Hoy somos afortunados porque la Medicina ofrece remedios eficaces para un extraordinario número de enfermedades, y también paliativos para aquellas cuya curación total aún no es posible. Pero hasta hace muy poco tiempo (y en términos históricos siglo y medio es muy poco tiempo), acudir a la consulta del médico podía ser más peligroso que prescindir de todo tratamiento.

Quien lo explica es un investigador y clínico español, el doctor José Alberto Palma, doctor en Neurociencias por la Universidad de Navarra y profesor de Neurología en la New York University. Es hijo, nieto y biznieto de médicos, y de su padre heredó una gran afición a la Historia de la Medicina. En esa línea, acaba de publicar Historia negra de la Medicina (Ciudadela) donde recoge infinidad de tratamientos "absurdos, desagradables y terroríficos" que han aplicado a lo largo de los siglos sus compañeros de oficio.

A quienes no mira con superioridad alguna. El doctor Palma presenta aquellas situaciones con rostro amable (la amena pluma compensa en este caso el temible bisturí) y aprovechando para enseñar al lector los aspectos anatómicos, patológicos o farmacológicos envueltos en los tratamientos, y por qué fallaban.




-Aunque es difícil escoger, uno de los episodios más terroríficos que aparece en el libro es el terrible crimen del sacamantecas de Gádor, acaecido en la provincia de Almería en 1910. Durante mucho tiempo se creyó que el mejor tratamiento para curar la tuberculosis –una enfermedad mortal hasta que se desarrollaron los antibióticos– consistía en aplicar, sobre el torso del paciente, la grasa subcutánea (“manteca”) aún caliente extraída de un niño. Esta teoría completamente errónea era incluso mencionada en algunos manuales médicos. Como consecuencia, se llevaron a cabo crímenes terribles a lo largo de la geografía española –el de Gádor no fue el único–: niños inocentes eran secuestrados y asesinados por pacientes tuberculosos sin escrúpulos con el fin de extraerles las mantecas. De ahí el nombre del sacamantecas.
 

-No es hasta que comienzan a realizarse experimentos controlados, haciendo uso de metodología estadística sólida, cuando podemos hablar de medicina científica.


-Uno de los primeros experimentos de este tipo fue el realizado por el médico florentino Francesco Redi a finales del siglo XVII, para comprobar la eficacia de las llamadas “piedras serpiente” las cuales, se creía por entonces, neutralizaban el veneno de las picaduras de víbora. Ante numerosos testigos y utilizando una amplia selección de “piedras serpiente” en varias especies animales (pajarillos, gallinas, gallos, etc.) y unas 250 víboras, Redi mostró que, salvo en contadas ocasiones, todos los animales morían a pesar de aplicar la piedra tras sufrir el mordisco venenoso de los reptiles.


-Estudios similares, como los del médico francés Pierre-Charles-Alexandre Louis para demostrar la ineficacia de las sangrías en 1835, hicieron que el resto de tratamientos absurdos y terroríficos fuesen abandonados paulatinamente.



 

-Fue, sobre todo, gracias a los descubrimientos del francés Louis Pasteur, el alemán Robert Koch, el húngaro Ignaz Semmelweis, el  inglés Joseph Lister y el escocés Alexander Fleming. Hasta que estos héroes de la medicina llegaron al mundo, era muy recomendable mantenerse bien alejado de los médicos.


-La Iglesia tiene un papel primordial en la historia de la medicina. Los primeros hospitales nacieron como casas de acogida de peregrinos, pobres y enfermos (algo nunca hecho hasta entonces), siguiendo el mandato cristiano de amor al prójimo. En estas casas de acogida, puestas en marcha por las ordenes religiosas o las diócesis, se llevaban a cabo cuidados básicos como alimento, cama, algo de higiene, y compañía. Los pacientes eran atendidos por monjes o monjas, rara vez por médicos, por lo que los procedimientos realizados eran muy limitados.


-Gracias a ello, los cuidados que los pacientes pobres recibían en los hospitales de la Iglesia eran bastante más sencillos y, a la vez más seguros, que los que recibían los pacientes pudientes de manos de médicos reputados.
 

