Se decidió que nada de aquel caso pudiese poner en peligro el “derecho al aborto”.

El gran jurado recomendó que Gosnell fuese acusado de siete cargos de asesinato en primer grado de niños a quienes se les “cortó” el cuello; dos cargos de infanticidio al no salvar la vida de niños nacidos vivos que podían haber sobrevivido; un cargo de asesinato en tercer grado [tipo penal de homicidio existente en algunos estados norteamericanos] por una mujer, Karnamaya Mongar, que había muerto en la clínica; conspiración para el asesinato de “cientos de casos no identificados” de niños asesinados después de haber salido del cuerpo de su madre; y múltiples violaciones de las leyes de Pensilvania de regulación del aborto y de regulación del uso de sustancias. Por no mencionar diversos otros delitos como perjurio, extorsión, falsificación y corrupción de menores, hasta un total de 258 cargos.

Un bochornoso silencio mediático

Sin embargo, los medios nacionales ignoraron el juicio de Gosnell durante casi un mes, hasta que un puñado de blogueros y activistas en redes sociales les avergonzaron por ello. Cuando los periódicos acudieron finalmente a informar sobre el juicio, su cobertura estuvo plagada de evasivas y eufemismos. Una de las historias incluía un testigo ocular de que en la clínica “llovía sangre de feto por todas partes”. Pero el titular de Associated Press fue: “Un miembro del equipo describe el caos en una clínica abortista de Pensilvania”.

“Esto no tiene nada que ver con el aborto” fue la marca de agua impresa en la versión oficial de la historia de Gosnell.  La mayor parte de las personas implicadas en el encarcelamiento de Gosnell se describían a sí mismas como pro-abortistas. De los miembros del jurado, al menos nueve dijeron al informativo NBC 10 News que eran pro-abortistas, y dos dijeron que no eran ni pro-abortistas ni provida.

El juicio les hizo cambiar

Pero sí tiene que ver con el aborto, y Gosnell lo muestra de forma irrefutable, con hechos que hablan más alto que la propaganda. El juicio a Gosnell fue uno de esos raros momentos en los que los partidarios del aborto se ven enfrentados a la fealdad de sus convicciones. Una escena de la película muestra un momento del juicio en el que se pide al jurado que vea unas fotos de niños con sus cuellos seccionados. El espectador no puede ver las imágenes, pero puede ver la cara de los jurados, como si su autoengaño fuese aspirado por una máquina de vacío. Un jurado dijo a ABC News que esa fue la parte más dura del juicio: “Lo que fue duro para mí”, explicó, “fue admitir que este tipo de mal existe en el mundo”.

“Casi todos los que eran pro-aborto en mayor o menor medida y cubrieron durante un tiempo significativo el juicio a Gosnell eran menos pro-aborto a su final”, dijo el periodista local J.D. Mullane a McElhinney y McAleer: “Este cambio tuvo lugar probablemente porque por primera vez oían hablar del aborto a expertos bajo juramento”. Después del juicio, Mullane entrevistó a tres miembros del jurado. Según informó, los tres se habían convencido de que las mujeres que pedía el aborto a Gosnell deberían también haber sido acusadas de asesinato, una posibilidad que las autoridades habían descartado ni que se mencionara durante el proceso judicial. Cuando el debate sobre el aborto se separaba de su corrupto contexto mediático, un significativo número de personas abandonaban el lado pro-aborto.

J. D. Mullane fue el único periodista que estaba cubriendo el juicio de Gosnell el primer día. Él mismo explicó que los compañeros que fueron llegando a cubrirlo semanas después cambiaron su visión del aborto tras ver y oír lo que vieron y oyeron.

Gosnell fue protegido por la fuerza de un bando ideológico que le hizo sentirse tan seguro de sí mismo que, hasta hoy mismo sigue convencido de que la Historia le reconocerá y de que algún día será declarado inocente. Se presentó a sí mismo como un altruista y benéfico hombre de cultura. Mientras la policía registraba su casa, tocaba a Chopin al piano como para aportar la banda sonora del entorno que le daba su apoyo e insistiendo en que su clínica era un lugar refinado y no una cloaca asesina.

Hipocresía

Gosnell es un viaje al corazón de la hipocresía en Estados Unidos. La basura que describe tan gráficamente es una metáfora del sucio secreto del mundo que permite el aborto, el inevitable detritus de una mentira putrefacta que evita el primer plano porque las víctimas son invisibles. Gosnell se enfrenta a la mentira de los plazos y al malabarismo que permite a personas que se autodenominan progresistas aplaudir la matanza masiva de inocentes. Lanza un guante al mundo al desafiar el más inconcebible fenómeno “médico” de nuestra era en el terreno de su institucionalizada hipocresía sin límite.

Fotograma a fotograma, hace pedazos todo lo que Estados Unidos se ha dicho a sí mismo y ha dicho al mundo sobre el aborto. Esta película sobre un caso que “no tenía nada que ver con el aborto” convierte ese caso en un juicio a ese crimen que es el aborto, y a la doblez y escapismo necesarios para que siga sucediendo.

Traducción de Carmelo López-Arias.