Para alguien que se consagra en cuerpo y alma a la escritura como Mercedes Salisachs, la mejor forma de ir cumpliendo años —lleva 94 y medio— es dar a la imprenta una novela. Se titula «El cuadro» (Libros libres) y es la trigésimo primera de su producción literaria. Con la mano izquierda paralizada y problemas de vista y oído, la escritora pasó dos días en Madrid sintiendo el calor de sus lectores. «Estoy agotada, pero muy satisfecha, ultimando una novela que me encargó la Clínica de Navarra», nos dice. Le acompaña su nieta Alejandra. A ella dedica «El cuadro»: «Mi consejera, mi apoyo a lo largo de mi trayectoria profesional, mi compañera de fatigas, la indiscutible sustituta del hijo que perdí hace muchos años...»

Hasta que ganó el premio Planeta en 1975, Salisachs pagó un alto peaje por ser mujer y nacida de alta cuna barcelonesa: todavía sigue poniendo de los nervios a quienes confeccionan sanbenitos. En 2003 rubricaba en su ensayo «La palabra escrita» el lema que guía su literatura desde que comenzó a los cinco años: «Escribir para triunfar es escribir para el olvido. Escribir para ayudar es triunfar en el recuerdo».

Esa voluntad esboza «El cuadro»: una joven sobrevive a un huracán físico y moral. Tendrá un hijo que al hacerse mayor preguntará por su padre. Ella le señala el personaje de un cuadro y el niño saldrá en busca del —posible— progenitor... Una trama nacida de una noticia periodística sobre la desaparición de una niña en un bosque y su retorno al cabo de cuatro días diciendo que la había cuidado una señora que algunos identificaron con la Virgen María. Con esas novelas que desafían la racionalidad y alimentan el espíritu, Salisachs busca la reflexión del lector: «El argumento es secundario. La gente quiere entretenimiento, saber qué pasará y a mí me interesa más el porqué».


En el prólogo de «El cuadro» el escritor y crítico de ABC Carlos Pujol nos habla de una historia sobre la recuperación de algo perdido «que alguien necesita encontrar, aunque todavía ignoramos lo que es». La penumbra como revelación. Ante la ola laicista que arrasa esta sociedad, Salisachs se pregunta: «Si no creen en Dios, ¿por qué lo atacan tanto? Hablan en nombre de la libertad, pero la libertad es como un río; si no tiene un cauce, anega y destruye todo...».

Salisachs sigue escribiendo, ahora más lentamente, a mano, reelabora los trescientos folios de otra novela que no le acaba de convencer y no desdeña las nuevas tecnologías. En la web info@mercedessalisachs.com recibe un sinfín de mensajes: «He ganado muchos premios, pero el mejor de todos son mis lectores».