Richard Francis Burton

y, sobre todo, John Hanning Speke han pasado a la historia como los descubridores en 1858 de las fuentes del Nilo, que situaron en el lago Victoria. Pero en realidad fue un religioso español, el madrileño Pedro Páez, quien lo había hecho más de dos siglos antes.

Así lo recuerda Fernando Paz en Antes que nadie. Aventuras insólitas de unos españoles que quisieron ser demasiado (LibrosLibres), donde dedica un capítulo a la hazaña del jesuita madrileño, entre otros hechos destacados de nuestra Historia protagonizados por personas excepcionales en circunstancias excepcionales: Pedro Menéndez de Avilés fundando la primera ciudad de Estados Unidos, Blas de Lezo derrotando a la mayor flota que ha existido antes del desembarco de Normandía, Ruy González de Clavijo ejerciendo de primer embajador europeo en Asia, Blas de Ruiz como gobernador de Camboya, Manuel Iradier conquistando Guinea sin disparar un tiro, etc.

En cuanto al hallazgo de uno de los grandes mitos de la Historia, como son las aguas que dan origen al mayor río del mundo y donde surgió la civilización, en efecto, los ingleses Burton y Speke descubrieron el origen del Nilo Blanco, el punto más alejado de la desembocadura, en el Lago Victoria. Pero como subraya Paz, lo relevante en un río es el caudal, y en este caso es el Nilo Azul el que aporta el 80% de las aguas, y el que detiene las del Blanco junto a Omdurman, arrollándolas. Ésas fueron las que encontró el padre Páez procedentes de las montañas del macizo etíope.

Pero lo relevante de lo que hizo no es solamente el hallazgo geográfico, sino que éste se produjo como colofón a una epopeya misionera en pleno siglo XVII, cuando en el Imperio español no se ponía el sol.

Pedro Páez nació en 1564 en Olmeda de la Cebolla, hoy provincia de Madrid, y recorrió medio mundo predicando a Cristo a imitación de San Francisco Javier y con permiso papal de buscar incluso el martirio.

Tras estudiar en Coimbra, Alcalá de Henares y Belmonte, un viaje de siete meses le llevó en 1588 a Goa, en la India. A los pocos meses se ordenó sacerdote y junto con un sacerdote catalán, Antonio de Montserrat, inició una odisea para llegar a la costa somalí que incluyó padecer durante meses el paludismo, disfrazarse de armenios, ser asaltados por piratas, caer en manos de los turcos, ser torturados y encarcelados y finalmente vendidos como esclavos a un sultán del Yemen, travesía a pie por el desierto sin calzado y alimentándose de saltamontes.

Páez recorrió zonas (y las describió), como los desiertos de Habramaut y Rub-al-Khali, cuyo descubrimiento se atribuirían dos siglos después otros europeos.

Vendidos luego al pachá turco de Sanáa, fueron encarcelados durante dos años como espías portugueses, y prolongaron su prisión hasta que Felipe II se interesó por ellos y logró que los devolvieran a Goa en 1596, destrozados físicamente. Montserrat murió en 1599, pero Páez consiguió por fin irse por su cuenta en 1603 a evangelizar Etiopía. Volvió a disfrazarse de armenio, se hizo llamar Abdullah, y partió en solitario “seguro de su dominio de los idiomas y de su arrolladora personalidad”, afirma Fernando Paz.

Estuvo en Abisinia más de veinte años, trabó amistad con los sucesivos emperadores en una época de duros conflictos entre monofisitas y católicos, y acompañando al rey en un paseo a caballo el 21 de abril de 1618, descubrió la fuente del Nilo: “Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambesis, el gran Alejandro y el famoso Julio César”, escribe en su Historia de Etiopía de 1620, donde pese a eso no da ninguna importancia a su descubrimiento.

Tal vez porque, misionero más que explorador, valoraba más las aguas bautismales que había vertido durante décadas sobre los nuevos discípulos de Cristo.

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Título: Antes que nadie Tienda Libres
Autor: Fernando Paz  
Editorial: LibrosLibres  
Páginas: 248 páginas  
Precio 20 €