-Existen innumerables ejemplos de médicos y científicos caracterizados por su fe católica cuyos descubrimientos fueron imprescindibles para el avance de la medicina. El sacerdote jesuita Athanasius Kircher, un verdadero erudito del siglo XVII, utilizó por primera vez el microscopio para investigar la causa de una enfermedad durante la plaga de peste bubónica que azotó Roma en 1656. El padre Kircher fue también el primero en proponer que “pequeños animales” (microorganismos) podrían ser los responsables de algunas enfermedades contagiosas, teoría que siglos más tarde se comprobó correcta. El también sacerdote jesuita y físico Christoph Scheiner fue el primero en demostrar la formación de una imagen invertida en la retina del ojo, uno de los mayores descubrimientos en oftalmología y neurociencia. El monje agustino Gregor Mendel es considerado el “padre de la genética” gracias a sus experimentos realizados con los guisantes que cultivaba en su monasterio en la actual Republica Checa, en el siglo XIX. El francés Louis Pasteur y el escocés Alexander Fleming, dos gigantes en la historia de la medicina por sus descubrimientos acerca de las causas, prevención y tratamiento de las enfermedades infecciosas, eran ambos devotos católicos.


-Otros ejemplos más recientes de extraordinarios médicos investigadores de alto nivel y católicos son el neurocientífico australiano John Eccles, cuyos trabajos acerca de la sinapsis neuronal fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina en 1963, y el estadounidense Joseph Murray, pionero en los trasplantes de riñón, galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1990. La lista podría ser enorme, lo que muestra que fe y razón no son incompatibles.


-La medicina actual es, en general, eficaz a la hora de diagnosticar y aceptablemente buena a la hora de tratar enfermedades bien definidas, como por ejemplo, cataratas, apendicitis, una perforación intestinal, o algunos tipos de cáncer. En cambio, hay otras dolencias para las que es difícil alcanzar un diagnostico y tratamiento bien definidos. Por ejemplo, el mareo, el dolor o la fatiga crónicos. Y, por supuesto, existen aun numerosas enfermedades terribles e incurables como algunos tipos de cáncer y las enfermedades neurodegenerativas. Para estas enfermedades la medicina occidental tiene pocas respuestas y, como consecuencia, los pacientes se refugian en otras terapias y productos alternativos.
 

-La medicina naturista se basa en la teoría de que el organismo es capaz de curar cualquier enfermedad gracias al mantenimiento de un estilo de vida saludable, por ejemplo, dieta vegetariana, hidroterapia, homeopatía, remedios derivados de plantas o yoga. Su auge actual surge como reacción a los posibles efectos adversos de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos convencionales.


-Como estilo de vida general, es una excelente idea llevar una alimentación sana baja en grasas saturadas e hidrocarbonados y realizar actividad física moderada (como los movimientos en yoga, tai-chi o Pilates). El problema aparece cuando se pretende tratar enfermedades graves única y exclusivamente con estas terapias. O, peor aún, cuando no se es consciente de que también estas terapias “naturales” pueden tener efectos secundarios.


-Por ejemplo, algunas hierbas de la especie Aristolochia se han asociado con cáncer del sistema urinario. Extractos de kava, una planta usada como ansiolítica y relajante, se han asociado a fallo hepático fulminante. Ginkgo biloba se ha asociado a graves hemorragias, sobre todo en pacientes que están en tratamiento con anticoagulantes orales, como Sintrom®. El consumo de la llamada “hierba de san Juan” (Hypericum perforatum) interfiere con el indinavir (un fármaco utilizado en los pacientes con sida), con el irinotecan (un fármaco utilizado en pacientes con cáncer) y con la ciclosporina (un fármaco utilizado para evitar el rechazo de los órganos en pacientes trasplantados). Las pulseras magnéticas, muy populares no hace tanto tiempo, pueden interaccionar con los marcapasos. De manera que incluso remedios catalogados como “naturales” puede tener efectos secundarios graves.


-La homeopatía se basa en la teoría de que las sustancias que causan efectos negativos en una persona sana se pueden usar también para tratar y prevenir esas mismas dolencias, siempre y cuando se administren en dosis minúsculas, diluidas en agua millones de veces. De manera que, cuando alguien consume homeopatía, en realidad está consumiendo más de un 99% de agua. No hay ningún estudio serio que haya demostrado la eficacia de la homeopatía para tratar ninguna enfermedad. De modo que si un sujeto experimenta una mejoría en sus síntomas tras tomar homeopatía, la curación es, sin duda, debido al efecto placebo. El hecho de que estos productos no tengan efectos secundarios (al ser prácticamente agua) hace que su consumo sea menos preocupante desde un punto de vista sanitario.
 

-Algunos ensayos clínicos sugieren que la acupuntura podría ser de cierta utilidad en el tratamiento del dolor de cabeza, la fibromialgia y otros tipos de dolor, aunque hacen falta más investigaciones, con diseños clínicos más precisos y apropiados y un mayor número de participantes, para comprobar si el efecto positivo de la acupuntura se debe a ciertas propiedades terapéuticas o simplemente actúa mediante el efecto placebo.





«Ningún estudio serio ha mostrado la utilidad de las células madre embrionarias»

«La estimulación de ciertas áreas cerebrales produce sentimientos religiosos incluso en ateos»